Mi vecino y mi abuelo. Dos lecciones de convivencia en la disparidad / Víctor H. Palacios Cruz

 


Don Antonio Rumiche Ayala

A mis 16 años obtuve el primer premio de un importante concurso de poesía juvenil. En el jurado figuraban poetas ahora venerables como Antonio Cisneros, Javier Sologuren y Abelardo Sánchez León. Fue la primera vez que aparecí en la televisión entrevistado en un noticiero de mi ciudad. Me felicitaron calurosamente, además de mis padres por supuesto, profesores y compañeros de colegio. Pero la felicitación, diría la celebración más significativa que recibí me vino de las manos de mi vecino, don Antonio Rumiche Ayala.

Historiador, maestro y director de la Casa-Museo Miguel Grau de Piura, que había escrito un largo artículo mecanografiado en que comentaba generosamente mis versos y hablaba de mi prometedora carrera como escritor. Yo visitaba de vez en cuando su casa, frente a la mía, para jugar al ajedrez con un hijo suyo y amigo del barrio. Aquellas visitas me permitieron acceder a la biblioteca de don Antonio, con sus largas y bellas vitrinas de madera sobre una de las cuales brillaba una escultura de Don Quijote de la Mancha. Don Antonio era un intelectual que hablaba como andaba: pausadamente, saboreando cada paso.

Era, también, militante del APRA, un partido político que había aportado a la nación a lo largo de tantos años un impulso para la reflexión sobre el país y su destino, así como un relato de gestas, mártires y exiliados. Pero, también, la gran decepción de su primer gobierno, el de Alan García Pérez, ineficiente, corrupto y populista. Por el contrario, mi padre era devoto belaundista, es decir, militante de Acción Popular –fundado por Fernando Belaúnde Terry–, partido con el que el APRA había tenido confrontaciones electorales y también callejeras en el devenir turbulento de la política nacional.

En definitiva, dos oponentes viviendo el uno frente al otro, separados por la caliente arena de una calle todavía sin asfaltar. Y, sin embargo, dos vecinos que se saludaban respetuosa y hasta afectuosamente. Yo no lo sabía porque no sabía tampoco que existían otras maneras de ser adversarios. Solo ahora, en este tiempo de un Perú y un mundo entero ferozmente polarizados en el que pensar distinto se paga con la estigmatización y hasta la calificación de “enemigo de la patria”, miro con asombro aquella convivencia en que, en lugar de agravios e improperios, circulaban de ida y vuelta las fórmulas más afables de una cortesía exquisita.



Hacia 1987 García Pérez, en un acto de desesperación por una grave crisis económica, anunció el envío a la Cámara de Diputados de una propuesta de ley de estatización de la banca privada, una idea irresponsable y sin fundamento. En el acto, el país quedó dividido de arriba abajo y ensordecido por acaloradas discusiones. Fue el momento en que Mario Vargas Llosa, escritor y ensayista talentoso por igual, decidió incursionar en la política y, poco después, convertirse en candidato a la Presidencia de la República. Habiendo formado un frente que reunía a las agrupaciones de oposición, el autor de La ciudad y los perros se convirtió en el objetivo del encono y la calumnia del partido de gobierno.

Una tarde, de pronto, al terminar una partida de ajedrez con mi amigo Coco, su padre, don Antonio, me llamó. Puso una silla frente a él, y allí me senté para escucharlo mientras blandía en las manos el cuadernillo de una publicación extra del diario El Comercio. “Tú debes haber escuchado las noticias y saber cómo está la situación en el Perú. Mira, he leído este largo escrito de Vargas Llosa donde defiende, con ejemplos muy interesantes, el papel la libertad en la democracia. Quizá no esté de acuerdo con todas sus ideas, pero sus argumentaciones son admirables y rigurosas. Pienso que deberías leer esto, porque va a ser muy formativo para ti como escritor e intelectual”.

Se trataba de algo extraordinario que yo tampoco podía saber, porque entonces no había visto otra cosa. Un aprista leal e íntegro me recomendaba leer los pensamientos del mayor enemigo público de su partido. Sin la menor duda, un gesto como el suyo hoy sería absolutamente inconcebible. Grandeza de aquel vecino de mi infancia, que había votado en toda cita electoral por el APRA, pero que, al hacerlo, en realidad eran su conciencia y su corazón los que habían querido votar siempre, a su manera, por la justicia y el progreso de su patria.


 

Mi abuelo campesino

Uno de los brazos, cerca del hombro, de mi amado abuelo materno, lucía el tatuaje del escudo de la bandera nacional. Allí, en medio, se distinguía la herida causada por munición ecuatoriana. Sucedió durante la guerra de 1941, en la que realizó un acto heroico que le valió un ascenso en el Ejército nacional.

Sus nietos escuchamos tantas veces sus relatos de la guerra. Por ejemplo, la astucia con que capturó a soldados enemigos oculto detrás de un árbol, su imitación del sonido característico del equipo de comunicación que era su misión transportar, o aquella vez en que, junto a otros compañeros, fue testigo de la caída del avión de José Abelardo Quiñones.

Como Miguel Grau que, al culminar el combate de Iquique, resolvió salvar la vida de los marinos chilenos caídos desde la corbeta Esmeralda averiada por el Huáscar; mi abuelo tuvo el mismo discernimiento de corazón que le permitió saber que, en esa como en cualquier guerra, quienes combaten son los Estados y los ejércitos, pero no las personas y los pueblos. Como Grau negándose a disparar contra puertos chilenos donde había población civil, mi abuelo se negó a ultimar a contrincantes ya desarmados y rendidos.

Terminada la guerra y de vuelta a la sierra piurana, mi abuelo reanudó su vida campesina con el alma repleta de recuerdos del campo de batalla en la frontera. Pero no solo sin resto de rencor o desprecio, sino incluso encariñado con la cultura del Ecuador. En especial, con la música que conocía en los viejos discos de carbón que entraban al mercado peruano o en las señales de radio que captaba en la límpida atmosfera de los Andes piuranos. Pasillos, sanjuanitos, albazos y pasacalles; las dulces melodías de las hermanas Mendoza Sangurima o la irrepetible voz dolida y alada de Julio Jaramillo, yo respiré esos cantos impregnados de despecho y poesía –alternados con valses, huaynos y yaravíes peruanos– y con el tiempo llegué a apreciar ese folclor.



Pero, como acaba de recordarme mi hermana mayor, mi abuelo también contó que fue en territorio enemigo donde conoció una casa de campo, tal vez hacienda, “bonita y grande” con “puertas altas, ventanas espaciosas, ambientes amplios y un jardín en medio”. Quedó encantado y dijo a sus compañeros de pelotón: “Algún día tendré una casa como esta”. Y, acabada la guerra, dio realidad a su palabra, primero en una parte de las montañas sobre un terreno plano y, tras una mudanza, en otra zona menos alta y ya definitiva, sobre un terreno inclinado y más extenso.

Esa vivienda enorme cobijó reuniones y fiestas familiares, mis juegos de pequeño y mis ratos de lectura ya grande, y momentos inigualables contemplando las estrellas y hasta uno de los brazos de la Vía Láctea vibrante a través del transparente cielo incontaminado de las noches serranas. Como decía un poeta en un libro del filósofo Gaston Bachelard, “yo soy el espacio en que me encuentro”. El hecho de mi nostalgia de esa casa acogedora y abierta al infinito es la certeza de que ese lugar me abrazó con fuerza y, en consecuencia, la llevo conmigo y me acurruco en ella donde quiera que vaya. Y como la catedral de Chartres, según escribe Julio Ramón Ribeyro, esa casa de mis abuelos maternos “no será destruida ni por su propia destrucción”.

Un lugar que entiendo que era también ecuatoriano, edificado con sus propias manos por un hombre que en los registros civiles era José de la Luz Cruz Ramírez y a quien los lugareños se dirigían siempre como Don Luz. Dos vocales que yo siempre sentí que sonaban a grandeza y reverencia. Muerto quien fue mi segundo padre, hace varios años, su solo nombre traza un círculo de fascinación y melancolía, rodeado de sombras que esconden y no dejan encontrar ahora la convivencia y la vecindad que antes, cuando niño, no sabía siquiera que se llamaban así. Porque eran como el día que tampoco sabe que lo es, porque sencillamente jamás había visto la noche que por todas partes acecha alrededor.

 

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