Música, cerebro, evolución y existencia grupal. Citas de un libro de Daniel J. Levitin / Víctor H. Palacios Cruz
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| Pat Metheny, guitarrista de jazz. |
Nadie, sobre
la Tierra, habla desde una instancia eterna o impersonal. Toda teoría y todo
pensamiento son actos de un sujeto inscrito en unas condiciones y dibujado por
su historia. Y el hecho de que todo saber tenga su contexto es, justamente, lo
que explica su aportación al tesoro universal. A esta clase de certezas es que
uno vuelve al acabar de leer un libro atrapante como Tu cerebro y la música
(2004) entre cuyas páginas temas como la música y la evolución humana, el origen
de los gustos personales, el fenómeno de la percepción de sonidos o la participación
del cerebro y sus partes en la ejecución y la audición de la música, vienen explicados
o, mejor, magníficamente narrados por un autor, Daniel J. Levitin (n. 1957), que tiene un pie puesto en su especialidad
y otro en la materia que estudia. Como músico y productor musical tiene
colaboraciones con Sting, Steely Dan, Stevie Wonder, Grateful Dead, Joni
Mitchell y Blue Öyster Cult, entre otros, y como académico es neurocientífico experto
en procesos cognitivos, autor de artículos, libros e investigaciones
apasionantes sobre las relaciones entre la música y las complejidades del
cerebro humano.
Una de las
cosas más gratificantes de este ensayo, es que la disección minuciosa que plantea
sobre lo que ocurre en la mente cuando interactuamos con la música no arruina
el misterio. Quizá ese respeto se debe a que su autor la ha vivido desde la
creación y el escenario. Allí donde no se razonan, sino que simplemente
se sienten ciertas realidades a las que la ciencia merodea sin poseer
jamás.
Comparto unas
citas ordenadas temáticamente de este trabajo de divulgación que concierne a músicos
y oyentes, como también a quienes buscan tan solo el placer de una buena
lectura.
Fuente: Levitin,
Daniel (2024) Tu cerebro y la música. El estudio científico de una obsesión
humana. Barcelona: RBA.
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| Daniel J. Levitin. |
I.
MÚSICA Y VIDA COLECTIVA
La
música como don universal en las culturas ancestrales
“Para su
tesis doctoral en Harvard, (Jim Ferguson, profesor de antropología) hizo
trabajo de campo en Lesotho, una pequeña nación rodeada por Suráfrica. Allí
estudió e interactuó con los aldeanos locales, y se ganó pacientemente su
confianza, hasta que un día le pidieron que participase en una de sus
canciones. Y entonces, en un detalle muy propio de él, cuando los sotho le
pidieron que cantara, Jim dijo en voz baja: «Yo no sé cantar», y era verdad:
habíamos estado juntos en la banda del instituto y aunque tocaba muy bien el
oboe, era incapaz de cantar. A los aldeanos esta objeción les pareció
inexplicable y desconcertante. Ellos consideraban que cantar era una actividad
normal y ordinaria que todo el mundo realizaba, jóvenes y viejos, hombres y
mujeres, no una actividad reservada a unos pocos con dones especiales. (…)
La reacción
de los aldeanos fue mirarlo con perplejidad y decir: «¿¡Qué quieres decir con
lo de que no sabes cantar!? ¡Tú hablas!». Jim explicó más tarde: «A ellos
les resultaba tan extraño como si les dijese que no sabía andar o bailar, a
pesar de tener dos piernas». Cantar y bailar eran actividades naturales en la
vida de todos, integradas sin fisuras y en las que todos participaban. El verbo
cantar en su lengua (ho bina), como en muchas otras lenguas del mundo,
significa también bailar; no hay ninguna distinción, porque se supone que
cantar entraña movimiento corporal” (2024, 15).
La
música como experiencia colectiva y corporal, y no como especialidad de
expertos ante un público de espectadores
“En
todas las sociedades de las que tenemos noticia, la música y la danza son
inseparables. Los argumentos contra la música como una adaptación la
consideran solo un sonido desencarnado y, además, algo interpretado por una
clase experta para un público. Pero la música se ha convertido en una
actividad de espectador solo en los últimos quinientos años: la idea de un
concierto musical en el que una clase de «expertos» actuaba para una audiencia
apreciativa es algo completamente desconocido a lo largo de nuestra historia
como especie. Y solo en los últimos cien años se han minimizado los vínculos
entre el sonido musical y el movimiento humano. El carácter de la música como
algo vinculado al cuerpo, el carácter indivisible de movimiento y sonido,
escribe el antropólogo John Blacking, caracteriza a la música a través de las
culturas y a través de las épocas. La mayoría de nosotros nos quedaríamos
estupefactos si los miembros del público de un concierto sinfónico se
levantaran de sus sillas y empezaran a batir palmas, a gritar, a armar jaleo y
a bailar, como es de rigor en un concierto de James Brown. Pero la reacción a
James Brown está sin duda alguna más próxima a nuestra verdadera naturaleza. Esa
reacción de escuchar de forma respetuosa, en la que la música se ha convertido
en una experiencia absolutamente cerebral (hasta las emociones de la música han
de sentirse, en la tradición clásica, interiormente y no deben causar ningún
arrebato físico) es contraria a nuestra historia evolutiva. Los niños
muestran a menudo la reacción que se corresponde con nuestra auténtica
naturaleza: se mueven y gritan y participan en general cuando sienten ganas de
hacerlo, incluso en conciertos de música clásica. Hay que educarles para que se
comporten «civilizadamente»” (2024, 274-275).
Carácter
auroral de la música en la historia de nuestra especie
La
música “ha acompañado durante muchísimo tiempo a la especie. Los instrumentos
musicales figuran entre los artefactos más antiguos fabricados por el hombre
que se han encontrado.
La flauta de hueso eslovena, fechada hace cincuenta mil años, hecha con el fémur
de un oso europeo ya extinto, es un excelente ejemplo. La música precede a
la agricultura en la historia de la especie. Podemos decir, como mínimo, que no
hay ninguna prueba tangible de que el lenguaje precediese a la música. De
hecho, las pruebas materiales sugieren lo contrario. La música es sin duda
alguna más antigua que esa flauta de hueso de hace cincuenta mil años, porque
no es verosímil que las flautas fuesen los primeros instrumentos. Es probable
que diversos instrumentos de percusión, entre los que se incluyen los tambores,
las maracas y las sonajas, se utilizasen miles de años antes que las flautas.
(….)
Según
los mejores cálculos hace falta un mínimo de cincuenta mil años para que
aparezca en el genoma humano una adaptación. A esto se le llama lapso
evolutivo: el lapso temporal entre la primera aparición de una adaptación en
una pequeña proporción de individuos y el momento en que pasa a distribuirse
ampliamente en la población” (2024, 272-273).
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| Danza de Lesotho. |
Origen
social de la música
“Aparte de
esos factores sobre la ubicuidad, la historia y la anatomía de la música, es
importante comprender cómo y por qué se seleccionó la música. Darwin propuso la
hipótesis de la selección sexual, que ha sido expuesta más recientemente por
Miller y otros. Se han alegado también posibilidades adicionales. Una es la
vinculación y cohesión social. Interpretar música de forma colectiva puede
fomentar conexiones sociales: los humanos son animales sociales y la música
puede haber servido históricamente para fomentar sentimientos de unidad y
sincronía del grupo y haber sido un ejercicio para otros actos sociales como
las conductas de turnarse para hablar. Cantar alrededor del antiguo fuego de
campamento podría haber sido un medio de mantenerse despierto, de protegerse de
los predadores y de desarrollar coordinación social y cooperación dentro del
grupo. Los humanos necesitan vínculos sociales para hacer funcionar la
sociedad, y la música es uno de ellos” (2024, 275-276).
II.
LA PERCEPCIÓN HUMANA
Subjetividad
de la percepción. Las percepciones son interacciones
“Newton
fue el primero que indicó que la luz es incolora, y que en consecuencia el
color tiene que producirse dentro de nuestro cerebro. «Las ondas en sí –escribió–
no tienen color.» (…) las ondas luminosas se caracterizan por diferentes
frecuencias de oscilación, y cuando impactan en la retina de un observador
desencadenan una serie de fenómenos neuroquímicos cuyo producto final es una
imagen mental interior a la que llamamos color. Aunque una manzana pueda
parecer roja, sus átomos no son rojos. Y del mismo modo, como señala el
filósofo Daniel Dennett, el calor no está compuesto de pequeñas cositas
calientes. Un budín solo tiene gusto cuando yo lo meto en la boca, cuando entra
en contacto con la lengua. No tiene gusto ni sabor cuando está en la nevera, solo
el potencial. Así también, las paredes de mi cocina no son «blancas» cuando
yo abandono la cocina. Aún tienen sobre ellas pintura, por supuesto, pero el
«color» solo se produce cuando interactúan con mis ojos.
(…) Si cae
un árbol en el bosque y no hay nadie allí para oírlo, ¿produce un sonido? (El
primero que planteó esta cuestión fue el filósofo irlandés George Berkeley.)
Sencillamente, no: sonido es una imagen mental creada por el cerebro en
respuesta a moléculas que vibran. Del mismo modo, no puede haber tono sin un
ser humano o un animal presente.” (2024, 31).
La
atención agrupa y jerarquiza elementos sensoriales
“Cuando
miramos una extensión de césped, la mayoría de nosotros no individualizamos
normalmente las briznas de hierba, aunque podamos hacerlo si centramos la
atención en ellas. Agrupar es un proceso jerárquico y nuestros cerebros forman
grupos perceptuales basándose en un gran número de factores. Algunos
factores de agrupación son intrínsecos a los propios objetos: forma, color,
simetría, contraste y principios que relacionan la continuidad de líneas y
bordes del objeto. Otros factores de agrupación son psicológicos, es decir,
tienen una base mental, y dependen, por ejemplo, de a qué procuremos
conscientemente prestar atención, de los recuerdos que tengamos del objeto o de
otros objetos similares y de las expectativas que tengamos de cómo deberían
unirse esos objetos.
Los
sonidos también se agrupan. Esto quiere decir que mientras algunos se agrupan,
otros se separan.
(…) A través de un acto de volición (atención) puedes luego centrarte solo
en los violines de la orquesta que tienes delante, igual que puedes seguir una
conversación con una persona que está a tu lado en una habitación llena de
gente y donde hay varias conversaciones” (2024, 86).
Subjetividad
de la percepción: la realidad no es como el cerebro la elabora
“Somos
también víctimas de la ilusión de que abrimos simplemente los ojos y… vemos.
(…) Nuestras percepciones son el producto final de una larga cadena de
fenómenos neuronales que nos dan la falsa impresión de una imagen instantánea.
Hay campos en los que nuestras intuiciones más fuertes nos engañan. La Tierra
plana es un ejemplo. La intuición de que nuestros sentidos nos dan una visión
no distorsionada del mundo es otra.
(…) Interactuamos
con el mundo que nos rodea a través de los sentidos. Como indicó John Locke,
todo lo que sabemos sobre el mundo es a través de lo que vemos, oímos, olemos,
tocamos o gustamos. Suponemos como es natural que el mundo es justo como
percibimos que es. Pero los experimentos nos han obligado a afrontar la
realidad de que no es así. Las ilusiones visuales tal vez sean la prueba más
convincente de la distorsión sensorial. (…) //
En la
ilusión de Kaniza parece que hay un triángulo blanco colocado encima de uno de
contorno negro. Pero si miras detenidamente, verás que no hay en la figura
ningún triángulo. Nuestro sistema perceptivo completa o «llena» información que
no hay.
¿Por qué lo
hace? Lo que nos parece más probable es que fue evolutivamente adaptativo
hacerlo así. En gran parte de lo que vemos y oímos falta información. Nuestros
ancestros cazadores-recolectores podrían haber visto un tigre parcialmente
oculto por los árboles, u oído el rugido de un león amortiguado en parte por el
susurro de las hojas mucho más cerca de nosotros. Sonidos e imágenes nos llegan
a menudo como información parcial oscurecida por otras cosas del entorno. Un
sistema perceptivo capaz de restaurar información que falta nos ayudaría a
tomar decisiones rápidas en situaciones peligrosas” (2024, 107 y 109).
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| Isaac Newton. |
Necesidad
del olvido para el recuerdo esencial
“Uno de
los casos más famosos de la literatura neuropsicológica es el de un paciente
ruso conocido solo por su inicial, S., al que trató el médico A. R. Luria. Este
paciente padecía hipermnesia, que es lo contrario de la amnesia: en vez de
olvidarlo todo, lo recordaba todo. Era incapaz de darse cuenta de que visiones
distintas de la misma persona estaban relacionadas con un solo individuo. Si
veía a una persona sonriendo, eso era una cara; si la persona más tarde fruncía
el ceño, eso era otra cara. Le resultaba difícil integrar las muchas
expresiones diferentes y los ángulos de enfoque de una persona en una sola
representación coherente de esa persona. «¡Tienen todos tantas caras!», se
quejaba al doctor Luria. Era incapaz de formar generalizaciones abstractas,
solo se mantenía intacto su sistema de conservación de registros. Para poder
entender el lenguaje hablado, necesitamos prescindir de la pronunciación de las
palabras de diferentes personas, o de cómo la misma persona pronuncia un fonema
determinado cuando aparece en contextos diferentes. ¿Cómo puede dar cuenta
la conservación del registro de esto de un modo coherente?” (2024, 150).
III.
MÚSICA E INTERCONEXIÓN CEREBRAL Y CORPORAL
La
música involucra distintas regiones del cerebro y no solo una parte
“La
música se distribuye por todo el cerebro, en contra de la antigua idea simplista
de que el arte y la música se procesan en el hemisferio derecho, mientras que
el lenguaje y las matemáticas se procesan en el izquierdo. A través de
estudios con individuos que padecen lesiones cerebrales, hemos visto
pacientes que han perdido la capacidad de leer un periódico pero aún pueden
leer música, o individuos que pueden tocar el piano pero carecen de la
coordinación motriz precisa para abotonarse la chaqueta. Oír, interpretar y
componer música es algo en lo que intervienen casi todas las áreas del cerebro
que hemos identificado hasta ahora, y exige la participación de casi todo el
subsistema neuronal” (2024, 17).
Hacer
música involucra varias regiones del cerebro y todo el cuerpo
“Bailamos
con el ritmo, movemos con él el cuerpo y zapateamos con él. En numerosas
interpretaciones de jazz, la parte que más excita al público es el solo de
tambor. No es ninguna coincidencia que hacer música exija el uso rítmico y
coordinado del cuerpo, y que la energía se transmita de los movimientos
corporales a un instrumento musical. A un nivel neuronal, tocar un
instrumento exige la orquestación de regiones de nuestro cerebro reptil
primitivo (el cerebelo y el tallo cerebral) así como sistemas cognitivos
superiores del córtex motriz (del lóbulo parietal) y las regiones planificadoras
de los lóbulos frontales, el sector más avanzado del cerebro” (2024, 65).
¿Qué
partes del cerebro reaccionan cuando se escucha música, cuando se toca un
instrumento, cuando se lee música o cuando se disfruta la música?
“Escuchar
música es un proceso que empieza con estructuras subcorticales (situadas por
debajo del córtex): los núcleos cocleares, el tronco cerebral, el cerebelo.
Luego asciende al córtex auditivo de ambos lados del cerebro. Intentar seguir
música que conoces (o al menos música en un estilo con el que estés
familiarizado, como la barroca o el blues) recluta regiones adicionales del
cerebro, entre las que se incluyen el hipocampo (nuestro centro de la memoria)
y subsecciones del lóbulo frontal, en especial una región llamada córtex
frontal inferior, que está en las zonas más bajas del lóbulo frontal, es decir,
más cerca de la barbilla que de la cúspide de la cabeza. Zapatear al compás de
la música, físicamente o solo con el pensamiento, exige la participación de
circuitos cronometradores del cerebelo. Interpretar música (de forma
independiente de qué instrumento toques, o si cantas o diriges) exige de nuevo
la participación de los lóbulos frontales para la planificación de la conducta,
así como del córtex motriz del lóbulo parietal justo debajo de la cúspide de la
cabeza, y del córtex sensorial, que proporciona la retroalimentación táctil que
te indica que has presionado la tecla correcta de tu instrumento o movido la
batuta como pensaste que lo hacías. Leer música exige la participación del
córtex visual, situado en la parte de atrás de la cabeza, en el lóbulo
occipital. Escuchar o recordar letras invoca centros del lenguaje, que incluyen
el área de Broca y la de Wernicke, así como otros centros del lenguaje de los
lóbulos temporal y frontal.
A un nivel
más profundo, las emociones que experimentamos como reacción a la música
afectan a estructuras profundas de las regiones reptiles primitivas del vermis
cerebral y de la amígdala: el corazón del procesamiento emotivo en el córtex.
La idea de especificidad regional es evidente en este resumen, pero se aplica
también un principio complementario, el de distribución de la función. El
cerebro es un instrumento enormemente paralelo, en el que las operaciones se
distribuyen de manera amplia. No hay ningún centro único del lenguaje, ni hay
tampoco un centro único de la música. Hay más bien regiones que realizan
operaciones parciales y otras regiones que coordinan la agrupación de esa
información. Por último, no hemos descubierto hasta hace muy poco que el
cerebro tiene una capacidad de reorganización muy superior a la que antes le
atribuíamos. Esta capacidad se denomina neuroplasticidad, y en algunos casos
parece indicar que la especificidad regional puede ser temporal, pues los
centros de procesamiento de funciones mentales importantes se desplazan en
realidad a otras regiones después de un trauma o una lesión cerebral”
(2024, 94-95).
IV.
PLACER MUSICAL Y GUSTOS MUSICALES
La
emoción musical supone equilibrio entre lo repetitivo y lo inesperado
“La
extracción métrica, sabiendo lo que es el tiempo y cuándo esperamos que se
produzca, es una parte crucial de la emoción en música. La música nos
comunica emotivamente a través de violaciones sistemáticas de expectativas.
Estas violaciones pueden producirse en cualquier campo: el de la altura del
tono, el timbre, el contorno, el ritmo, el tempo, etc., pero tienen que producirse.
La música es sonido organizado, pero la organización tiene que incluir algún
elemento inesperado porque si no es plana y robótica. Una organización excesiva
puede aún ser técnicamente música, pero sería música que nadie querría escuchar.
Las escalas, por ejemplo, están organizadas, pero la mayoría de los padres se
hartan de oírselas tocar a sus hijos al cabo de cinco minutos” (2024, 184-185).
Música y
memoria pre-natal
“El
feto, dentro del vientre, rodeado de líquido amniótico, oye sonidos. Oye los
latidos del corazón de su madre, acelerándose unas veces y otras aminorando.
Y el feto oye música, como descubrió recientemente Alexandra Lamont, de la
Universidad Keele del Reino Unido. Descubrió que los niños, un año después
del nacimiento, reconocían y preferían música a la que habían estado expuestos
en el claustro materno. El sistema auditivo del feto es plenamente funcional
unas veinte semanas después de la concepción. (…) /
Cuando
Lamont hizo esto con los niños de su estudio, descubrió que tendían a mirar más
tiempo al altavoz que tocaba la música que ellos habían oído en el vientre
materno que al de la música nueva, lo que confirmaba que preferían la música de
la que habían tenido experiencia prenatal. Un grupo de control de niños de un
año que no habían oído ninguna música de la utilizada antes no mostraron
ninguna preferencia, confirmando que no había nada en la música en sí que
causase / aquellos resultados. Lamont descubrió también que, si no intervienen
otros factores, el niño prefiere la música rápida y alegre a la lenta.
Estos
descubrimientos contradicen la idea predominante durante mucho tiempo de la
amnesia infantil: que no podemos tener ningún recuerdo verídico antes de los
cinco años, más o menos. Mucha gente asegura que tiene recuerdos de la temprana
infancia, de en torno a los dos y tres años, pero es difícil saber si son
verdaderos recuerdos del acontecimiento original o si son más bien recuerdos de
lo que nos dijo alguien más tarde sobre el acontecimiento. El cerebro del niño
de pecho está aún subdesarrollado, no se ha completado la especialización
funcional y aún se hallan en proceso de construcción las vías neuronales. La mente del niño está
intentando asimilar el máximo posible de información en el tiempo más breve
posible; es característico que haya grandes vacíos en la interpretación, la
conciencia y el recuerdo de los acontecimientos por parte del niño, debido a
que aún no ha aprendido a diferenciar los acontecimientos importantes de los
intrascendentes ni a codificar de forma sistemática la experiencia de la
realidad. En consecuencia, es un candidato excelente para la sugestión, y
podría archivar involuntariamente como propias historias que le contaron sobre
él. Parece que en el caso de la música hasta la experiencia prenatal se
archiva en la memoria, y se puede acceder a ella en ausencia de lenguaje o de
conciencia explícita del recuerdo” (2024, 237-239).
Las
preferencias musicales influidas pero no determinadas por la memoria pre-natal
“El
entorno (incluso mediando el líquido amniótico y el claustro materno) puede
afectar al desarrollo y a las preferencias del niño. Así que las semillas de la
preferencia musical se siembran en el vientre materno, pero tiene que haber
algo más que eso, porque si no los niños gravitarían simplemente hacia la
música que les gusta a sus madres o que se pone en las clases de Lamaze. Lo
que podemos decir es que lo que oímos en el vientre materno influye en las
preferencias musicales pero no las determina. Hay también un largo período
de aculturación, durante el cual el niño asimila la música de la cultura en la
que nace” (2024, 241).
Las
preferencias musicales influidas por la búsqueda de identidad y pertenencia
grupal
“No parece
haber un punto de ruptura a partir del cual no puedan adquirirse ya nuevos
gustos en música, pero la mayoría de las personas tienen formados sus gustos
entre los dieciocho y los veinte años. No está claro por qué sucede eso,
pero varios estudios han descubierto que es así. Tal vez se deba en parte a que
tendemos en general a abrirnos menos a nuevas experiencias al hacernos
mayores. Durante los años de adolescencia empezamos a descubrir que existe un
mundo de ideas diferentes, culturas diferentes, gentes diferentes.
Experimentamos con la idea de que no tenemos que limitar el curso de nuestra
vida, nuestra personalidad o nuestras decisiones a lo que nos enseñaron
nuestros padres o a cómo se nos educó. Buscamos también tipos de música
diferentes. En la cultura occidental en concreto, la elección de música tiene
consecuencias sociales importantes. Escuchamos la música que escuchan nuestros
amigos. Cuando somos jóvenes sobre todo y andamos / a la busca de nuestra
identidad, creamos vínculos o grupos sociales con gente a la que queremos
parecernos o con la que creemos tener algo en común. Como un modo de
exteriorizar el vínculo, vestimos de manera parecida, compartimos actividades y
escuchamos la misma música. Nuestro grupo escucha este tipo de música, esa otra
gente escucha otro. Esto enlaza con la idea evolucionista de la música como
un vehículo de vinculación y cohesión social. La música y las preferencias
musicales se convierten en una señal de distinción y de identidad personal y de
grupo.
(…) El
cerebro está además desarrollando y formando nuevas conexiones a una velocidad
explosiva a lo largo de la adolescencia, pero ese ritmo se reduce
sustancialmente después de ese período, la fase formativa en que los circuitos
neuronales quedan estructurados por nuestras experiencias. Ese proceso se
aplica a la música que oímos; la nueva música pasa a incorporarse dentro de
la estructura de la música que escuchamos en ese período crítico” (2024, 246-247).
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| Miles Davis. |
El
silencio en la música y en el arte en general
“Miles
Davis hizo una descripción famosa de su técnica de improvisación paralela a la
descripción que hizo Picasso de cómo utilizaba él un lienzo: el aspecto más
decisivo del trabajo, decían ambos artistas, no eran los objetos en sí, sino el
espacio entre los objetos. Miles, en concreto, describió la parte más importante
de sus solos como el espacio vacío entre notas, el «aire» que introducía entre
una nota y la siguiente. Saber con exactitud cuándo emitir la nota que sigue y
dar tiempo al oyente para anticiparlo, es un rasgo distintivo del talento de
Davis. Resulta particularmente notorio en su álbum Kind of Blue” (2024, 27).


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