Mi alumno que lloraba a solas en un baño / Víctor H. Palacios Cruz

 



J. es uno de los estudiantes que más recordaré toda mi vida. No obtuvo el promedio más alto de su grupo, ni siquiera intervenía en clase aportando ideas. Es más, no llegó a aprobar la única asignatura en que coincidimos. ¿Por qué digo entonces que, dos años después, lo recuerdo mucho y seguidamente?

El semestre tenía cuatro unidades. Al concluir la primera de ellas sacó una calificación baja y preocupante. Otros chicos recibieron la misma noticia y desaparecieron de las clases, faltando aún las tres cuartas partes del camino. En cambio, J. volvió la siguiente clase. Se acercó a mi mesa, me dio la mano y me miró sonriente: “Profesor, le prometo que voy a esforzarme más en adelante”. No tenía por qué decirlo, pero vi en su gesto una honradez y una determinación que me conmovieron. Y a lo largo de todo lo que quedó de asignatura, J. honró su palabra.

Siempre sentado en los primeros lugares, puntual y esmeradamente atento. Incluso empezó a colarse en otra de mis aulas donde tenía amigos y yo impartía los mismos temas que él quería seguir escuchando. Pero mi ojo de profesor de tantos años no suele fallarme en estos casos: vi en el aula cómo entornaba los ojos y se quedaba en blanco sin saber si escribir, repetir algo en su cabeza o levantar la mano para absolver una duda. Sentí su estado de confusión, la pérdida de un ritmo o una ilación.



Vino la siguiente evaluación, no llegó a aprobar, pero mejoró un poco. Tocó la tercera y, finalmente, la última unidad, y sus notas señalaban un crecimiento continuo que, sin embargo, no llegaba al mínimo necesario. El balance final fue inexorablemente adverso. “Daré el examen recuperatorio. No me rindo, profesor”. Me dijo.

Llegó el día de ese examen postrero y allí estaba, como siempre, tan acomedido en las primeras mesas, escribiendo y con la sonrisa modesta y optimista de todas las clases. Fue uno de los últimos en terminar y, al entregarme su hoja, vi su semblante. De nuevo la ancha sonrisa de siempre, pero esta vez, acurrucada en el extremo de sus ojos, una tristeza imprecisa. Miré en seguida su hoja: faltaba una respuesta y otra era demasiado breve para esperar de ella la explicación requerida.

Concluido todo en el aula, salí, me metí en el baño privado de profesores dentro de una zona común. Recibí una llamada al terminar, abrí la puerta y, mientras respondía, vi de espaldas a mi muchacho encorvado sobre un lavatorio. Yo hablaba no recuerdo con quién, mientras J. lloraba con desconsuelo y a solas, lavándose la cara al mismo tiempo. Decidí seguir mi camino, no detenerme. No quise interferir ni con mi sombra ese momento de indispensable privacidad para mi alumno.

Colgué y metí el celular en el bolsillo. Caminé mecánicamente hasta mi oficina. Y yo también a solas no me atreví a tocar los exámenes recuperatorios por un rato. Quería también estar solo. El llanto de J. me desgarraba y yo no podía ayudarlo de ninguna manera. Tanto esfuerzo, tanta esperanza, tanta organización de hábitos y hasta la buena sonrisa para finalmente nada. Detesto las muletillas del coahing motivacional: “hoy lo puedo todo” o “todo esfuerzo conduce a la meta”. Mi muchacho había puesto todo de sí y aún más, no había renunciado como otros y, ante todo, no había dejado de sonreír. Tan noble, honesto e ilusionado.



Y no sirvió de nada. Pero, me pregunto, ¿tenía que servir necesariamente de algo todo eso? ¿Esa actitud de rectificación, lucha y constancia se justifican únicamente por una compensación que no siempre llega? Qué invencibles son algunas limitaciones que tal vez se remontan a aprendizajes escolares que no sucedieron o a entornos familiares que obstruyen en lugar de impulsar. Cada estudiante lleva en el cuerpo un sinnúmero de adversarios.

Hace unos días coincidí con J. en una mesa de la cafetería. Allí estaba junto a otros dos buenos chicos de mis clases pasadas. Ni resto de vergüenza ni mucho menos de resentimiento delante del profesor que había decidido que ninguno de sus ahíncos había bastado. Y, otra vez, su sonrisa. La de siempre.

Me despedí al terminar mi almuerzo y, mientras caminaba de vuelta a mi oficina en la universidad, pensé que la actitud de J. era precisamente el asomo de algo distinto que no tenía nada que ver con debilidad ni apocamiento. Esas lágrimas que no contuvo en aquel baño tras el examen fallido, eran una de esas varias señales que confirmo a mi alrededor. Que mis alumnos varones van poco a poco liberándose del mandato supremo de una mentalidad antigua e inhumana que ordena ocultar todo indicio que contradiga la invicta factura de acero que la sociedad adjudica al “sexo fuerte”. “Los chicos no lloran”. Inmenso disparate.

Llora, mi querido muchacho, y hazlo siempre que lo necesites. No niegues nunca tu frustración, tu impotencia, el dolor causado por los sueños abatidos por la impredecible realidad. No eres el único que sufre, pero eres de los pocos que, aun antes de decirlo a otros, te lo dices a ti mismo y, por eso, no te engañas y eres una persona entera de arriba abajo. No has caído en esa autodisonancia patológica que acalla la fragilidad propia y, haciéndolo, se incapacita para entender la fragilidad de otros.



Yo también lloro como tú, mi querido muchacho, mi verdadero maestro. Y deploro que ningún registro académico recoja tu coraje. Que el funcionamiento de un sistema, del que soy cómplice sin duda, siga creyendo que la raíz cuadrada de un número cualquiera o la conjugación correcta de un verbo irregular son aprendizajes más serios, útiles e importantes que aceptarse a uno mismo, ser sincero y amar lo que se hace sin importar que el árbol de la perseverancia no siempre dé sus frutos.

Lo pienso ahora mismo que acabo de conocer las notas de mis hijos pequeños de educación inicial y primero de primaria que, siendo aceptablemente buenas para su cambio de ciudad, su ingreso en un entorno escolar nuevo y otras circunstancias, no han tenido para mí tanto significado como lo que, en sendas reuniones con sus profesoras, he escuchado claramente de ellas: “Benjamín es un niño muy afectuoso y ama tanto contar cosas” y “Patricio me ayuda en el aula y un día se preocupó por un compañerito que se había golpeado, y acudió en seguida a ayudarlo”.

Para mí, esos hechos equivalen a más de la mitad de las calificaciones que realmente cuentan. Los aprendizajes que más demanda un tiempo como el nuestro enfrascado en odios y confrontaciones arrogantes con una dureza de alma y un grado despiadado de indolencia e insolidaridad. Los logros cognitivos llegan con el tiempo. Todos somos distintos. Yo aprendí demasiado tarde muchas cosas esenciales para vivir, mientras sacaba las notas más altas y vivía de becas que me daban una equivocada y estúpida reputación de joven talentoso y feliz por extensión.

Lo que tengan que mejorar distintamente mi alumno y mis dos hijos pequeños sucederá un día y quizá pronto. Entre tanto sus corazones ya ascendieron al nivel más alto al haber aprendido aquello que libra al conocimiento más experto y a la habilidad más eficiente de ser un poder ciego y eventualmente dañino: amar la realidad y amarse a uno mismo. Todo aquello sin lo cual no tendría sentido ni la comprensión de la vida ni la acción en el mundo ni la relación con los demás.

 

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