Sobre Las dudas del mudo, el primer libro de María José Correa, dedicado a Julio Ramón Ribeyro / Víctor H. Palacios Cruz



* Las imágenes que acompañan esta publicación son reproducción de la serie fotográfica Seascapes de Hiroshi Sugimoto.


La escritora y los motivos del libro

Este es el primer libro de quien en realidad ha venido escribiendo a lo largo de varios años como periodista y escritora. María José Correa (1986) debuta en las librerías y en el corazón de los buenos lectores con un trabajo que es el mejor de los comienzos posibles. Por la calidad de su prosa, por la luz de su conocimiento y también por el vínculo que tiene su libro con su propia vocación personal.

Paradójicamente ella se considera a sí misma “una escritora incipiente a punto de desertar” que se acerca nada menos que a un “mudo escéptico”, es decir, al autor de La palabra del mudo y de una amplia obra diversa (diarios, cartas, aforismos, artículos, entrevistas) que es, para quienes lo frecuentan, el escritor por excelencia de la soledad y de la imposibilidad de todo absoluto: el amor, el conocimiento, la felicidad y la propia obra maestra. El “enigma de la coincidencia” (2026, 90), dice María José Correa.

Si le seguimos la corriente, podemos tomar una confesión que hace ella misma al inicio de su libro en que refiere una anécdota desdichada que le impuso, desde niña, un divorcio con un mar que le produce desde entonces “un espanto insondable” (2026, 21). “Cuando se trata del agua, me inclino por la contemplación” (2026, 21), dice una escritora que, de pronto, se acerca a quien, como sabemos por sus propios diarios, fue también un nadador formidable capaz de ciertas proezas en el Pacífico frente a la costa limeña, y luego en el Mediterráneo durante sus visitas a balnearios de España e Italia. Un experto nadador que podría ser un perfecto guía para quienes se adentren en cualquier inmensidad de corrientes encontradas como el mar. Como la incertidumbre misma. Por algo decía Hegel que un escéptico no puede tener un yo débil (Bürger, 2001, 34).

Como podemos contar quienes hemos estudiado a Descartes y su Discurso del método (1637), la aceptación de la duda solo como una instancia metódica que es preciso abandonar de inmediato se justifica en el desesperado deseo de arribar a la orilla de una certeza definitiva, propia de un saber definitivo que resista todos los embates que derribaron a la cultura europea durante el agitado tránsito del medioevo a la modernidad. Como escribió Nietzsche, la ansiedad de un saber supremo solo puede ser propio de un ánimo temeroso y aquejado por una insoportable sensación de desamparo (2001, 353-354).

Ribeyro, como Montaigne y como pocos más, es por el contrario el pensador que habita la duda, que reconoce su incomodidad, su interferencia hasta en la pasión y su relación con los demás y con el mundo, pero que, a la vez, a lo largo de su cuentística y de sus libros de no ficción convierte en el lugar donde instaura su conciencia, su libertad y su observación. En un espacio de comprensión de que a los humanos, finitos como somos, no nos he dado el don de una claridad total, pues lo que miramos es siempre cambiante e inagotable. Nada más fiel y respetuoso con la realidad, por tanto, que seguir preguntando, seguir buscando, y poner la meta “en la exploración y no en el hallazgo”, como se lee en Las dudas del mudo (2026, 51).



Por lo demás, el libro de María José Correa no se compone desde la ambición sistemática, con su consiguiente aparato bibliográfico (o, más bien, aparatosidad), propia de una academia a la que la obsesión administrativa y estandarizante ha ido más bien endureciendo y momificando. Las dudas del mudo está escrito, incluso, en primera persona y su poder persuasivo proviene justamente de un tono testimonial que permite a la autora contar su propia relación con Ribeyro asociando anécdotas personales o urbanas con el universo ribeyriano.

Irene Vallejo en El infinito en un junto hace unos años, y más aún Michel de Montaigne hace cinco siglos en Los ensayos, impulsaron el uso de la escritura en primera persona como el lugar más natural y creíble para modular los pensamientos. Porque, claro, ningún mortal puede hablar desde otra instancia que no sea su vida, su cuerpo y el tiempo que le toca, de modo que el habla impersonal o el viejo plural en primera persona del discurso universitario resultan ficticios o abstractos. Impostaciones irreales inadecuadas para mirar el mundo y la humanidad misma.

Por eso celebro que María José Correa no oculte que, en buena cuenta, la atención a Ribeyro proviene de encontrar en sus libros “una frase que resuena” que hace que, “deseemos volver a la fuente y prolongar el diálogo” (2026, 19). Como decía Goethe citado por Byung Chul-Han (2024, 94), “solo se conoce lo que se ama”. Y eso mismo es la filosofía, “amor al saber”. Y el amor tiene mucho de emoción, y eso es lo que despierta y lo que sostiene una voluntad de comprensión, y una voluntad de escritura también. Un novelista, dice Ribeyro citado por María José Correa, no puede competir con la ciencia y aspirar a transmitir un saber vasto, más bien «su finalidad es hacernos participar, invitarnos al festín de la vida y no describirnos el menú ni darnos recetas de cocina (…) Por el camino de la emoción llegamos al reino de lo memorable, que es el reino de la literatura»” (2026, 63).

Las dudas del mudo es un trabajo que parte de una emoción personal que se delega en el lector, en el cual precisamente el tono narrativo y personal, así como la fijación del discurso en ideas puntuales sin la intromisión de un aparato crítico, innecesario en estos casos, produce un deseo sereno y cristalino de leer al propio Ribeyro para participar de la alegría de la autora.


 

Las dudas en el escritor y su obra

María José Correa nos convence rápidamente del rasgo dubitativo en la personalidad de un escritor que duda incluso de su vocación de escritor, que cuestiona implacablemente lo que ha escrito, que dedica páginas a explicarnos su pasión por ciertos autores y libros para, finalmente, preguntarse si era necesario hacerlo. «Lo decepcionante de la crítica –dice Ribeyro citado por la autora– es que siempre es fragmentaria, parcial, reflejo pobre y subalterno de algo que existe por sí mismo y que puede pasarse muy bien sin explicaciones» (2026, 78). Lo que a los lectores ribeyrianos nos recuerda estas palabras que leímos, no recuerdo dónde, y aprendimos de memoria: «Una buena obra no tiene explicación, una mala no tiene excusas, y una mediocre carece de todo interés. En consecuencia, sobran los comentarios».

Probablemente, especula María José, la inseguridad que expresa Ribeyro sobre su propia obra sea “uno de los factores que impidieron que todo lo que escribió viera la luz” (2026, 31). Esas dudas venían, quizá, de un paladar de lector exquisito y de un contacto temprano y familiar con una literatura de alta calidad que se tradujeron finalmente en una aptitud creadora ambiciosa, pero al mismo tiempo proclive a una “autoexigencia” que, dice Correa, lo condenó “a una perpetua insatisfacción que lo impulsaba a retocar sus creaciones una y otra vez” (2026, 31).

Cómo instalarse en medio de la inmensidad, una vez más. A menudo pienso que quienes no cesan de actuar, moverse y producir, son aquellos que prestan poca atención a lo que los circunda y tienen una mente apremiada que los conduce en línea recta hacia el objetivo. Pero ¿cuánto mundo y cuánta vida contienen esos corazones que solo miran hacia adelante y se apresuran? Detenerse a mirar es agradecer la existencia que nos regala, desde su irrenunciable pequeñez, la evidencia de lo lejano, lo extenso y lo inabarcable. Hay algo de grandeza en ese talante inquieto e insatisfecho que ve lo que a otros les es vedado y, por ello, viven en una feliz y muy práctica ignorancia.

Por ello el propio autor de La palabra del mudo admite que el novelista se encuentra en serias dificultades en un tiempo, como el nuestro, y más aún bajo el impacto de la revolución digital y la IA, que no cesa de producir contenido y de abrumarnos con un exceso de materiales que reclaman la depuración y que justifican la urgencia de la visión panorámica, sintética y orientadora que es propia del oficio filosófico. El novelista, sostiene Ribeyro, ya no puede hacer lo que pretendió, por ejemplo, Musil en El hombre sin atributos: escribir un compendio de la cultura y la ciencia de su época (Palacios, 2025, 29-30).



En su lugar, le queda abrazar su presente como espacio modesto pero tangible desde el cual contar lo que ve. Lo que se ve desde allí y no desde otros puntos. Como dice lúcidamente María José, ese espacio es también la dimensión corta del género del cuento en que Julio Ramón Ribeyro se movió con gran pericia. “Al tener una estructura más concentrada, la prosa corta permite maniobrar con instantes, mirar las cosas más pequeñas”, en una “economía narrativa” que era la elección más adecuada, pues «para un buen observador toda la historia de una persona está contenida en su dedo meñique»”, dice Correa citando las sugerentes palabras de Ribeyro en su cuento “Los españoles”)” (2026, 61).

Sin embargo, la atención puesta en lo inmediato o cercano, o en el propio yo, puede por igual deparar la sorpresa de reencontrar el océano que temía la autora. En la gran obra de su vida, La tentación del fracaso, buena parte de la cual se encuentra aún inédita, Ribeyro desplegó una escritura diarística que en algún momento representó, para la persona «retraída» y con «problemas de comunicación» que confiesa haber sido cuando joven, «una especie de sucedáneo de los demás. Yo me comunicaba con mi diario. Mi diario era mi confidente, mi interlocutor», dice Ribeyro en la presentación del primer volumen de estos diarios en 1992 (2026, 23-24).

Muy lógicamente un escritor debería esperar “conocerse a sí mismo a través de la escritura”, como se lee en Las dudas del mudo. Inesperadamente, en una entrevista poco antes de morir, Ribeyro admite haber releído sus diarios y caer en la «cuenta de que no sé quién soy» (2026, 30). Sucede que, a menudo, decía San Agustín, “va la gente a admirar las cumbres de los montes, y las olas enormes del mar, y los cauces amplísimos de los ríos, y el rodeo del Océano, y los giros de las estrellas, y se olvidan de sí mismos” (2010, 485). El espectáculo de lo inmenso ya murmura detrás de la propia mirada.


 

Duda e incertidumbre como condición del movimiento

María José Correa dice reconocerse en las dudas del Ribeyro escritor que “me hacen sentir segura de mis incertidumbres y confiar en que, al igual que en su caso, la duda puede ser una forma de hacer arte y llegar a buen puerto. O, al menos, nos conduce hacia alguna parte” (2026, 35). El desenlace entusiasmante de su libro se sitúa justamente allí, en el descubrimiento de que la duda es más habitable que la certeza, puesto que la certeza cierra y determina. Instala una suerte de tiranía que se niega en adelante a seguir mirando, a escuchar y a volver al mundo también.

Por el contrario, la duda y la incertidumbre derriban el encierro y dejan a la vista lo que es esquivo e inatrapable, es cierto, pero lo que es también más respirable e invita al movimiento. En sus Dichos de Luder, Ribeyro dice que «todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas» (2026, 52); pero sucede que los enigmas son más saludables para la aventura. «Ven con nosotros –le dicen sus amigos–. La noche está espléndida, las calles tranquilas. Tenemos entradas para el cine y hasta hemos reservado mesa en un restaurante. ―¡Ah, no! –protesta Luder–. Yo solo salgo cuando hay un grado, aunque sea mínimo, de incertidumbre». (2026, 52).

Opuesta a la metafísica racional del idealismo hegeliano, contraria a una historia del universo en que todo pasado es calculable y todo futuro predecible como en Laplace, e incompatible con el universo hecho de números e infalible en sus movimientos y al que los pitagóricos llamaron “cosmos” que significa “belleza”, la incertidumbre es en realidad más acogedora y más humana, pues solo en ella la mirada puede seguir teniendo sentido. Solo en ella la atención presencia la continua irrupción de lo distinto.

Si «el estilo es un continuo, lo que da unidad a la obra», como dijo Ribeyro a Jorge Coaguila en una entrevista (2026, 47), entonces puede imitarse la técnica de cualquier escritor, pero «lo que no se puede copiar es su visión del mundo, que es algo muy profundo y que está en la raíz misma de cada escritor» (2026, 47). El estilo es cada mirada y cada mirada es un individuo único e irrepetible, adscrito a un espacio y a un tiempo, y a eso que Ortega llamaba “circunstancia” y que engloba todo lo que posibilita y abastece a cada subjetividad.

Llegado aquí, debo decir que uno de los pasajes más notables de Las dudas del mudo es la alusión a la visita a una galería de arte para apreciar la obra de Hiroshi Sugimoto titulada Seascapes. “Son fotografías de mar y su horizonte –describe María José Correa–, tomadas en diversos rincones del mundo con una cámara de gran formato y exposiciones de distinta duración. Todas las imágenes de esta serie comparten el mismo encuadre y, a simple vista, parecen ser idénticas, salvo algunos matices en sus tonalidades grises” (2026, 86).

Ocurre que “los mares de estas fotos parecen estáticos, no se mueven, no me arrastran. Tampoco percibo su olor ni la brisa. Solo son dos bandas que se repiten… hasta que empiezan a aparecer sutiles diferencias en las densidades del aire, las texturas del agua y la línea del horizonte que divide la luz de la oscuridad. Pienso que así funciona la contemplación y regresa a mi mente Ribeyro” (2026, 87). Las fotografías del artista ilustran que no solo cada lugar es distinto de otros, sino que es distinto respecto de sí mismo, y distinto también en la observación de cada cual.

El propio Ribeyro revela que su tono literario «se acerca un poco a lo subjetivo, lo arbitrario, lo personal» (2026, 29). Pero de inmediato –esa duda que es a la vez ser libre de uno mismo–, Ribeyro añade: «Quizás esa sea mi verdadera voz. ¡Pero también hay otras! Es como si existiera en mí no uno sino varios escritores que pugnan por expresarse, que quieren hacerlo todos al mismo tiempo, pero que no logran a la postre más que asomar un brazo, una pierna, la nariz o la oreja, alternativamente, en desorden, abigarrados y un poco grotescos» (2026, 29).

Ser individuo y ser al mismo tiempo no solo cambio sino también multitud, eso es realmente aceptarse a uno mismo. Como en Montaigne que escribe: “me muevo y agito yo mismo por la inestabilidad de mi postura; y aquel que se observa minuciosamente, apenas se descubre dos veces en el mismo estado. Le doy a mi alma tan pronto un semblante como otro, según el lado al que la inclino. Si hablo diversamente de mí, es porque me miro diversamente” (2007, 480). O, mejor aún, como el Walt Whitman de estos versos breves y encantadores: “Me contradigo. / Muy bien, pues… me contradigo; / Soy grande… contengo multitudes” (1997, 205).


 

Dibujos y escritura

Publiqué hace poco un trabajo titulado La filosofía del Flaco, que pretendía ser un primer asomo a las ideas de Ribeyro sobre el ser humano, la vida y el mundo, dicho genéricamente. Y admito públicamente que cometí el grave error de omitir, entre mis fuentes, el volumen Dibujos y notas de Ribeyro (2019). María José Correa ha venido a reparar esa injusticia dedicándole numerosas páginas con reproducciones de esos ejercicios de arte, que son por igual pertinentes para la comprensión de su obra y su pensamiento.

Sus dibujos, dice Correa, “vienen escoltados de anotaciones, comentarios, notas al pie o en los márgenes, que parecen extraídos de sus diarios, aforismos y ensayos. Me aventuraría a afirmar que son una chance para adentrarse aún más en la sensibilidad del autor y en su enfoque de la vida y lo literario, siempre permeado por su escepticismo” (2026, 96). Además, “¿qué es la escritura sino el arte de dibujar vocablos?” (2026, 97), agrega sabiamente la autora.

“Sus dibujos se transforman en una prolongación visual de su narrativa (o viceversa), añadiendo capas de significado y enriqueciendo la expectativa del lector” (2026, 102), dice más adelante. Nada más natural en un escritor que afirmó numerosas veces que el arte no es cuestión de técnica sino de óptica, que prolongar su escritura en trazos y colores que son también ejercicios de la mirada, a la vez que productos que no han de ser leídos sino mirados. Y detenidamente.

Las dudas del mudo nos obsequia esta delicia de texto, sensitivo y melancólico, de los Dibujos y notas de Ribeyro, fechado en el 27 de marzo de 1990, «Mirar bien, mirar bien todo lo que te rodea, Pues no lo volverás a ver más. Presentimiento de que jamás regresará a Capri. ¿Para qué, me pregunto, además? Si como espero, en setiembre próximo me iré a vivir a Lima, no tendrá sentido volver acá. ¿En busca de sol? Mejor lo tengo allá. ¿De paz? No tengo aquí ninguna. Este viaje es una despedida. Quizá es mejor así. Capri se convertirá para mí en un mito. Solo entonces podré escribir sobre él. ¡Y tenebrosas nubes se ciernen sobre el monte Solaro!» (2026, 118).

El libro de María José Correa, en conclusión, se suma al selecto elenco de trabajos dedicados al autor de La palabra del mudo con una presencia amable y honesta, que enriquece nuestra relación con el corpus ribeyriano, de igual manera que enriquece la relación de los lectores con la literatura, con la palabra y con su propia frágil y océanica humanidad.

 


 

Bibliografía

Agustín, San (2010) Confesiones. Madrid: Gredos.

Bürger, Peter (2001) “El descubrimiento del sujeto moderno: Agustín, Montaigne, Descartes, Pascal, La Rochefoucauld”, en: Bürger, C. y Bürger, P. La desaparición del sujeto. Una historia de la subjetividad de Montaigne a Blanchot. Madrid: Akal.

Correa, María José (2026) Las dudas del mudo. Una lectura personal de la obra de no ficción de Julio Ramón Ribeyro. Lima: Revuelta.

Han, Byung-Chul (2024) El espíritu de la esperanza. Contra la sociedad del miedo. Barcelona: Herder, 2024.

Montaigne, Michel de (2007) Los ensayos. Barcelona: Acantilado.

Nietzsche, Friedrich (2001) La ciencia jovial. Madrid: Biblioteca Nueva.

Palacios, Víctor H. (2025) La filosofía del Flaco. Cuerpo, mundo, conocimiento y vida en la obra de Julio Ramón Ribeyro. Lima: Revuelta.

Whitman, Walt (2007) Hojas de hierba. Antología bilingüe. Madrid: Alianza.

 

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