Las casitas de Ana Luisa Castro, una novela de amor y dolor / Víctor H. Palacios Cruz
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| Willy en 2021, "inventor de las casitas". |
* Imágenes
cedidas gentilmente por la autora.
Admito que
soy un lector, como decía Borges, “hedonista”. Espero mucho del relato y las
ideas de un autor. Y espero lo mismo o aún más de su escritura. Si bien muchas
veces ambas cosas –“formas y conceptos”, diría
Julio Ramón Ribeyro– logran la
altura de lo indisociable. De hecho, creo tener una noción de la literatura que
no todos comparten. En concreto, creo que este arte se sitúa no en el trazo de la
trama ni en la técnica de composición ni tampoco en el pensamiento que lo inspira.
Si “literatura” viene del latín littera (escrito o letra), entonces ella
es para mí el “arte de la palabra”. Ni más ni menos. Y ello a despecho de que las
palabras cuenten algo carente de interés, novedad o congruencia.
Para mí, hay literatura en cualquier
conjunto de palabras que surquen el aire o queden impresas. Sea el tramo de una
conversación, una parte o la totalidad de un discurso público, un artículo de
opinión, la leyenda de una fotografía en un catálogo o un ensayo filosófico. No
creo de ninguna manera que la literatura sea únicamente la que entra en los
cajones de los géneros convencionales (teatro, poesía, novela, cuento). En
realidad, cualquier clasificación es obra de la carpintería antes que de la creación
literaria. Incluso tengo predilección por los libros insumisos a toda taxonomía:
Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, los Apuntes de Elias
Canetti o las Prosas apátridas del citado Ribeyro, por ejemplo.
Por todo lo dicho, terminar Las
casitas (Lima: Revuelta, 2026), la ópera prima de Ana Luisa Castro (Lima,
1973) –escritora y gestora de proyectos innovación–, me ha sentado de golpe
frente a la siempre extraña naturaleza del placer de leer. Sus primeras páginas
me entregaron a un texto correctamente escrito e indiferente a cualquier afán
estético o a toda señal de ingenio e inventiva que suele esperarse de un libro
que se presenta expresamente como literatura. Hasta que, de pronto, a mitad de
camino comprendí que estaba ante de una de esas obras que honran la advertencia
que hizo Rainer Maria Rilke al aspirante a escritor de las Cartas a un joven
poeta: “Una obra de arte es buena si nace al impulso de una íntima
necesidad”.
Eso es Las casitas. No un libro
que proviene de la respetable voluntad de ser escritora. No una novela
provocada por el propósito de alcanzar la fama. No un texto creado para influir
impresionar a los lectores. No un escrito surgido del deseo de cambiar el mundo.
Las casitas es un libro que ni siquiera busca la expresión de un estilo.
Es, más bien, un trabajo que no quiere ser otra que un río de palabras que tenía
la urgencia de existir. Y de fluir hasta dar con el océano.
Como decía Antonio Muñoz Molina en un
artículo suyo en días de pandemia, vivimos en tiempos de horror y angustia, y
en ellos nada más fuera de lugar que contar las cosas por medio de artificios. ¿Para
qué un empeño decorativo o experimental frente a una realidad que es en sí
misma bastante contundente y apremiante como para añadirle la intromisión de un
estilo? Eso eran las historias de Kafka, por ejemplo. Fabulaciones en las que
el exceso verbal habría enturbiado su carácter inquietante e insólito.
Pesadillas como El proceso, El castillo o La metamorfosis pedían
imperiosamente la escritura concreta y desnuda como que encontramos en los libros
del checo.
Como decía Hannah Arendt, muchas veces
basta con “decir lo que existe”. En ese sentido, Ana Luisa Castro ha dado a la
imprenta una obra en la que toda depuración habría traicionado la pureza de su
relato, en que los sucesos sobrevienen indetenibles, uno tras otro, con la
fuerza de un fenómeno natural. Una novela, con una importante cuota de
autobiografía, que tenía que ser escrita, en primer lugar, no para los
lectores, sino para la propia autora.

Willy en 2001, "rey de los casinos egipcios".
Como dice Hans-Georg Gadamer, “la
experiencia no ocurre con anterioridad a su designación en vocablos”. La
escritura misma, igual que las ideas que verbalizamos a solas, son en rigor aquello
que confiere a lo vivido el rango de “experiencia”. Ana Luisa Castro ha querido
volver verdad lo que ha vivido escribiéndolo desde su propia mirada, sin
ahorrar ningún color emocional. Quizá en muchos otros casos, en la mayoría de
los seres humanos, los acontecimientos de la vida no son en apariencia
suficientemente grandiosos para que merezcan su poeta o su cronista, pero
olvidamos que muchas veces es la escritura, su punto de vista o la sola manera
de contar algo, lo que vuelve interesante y da legitimidad literaria a lo
narrado. Guerra y paz de Tolstoi es tan magnífica como los personajes comunes
que viven las cosas más comunes de los cuentos de Chejov. Las vidas solitarias,
grises e irrelevantes de tantos personajes de La palabra del mudo de
Ribeyro son tan buena literatura como lo real maravilloso de Cien años de soledad
de García Márquez.
En verdad, Las casitas cuenta
una sucesión de episodios que, por el contrario, se habría echado a perder en
una prosa que haya pretendido alguna clase de originalidad. El descubrimiento
de un hombre que no parecía existir en el mundo, y mucho menos en la proximidad
de una mujer joven con un pasado familiar y una infancia difíciles. La
exaltación del enamoramiento, la vehemencia luminosa de la carnalidad, y el cielo
portátil de las ilusiones inseparable de lo cotidiano y pedestre. Todo un
universo surgido con la aparición de un arquitecto, Bill. Su habilidad, su
éxito, sus viajes, su devoción por las plantas, los más nobles propósitos de su
vocación profesional y sus bigotes espesos, largos, ondulados y memorables. Y
después, los hijos, uno tras otro, y los cambios de destino. Egipto, Austria,
Argentina… Y ese contraste tan persuasivo entre un talento capaz de asumir con
éxito los encargos más fastuosos e internacionales, y el sueño más personal de
diseñar casas dignas, económicas y funcionales, para las familias más
vulnerables de la sierra peruana.

Presentación de "Las casitas" en compañía de Alonso Cueto.
Luego, la primera vivienda de la
familia; y después la mudanza. Y a continuación el progreso de ese sueño y el
premio internacional que valida la prometedora creatividad del “plastiadobe”,
material constructivo e insumo esencial para su realización. Entonces, en la
cercanía de la cumbre, de repente… Y no digo más, porque entonces la lectura se
vuelve tan necesaria como la fuerza que impuso la escritura. Avanzando esos
capítulos, uno repara en la frivolidad de esas frases manidas del coaching
motivacional: “todo esfuerzo conduce al éxito”, “hoy lo puedes todo”, “querer
es poder”, etc. Exhortaciones alegres y, por ello, despiadadas porque ofrecen una
visión ficticia de la existencia que suprime peligrosamente las intrincadas
variables que componen lo real. Como si la vida fuera una línea que se dibuja sin
desvíos sobre la superficie plana de un papel.
La cruda sinceridad de la novela de
Ana Luisa Castro, aun con sus pasajes de nostalgia y de ternura, constituye una
bofetada a la insoportable vacuidad de tantos best sellers de autoayuda
que orondamente proclaman que “yo soy mi mejor amigo” o que “yo soy
suficiente”. Porque no es verdad. Porque ansiamos amar. A la pareja, a los
hijos, a un país o a unos ideales, y a veces nos toca perder todo aquello sin
lo cual no nos entendemos. No, no es verdad, pareciera decir la escritora. Yo
no soy suficiente, me falta alguien. Estoy aquí, yo sigo, construyo mi propio camino,
mi nueva vida. Pero ese reclamo de la vida que va siempre hacia adelante, no
significa que no esté allí, hasta el fin de los días, el profundo hueco de la
ausencia.
En consecuencia, que ningún lector
espere “lecciones de vida” de este libro paradójicamente tan lleno de vida, y
en el cual incluso aceptamos que se digan cosas imposibles pero tan verdaderas
para la mirada de la autora, como ese “asqueroso sol de primavera que se asomó
por la ventana... aberrante y traidor”.
Las casitas es un libro escrito con “esa palabra ‘amor’,
que tiene dolor, que tiene dolor”, como cantaba el argentino Piero en su
canción “A mí me dieron el mar”. Y es bueno que, lejos de las aulas, las
teorías y las promesas celestiales, se nos enseñe a amar. A amar de verdad. Que
se nos enseñe que, aunque amemos y no seamos correspondidos, o seamos
correspondidos pero la relación termine, o seamos correspondidos y la relación nunca
termine pero el mundo se oponga, o seamos correspondidos la relación nunca termine
ni el mundo se oponga pero suceda una desgracia; aún así –sea un amor que dure
un siglo o apenas unos días– amar o haber amado vale la pena. Porque basta por
sí solo y es lo único de lo que somos dueños, pues ni siquiera de nuestra propia
vida somos nunca dueños soberanos.
Es, sobre todo, una señal de que no
solo estamos y duramos en medio de la inmensidad, aunque solo alcancemos el
tamaño de un puntito ridículo e insignificante. Una señal de que estamos vivos.
Vivos con una vida que ya nada podrá refutar. Una vida que será una línea a la
que la muerte pondrá su punto final, pero a la que no podrá borrar sobre el
espacio nunca jamás.
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| La familia de la escritora. |




Genial artículo. ¡Excelente libro Las casitas!
ResponderBorrarQué amable por escribir y tan rápidamente. Un abrazo
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