El fútbol y Julio Ramón Ribeyro / Víctor H. Palacios Cruz

Uno de los más recordados goles de Cubillas.

 

“¿En qué se parece el fútbol a Dios? –preguntaba Eduardo Galeano– En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Creer que fútbol y literatura o pensamiento son incompatibles es tan inaceptable como un árbitro anulando un gol con el VAR en silencio. No hay tema imposible para la palabra y la reflexión. O para la emoción y el recuerdo. Con más razón si se trata de lo que sucede sobre un espacio demarcado donde convergen la lucha, el talento y la incertidumbre. Fontanarrosa, Villoro, Galeano y hasta el ex futbolista y ex entrenador Jorge Valdano, han derrotado por goleada con sus textos a todo rival que afirmara lo contrario.

Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) fue no solo hincha de Universitario de Deportes, sino un observador cualificado del fútbol local e internacional. En sus diarios y las Cartas a Juan Antonio menciona sus condiciones como cronista deportivo y se pregunta si esa podría haber sido su verdadera vocación. Los pasajes que su obra reserva para este deporte tratan tanto de partidos y jugadores profesionales, como de escenas de la infancia y elaboraciones de la ficción.

El autor de La palabra del mudo habla del fútbol que ha visto desde las tribunas del antiguo Estadio Nacional (anterior a la primera gran remodelación de los años 50), o desde el sofá de su departamento parisino con el televisor transmitiendo la Liga de Campeones de Europa. Su fina mirada ha celebrado tanto las jugadas del Ájax de Cruyff o de un muy joven Michel Platini, como las gestas polvorientas de una cancha de barrio o de colegio. A lo que se añade la anécdota de un trance delicado en que dos estelares goles de Teófilo Cubillas acudieron en su ayuda.

Aquí solo algunos de esos momentos cautivantes en su amplia y siempre conmovedora literatura. Leerlos y compartirlos podría hacernos muy buena compañía mientras esperamos el próximo mundial de fútbol.

Cruyff en el Áyax.

 

El Áyax de Cruyff

“Encendí el televisor y tuve la suerte de que empezaba el match de fútbol entre el equipo holandés Ayax y el portugués Benfica, por las semifinales del Campeonato de Clubes de Europa. Encuentro deslumbrador. No tienes una idea de la manera cómo juega el Ayax, formado por 12 (sic.) arcángeles rubios y con peluca, cuyo promedio de peso es de 80 kilos y de estatura un metro 80. La estrella del team es Cruyff, considerado actualmente como el mejor delantero del mundo, digno sucesor de Pelé. Como todos los jugadores holandeses, pone 10 segundos 5 décimas en los 100 metros y su forma física perfecta le permite correr a dicho ritmo durante todo el match. Ver jugar a este equipo es verdaderamente una delicia porque no cometen una sola falla y cada avance que emprenden termina con un disparo al arco, desde las distancias y los ángulos más increíbles. Total que ganó el Ajax por un gol a cero, a un Benfica que jugó espléndidamente, a la latina y a la negra, pues lo forman jugadores lusitanos y angoleses. Entre estos últimos, la estrella es el gran Eusebio, mezcla de Aparicio y Cubillas, el único que logró quebrar la defensa arcangélica y disparar media docena de cañonazos que rozaron los palos. El encuentro de ahora se jugó en Amsterdam y la revancha será en Lisboa. En fin, cuando sé que la selección viajará a Europa tiemblo por su choque con equipos de una calidad tan fuera de par” (Diciembre 1972) (2019, 280-281)

 

Triunfo peruano

“Parece que los dioses han gratificado al fin nuestras esperanzas deportivas, pues leí en periódico de hoy que el Perú venció a Chile 2 a 0. Enhorabuena, y me alegro muchísimo por nuestro sufrido pueblo, que encontrará en este triunfo una fuente de júbilo infinito. Lo que el periódico francés dice –y creo que allí se equivoca– es que el Perú deberá jugar ahora contra Brasil y Bolivia. Yo pienso que de hecho ya el Perú está clasificado, lo mismo que Brasil y Bolivia, en tanto que ganadores de su grupo. No me envíes recortes, pues aquí recibimos periódicos cada semana. Prefiero un comentario tuyo, que será sin duda mejor que cualquier reseña de los diarios.” (marzo de 1977) (2019, 387)

J. C. Oblitas festeja un gol contra Chile en 1977.

 

Tristezas deportivas

“A propósito del mundial, pensaba esta mañana que hay pueblos desfavorecidos, condenados a vivir solo tristezas deportivas. Pensé incluso escribir un breve artículo, precisamente con ese título: «Tristezas deportivas». Yo recuerdo haber vivido esas tristezas –y tú también, naturalmente– cuando salíamos del Estadio Nacional, el día en que nuestro equipo –la «U»– había sufrido una derrota humillante, injusta o amenazadora, para la obtención del título. Y decir injusta es redundante, pues todas nos parecían injustas. Recordarás que el atardecer nos parecía horrible, irremediable, mientras andábamos hacia el paradero del ómnibus, preguntándonos cómo íbamos a soportar los días venideros, y qué podría compensarnos de tanto sufrimiento. Lo único que nos sostenía era la esperanza de que el domingo siguiente nuestro equipo ganara. Pero había que pasar toda una semana rumiando la derrota, aguantando las burlas de los hinchas del vencedor, en la familiar, el barrio, el colegio.

Yo recuerdo que se trataba de una espantosa tristeza. Llegábamos a casa, más cansados que nunca y comíamos sin ganas ni alegría. Esa sensación que hemos conocido, es también la que siempre ha conocido el pueblo peruano deportivo, cuando el Perú ha participado en certámenes internacional.

(…) A nivel internacional, (los peruanos) no tenemos nada que nos enorgullezca y nos reconforte; cada pequeña esperanza ha sido irremediablemente desmentida por los hechos. De los más que podemos vanagloriarnos es de nuestro equipo de fútbol en las Olimpiadas Berlinesas, pero, aun así, fue una alegría trunca, decapitada en pleno vuelo, por los hechos que tú ya conoces. En estas condiciones, somos un pueblo no solo pobre y jodido, y maltratado, sino privado hasta de esos júbilos inmateriales, que son los júbilos deportivos. Ni pan ni circo (circo sí, pero en el cual nos comen los leones, o el gladiador rival nos despedaza).

No creo que las victorias deportivas aplaquen el hambre del pueblo, pero les proporciona una satisfacción cualitativa, interior, que forma parte de los bienes de la vida.” (mayo 1978) (2019, 442-443)

El viejo Estadio Nacional de Lima.

 

Cubillas y Escocia

“Ayer, después de hablar con Alida por teléfono, hablé también con Chalo, quien me ofreció escribirme carta, con impresiones sobre el Mundial de Fútbol. Reservo por ello para mi respuesta los comentarios adicionales que pueda hacer sobre este inagotable tema. Solo te contaré ahora una anécdota relacionada con esto. Yo viajé a Londres con un salvoconducto, pues mi pasaporte se lo había llevado Julito. Un salvoconducto es un documento de emergencia, sospechoso y muchas veces rechazado en la frontera, pues se presta a fáciles falsificaciones. Al llegar a territorio británico, el agente que controla a los viajeros recibió mi salvoconducto, lo examinó por todos lados y, clavándome la mirada inquietante, me dijo: «Peruano. Teófilo Cubillas, ¿no?» De inmediato me di cuenta de que el agente pecoso y pelirrojo tenía cara de escocés. No me quedó más remedio que excusarme y decirle, en mi mal inglés, que yo no tenía la culpa de que el Perú le ganara a Escocia. El pecoso se limitó a sonreír y, sellando mi documento, me dijo: «Yo no soy escocés. Soy galés y detesto a los escoceses». Si por azar hubiera sido escocés, estoy seguro de que no me hubiera dejado pasar y me regresaban a Francia. Lo que demuestra las implicaciones del deporte en la vida privada de los individuos. Y además, la celebridad de las figuras deportivas. Teófilo Cubillas será más conocido, y es más conocido –mil millones de espectadores– que Vargas Llosa, así este escriba cien novelas geniales.” (julio de 1978) (2019, 448-449)

 

Cronista deportivo

“Veo que me he extendido más de la cuenta, de modo que me retiro. Hubiera querido combinar mis disquisiciones literarias y jurídicas con otra futbolísticas, pero renuncio a ello por cansancio. ¡Qué buenos cronistas deportivos hubiéramos podido ser si hubiera existido en el Perú, como hay en Francia, una prensa deportiva de alto nivel y bien pagada!” (junio de 1982) (2019, 535)

 

La semifinal Francia-Alemania de 1982

“Anoche vi con Chalo y dos amigos peruanos el gran match Francia-Alemania. Todos estábamos por los franceses y sufrimos un duro golpe (¡uno más!) cuando los teutones, que no merecían ganar, empataron y luego se impusieron por ese absurdo sistema de penales, que es como la lotería. Lo cierto es que los pobres franceses perdieron la única oportunidad de su vida de ser campeones mundiales, pues con el ímpetu de una victoria sobre Alemania hubieran barrido a los italianos. Lo que perdió a los franceses fue su entusiasmo y su «furia gala», pues tenido al match 3 a 1 a diez minutos del final prosiguieron su juego ofensivo, vistoso y espectacular, cuando debieron haber cerrado su defensa y amarrado el partido hasta el pitazo terminal, a la manera italiana. Estaban sobreexcitados y creyeron que debían acentuar su forcing para lograr un KO definitivo, un 4 a 1 que los pusiera al abrigo de toda reacción. Y quizá tenían razón, pues ese cuarto gol estuvo a punto de llegar cuando Amorós disparó de 30 metros al palo. En fin, el fútbol es así. Lamentaciones al muro.” (julio de 1982) (2019, 536)

Un joven Michel Platini.

 

Michel Platini

“Mis cuarenta años de aficionado al fútbol (mi primer match lo vi en Lima hacia el año 1937) me hacen apreciar y comprender este deporte con toda la agudeza de la experiencia. Por eso los jóvenes o improvisados locutores deportivos franceses me irritan por su ignorancia. Comentan los partidos con una óptica de neófitos. Desde que un jugador toca la pelota y hace un pase puedo darme cuenta de si es un buen jugador. A los cinco minutos de un encuentro he calado a ambos equipos, descubierto sus cualidades y defectos, previsto su eventual desenlace, descifrado su táctica seguida y la que convendría emplear. De esto puedo vanagloriarme sin vergüenza pues no tiene ningún mérito, simple cuestión de oportunidad. No solo he visto miles de partidos, sino que los he jugado. Así, ayer en la TV descubrimiento al fin de un jugador francés el verdadero talento: Platini. Apenas recibe la pelota ya su mirada ha abarcado todo el terreno, ha visto dónde están los adversarios y dónde los partidarios mejor colocados, por dónde conviene avanzar o a quién entregar el esférico. Esa visión soberana del espacio del juego, privilegio de los grandes. Ello unido a una contextura física ideal, una fulminante fuerza en sus disparos, un dribbling imprevisible, una serenidad absoluta y una elegancia de ejecución hacen de él un fenómeno y de su contemplación un verdadero gozo. Escribo esto sin mayor cuidado. Pensando en que tal vez mi destino era ser cronista futbolístico.” (24 de abril de 1977) (2003, 528-529)

 

Dar la vida en un partido

Del cuento “Los otros” (aparecido en 1992)

“Paco era el único cholo de la clase en ese colegio de blanquiñosos. (…)

Sus cualidades futbolísticas las descubrimos en el curso de esos breves e inverosímiles partidos que se jugaban durante los recreos. Las diferentes clases de primaria se dividían imaginariamente la cancha en varias canchas contiguas a lo ancho del terreno, de modo que simultáneamente se efectuaban cuatro o cinco partidos. Pero ocurría que en el ardor del combate y como no había límites precisos los jugadores de un encuentro se pasaban al campo vecino y se confundían con los jugadores de otro encuentro, y al final no se sabía quién estaba jugando contra quién y quién había ganado. Lo importante era rechazar cuanta bola le cayera a uno en los pies, arremeter hacia adelante y no dejar pasar a ningún jugador que viniera del lado opuesto. Y en esto último Paco demostró tal energía y fogosidad que nadie entraba invicto a su terreno: o pasaba el jugador o pasaba la pelota, pero nunca los dos juntos.

Fue por ello que se convirtió en el back titular del equipo de la clase, en el torneo interno que se jugaba todos los años en el colegio. Con el gordo Battifora formó una pareja infranqueable, temida incluso por los equipos de los últimos años de media, donde había mozos recios y peludos que ensayaban sus primeros bigotes y fumaban a escondidas en los baños. Gracias a esta defensa llegamos a las finales del torneo, lo que causó sensación pues era la primera vez que un equipo que empezaba sus estudios de secundaria tenía que disputar la copa contra los alumnos de terminal.

Fue un partido memorable que se disputó un domingo, luego de la misa matinal. Apenas sonó el pitazo los grandes arremetieron con la intención de aniquilarnos desde el arranque. Sus aleros lanzaban centros aéreos o rasantes que sembraban el pánico ante nuestra valla; su centro delantero, el gran Aicardi, irrumpía como un ariete en el área chica, repartiendo patadas y codazos; sus mediocampistas disparaban de lejos buscando los ángulos. Pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra el gordo Battifora y sobre todo contra Paco, quien por alto y por bajo, a lo fino y a lo macho, se batió como un león, sacando cardenales en las canillas y champas de la grama. Fue así como el primer tiempo terminó empatado a cero goles.

Al empezar el segundo tiempo los peludos redoblaron su ofensiva con mayor temeridad. Su defensa se adelantaba cada vez más y se confundía con sus delanteros, buscando desesperadamente el gol. Ello nos permitió ensayar algunos contraataques. En uno de ellos Perucho se infiltró solo desde el medio campo y cuando el arquero salía para interceptarlo le bombeó la pelota por encima de la cabeza y nos puso en ventaja. Minutos más tarde, en otro contraataque, vi llegar una bola por alto, la peiné con el cráneo y la envié al fondo de la red. ¡Íbamos ganando dos a cero! Nuestra barra entró en delirio y el público de familiares y amigos de los jugadores y de vecinos del distrito se volcó a nuestro favor alentándonos con sus gritos. Ya no se trataba sino de resistir, pues faltaban quince minutos para que terminara el encuentro. Los grandotes apelaron al juego sucio y a todo tipo de mañas para intimidarnos, pero no había nada que hacer, allí estaban Paco y el gordo Battifora, olímpicos, inexorables.

Y de pronto algo ocurrió: Paco se dejó desbordar por un alero que no tuvo la menor dificultad en fusilar a nuestro guardameta. Poco después el gran Aicardi le ganó una bola por alto y de un mitrazo decretó el gol de empate. Paco en realidad erraba en nuestra área como un zombi, sin poder correr ni saltar, a pesar de los gritos de aliento de nuestra barra. Se había convertido en un colador por donde pasaban pelotas y adversarios. Pronto comenzaron a lloverle las invectivas y por último los insultos cuando, ante una nueva falla de su parte, un peludo nos encajó el tercer gol. En los últimos minutos Perucho y yo tejimos una red de espirituales combinaciones, pero la fatiga y nuestro gusto por la perfección nos llevó a fallar el remate final. Cuando el árbitro se aprestaba a dar por terminado el encuentro, Paco se dejó burlar una vez más y el gran Aicardi marcó el cuarto gol, que selló la victoria de los peludos y barrió nuestras ilusiones. El partido terminó en medio de la consternación general y de las pifias a Paco, que cabizbajo trotaba fatigosamente hacia los vestuarios.

Fue solo allí y cuando nos aprestábamos a recriminarlo que nos dimos cuenta que para Paco ya el partido de fútbol había perdido todo interés, quizás mucho antes de que terminara, y que era solo ahora que estaba librando el verdadero match de su vida. Sentado en las losetas del baño, con la espalda recostada en la pared, tenía la cara verdosa, los pelos más parados que nunca, los ojos empañados y se esforzaba en respirar por la boca abierta pidiéndonos por señas un vaso de agua. Cuando se lo trajimos lo rechazó para arrastrarse hacia el excusado tratando de vomitar, pero antes de llegar quedó tendido de bruces, con los brazos en cruz. Estaba sin conocimiento. Intentamos reanimarlo echándole agua a la cara y dándole palmadas en los cachetes, inútilmente. Alguien había ido a buscar al hermano director, quien no hizo sino entrar, verlo y salir disparado a llamar una ambulancia.

Esa misma tarde lo operaron, pero en vano, pues no sobrevivió a la intervención. Según el gordo Battifora, en el segundo tiempo del encuentro Paco le dio a entender que tenía dolor de estómago. Su familia confirmó que días antes se había quejado de punzadas en el apéndice. El médico dictaminó peritonitis y hemorragia irreversible, a causa seguramente del esfuerzo desplegado durante el partido. Partido que, viéndolo bien, tenía una importancia minúscula, nada iba a cambiar en el mundo, pero en el cual el cholo Paco puso todo su pundonor y dejó su vida” (II, 2009, 474-477).


 

 

Fuentes:

La tentación del fracaso. Diario personal 1950-1978. Barcelona: Seix Barral, 2003.

La palabra del mudo I. Lima: Seix Barral, 2009.

La palabra del mudo II. Lima: Seix Barral, 2009.

Cartas a Juan Antonio (1953-1983). Lima: Revuelta, 2019.

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