Antes de la clase / Víctor H. Palacios Cruz



* Las imágenes que acompañan este texto son reproducciones de la pintura de Joan Miró.

Amo contar unas ideas, llevar el mundo al aula. Sentir inseparables, formando un río, mi voz y los rostros de mis alumnos. Me excita cuando ellos suman al cuerpo creciente de la clase una duda, un ejemplo o una pregunta.

Hoy tengo una clase a la una de la tarde y llego a la universidad muy temprano. Me siento en mi despacho y, al encender la laptop, siento la presencia de esa clase, aunque falten horas para ella.

Una proximidad acechante que emana un calor como la silueta de un inmenso animal del pasado, de alguna especie extinta y eterna. Un mamífero de volumen lento y montañoso. Siempre supe que, treinta años después, seguiría teniendo hasta el último día un miedo visceral a hablar ante un público. Que siempre estaría allí, sobre el último abismo de mi cuerpo, el aspa de un cruce de nervios como la huella que deja la pata de un ser inexpulsable e invasor.

Termino con brío la escritura de un artículo científico, disfruto la entrevista a un paleoantropólogo, recibo los mensajes de un ex alumno al otro lado del Atlántico, me vuelco a una novela que comento con un amigo. Da igual. Por el rabillo del ojo a mi derecha veo inamovible el lomo de la bestia. Una cordillera cuya altura es la de un astro que no puedo dejar de ver vaya donde vaya. Su densa sombra cubre el teclado de mi máquina y, pese a la música que acompaña mi trabajo, escucho su respiración sísmica, el vaho caliente de algo macizo que tiene esa capacidad indoblegable para la espera tan propia de la fatalidad.



No huiré. No tiene sentido. Acudiré resuelto como Héctor al encuentro de Aquiles. Iré a comer a mediodía caminando con apetito. Antes de enrumbar hacia el aula entraré en un baño, me lavaré la cara. Después tomaré varios tragos de agua para lubricar mis mecanismos mentales.

No quiero demorar el momento, más bien ansío que llegue. Lo que haga hasta entonces pierde ya toda importancia. Me relajaré un poco. Tomaré aire. Quiero enfrentarme de una vez a mi adversario que, como en todas las clases anteriores de mi vida, ha aguardado miles de años allí, silencioso, sobre el centro de cada aula grande o pequeña.

Desarmado, las manos desnudas, despojado de la vieja corbata, sin el parapeto de la pantalla de las sesiones en pandemia, con mis talones como carros de combate, con mis ojos como saetas sumerias y mis palabras como una delgada malla tenderé una trampa en la que mi hambriento depredador se enredará, caerá y quedará finalmente inmóvil. Lo rodearé una y otra vez, no me bastará su derrota, no será suficiente verlo doblar su cerviz. Quiero que el resuello de su cuerpo rendido levante el polvo del suelo.

Acabada la clase, exhausto y sudoroso, el aula vacía y lejos todos mis alumnos, aquel animal antiguo y yo terminaremos a solas haciendo las paces. Estrechamente abrazados hasta nuestra próxima lid.



 

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