La conversación como lugar de encuentro e igualdad en tiempos autoritarios. Un libro de B. Craveri / Víctor H. Palacios Cruz

Benedetta Craveri.


Ponemos y oímos “música” por todas partes y rara vez la “escuchamos” sin hacer a la vez otra cosa que no sea escucharla; así también recibimos y expulsamos palabras que son solo desahogos, agravios, disfuerzos o jactancias, y cuesta hallar el espacio donde ellas sean un lugar donde demorar el alma. La palabra como intercambio que solo sucede en el hecho insólito que coronó nuestra larga evolución: el acto de conversar.

La humanista italiana Benedetta Craveri publicó hace dos décadas un ensayo que celebra este inigualable invento a través del relato de su aparición como esfera de unión e igualdad en una sociedad como la Francia monárquica previa a la Ilustración. Un rito que recuperaba una vieja tradición griega y promovía los hábitos necesarios para la democracia, la convivencia, la educación y el amor. Hábitos de acogida y homenaje a la sola presencia del otro. Hábitos de nuevo oprimidos por la vociferación digital, la linealidad de los algoritmos y la furia de quienes emprenden la guerra y solo saben decir a quienes piensan distinto “eres muy malo”. Comparto pasajes de su libro La cultura de la conversación que resultan esclarecedores, pero también placenteros por sí mismos.

 

Fuente: Craveri, Benedetta (2020) La cultura de la conversación. Madrid: Siruela.


 

La conversación: lugar de igualdad en tiempos monárquicos

“Nacida como un puro entretenimiento, como un juego destinado a la distracción y al placer recíproco, la conversación obedecía a leyes severas que garantizaban la armonía en un plano de perfecta igualdad. Eran leyes de claridad, de mesura, de elegancia, de respeto por el amor propio ajeno. El talento para escuchar era más apreciado que el talento para hablar, y una exquisita cortesía frenaba la vehemencia e impedía el enfrentamiento verbal.

(…) Y dado que Francia no estaba dotada de un sistema representativo ni de un espacio institucional donde la sociedad civil pudiese manifestar sus opiniones, la conversación mundana se convirtió en un lugar de debate intelectual y político, en la única ágora a disposición de la sociedad civil. (…)

Este ideal de conversación, que sabe conjugar la ligereza con la profundidad, la elegancia con el placer, la búsqueda de la verdad con la tolerancia y con el respeto de la opinión ajena, no ha dejado de atraernos nunca; y cuanto más nos aleja de él la realidad, más sentimos su falta” (2020, 18).

 

El estilo como señal de clase

“Con todo, para manifestarse, la superioridad del linaje necesitaba también un nuevo sistema de signos que permitiese reforzar la menguante autoridad de los tradicionales. Una vez convertidos en objeto de componenda entre la corona y los hombres nuevos, los títulos, los cargos, las tierras, los palacios, los trajes o las joyas ya no podían ser la prueba incontrovertible de pertenencia por derecho a una clase. Así, en un contexto histórico inédito, donde las prerrogativas tradicionales habían perdido sus signos de exclusividad y las oportunidades de hacerse valer se habían reducido a los carruseles y los tiovivos, la nobleza de espada optará por distinguirse en el capcioso terreno del estilo. A partir de ese momento, será la manera de vivir, de hablar, de ataviarse, de divertirse, de reunirse lo que brindará a las élites nobiliarias la inquebrantable certeza de su superioridad; serán las bienséances, el cuerpo de leyes no escritas, pero más poderosas que cualquier norma, las que les suministrarán el banco de prueba que antes estaba reservado a las armas.

(…) Era pues inevitable, dadas estas premisas, que la nobleza sintiese la exigencia de crearse un espacio de libertad, autónomo de la vida de la corte, donde poder enaltecerse sólo a sí misma. Fue precisamente en ese espacio nuevo, en la vida mundana, donde se puso en marcha el proceso regenerador de los usos y costumbres de la sociedad francesa, y ya no bajo el signo de la autoridad sino de la diversión” (2020, 27-28).

Edward Hopper. Chop Suey.

 

Teatralidad de la conversación en la nobleza

“La educación del caballero consistía, precisamente, en saber dominar las emociones, las palabras y los gestos a través del uso más o menos diestro de la retórica. Esta marcaba el punto de equilibrio, la justa medida gestual que el cuerpo debía mantener cuando entraba en contacto con otros cuerpos, y enseñaba a usar la palabra con el fin de tener mayor posibilidad de intercambio en la economía de las relaciones sociales.

En este «proceso de teatralización del yo», la conversación cobraba una importancia crucial. Representaba el momento de máxima exposición social del individuo, exigía el consciente control de todos sus medios expresivos: el tono de la voz, los gestos, la actitud, la expresión de la cara contaban tanto como la palabra. Además, cualquiera que fuese su finalidad, la conversación debía observar la regla general de la conveniencia, de la aptum, adaptándose a las personas, a los lugares, a las circunstancias: ya que, sin esta condición preliminar, no podía ser urbana ni civilizada ni cortés” (2020, 292).

 

Los franceses y el arte de la conversación en los siglos XVII-XVIII

David Hume: «Los ingleses son, quizá, mayores filósofos; los italianos mejores pintores y músicos; los romanos fueron más grandes oradores, pero los franceses son los únicos, con excepción de los griegos, que han sido a la vez filósofos poetas, oradores, historiadores, arquitectos, escultores y músicos. (…) Y en la vida de cada día han llevado al sumo grado de perfección aquel arte de la sociedad y de la conversación».

“Pero Hume llegaba aún más lejos, al afirmar que, si la dinámica de la civilité y de la politesse nacía ciertamente de la desigualdad, al cabo aquélla producía una forma inesperada de igualdad” (2020, 295).

Henri Matisse. La conversación.

 

La conversación entre iguales: obra de mujeres de la alta sociedad

“Aquello por lo que los visitantes extranjeros conquistados por la ilustración sentían más nostalgia al dejar París era el placer de la / conversación. Una conversación entendida no solo como entretenimiento mundano y seducción recíproca, sino además como encuentro intelectual entre iguales.

Si damos crédito a Marivaux –el único que supo transformar la conversación en poesía– fue en casa de Madame de Tencin, retratada por él en la Vie de Marianne con el nombre de Madame Dorsin, donde este nuevo modelo de comunicación cobró forma, porque fue ella quien lo hizo posible: «En su casa no tenían valor ni el rango ni la posición; nadie se acordaba de su propia importancia. Eran hombres que hablaban con otros hombres, y entre ellos solo las mejores razones vencían a las más débiles; eso y nada más (…); eran como inteligencias en estado puro, y entre ellos los títulos que al azar confiere aquí abajo no valían nada; y no creían que sus cargos fortuitos debiesen humillar a unos o enorgullecer a otros. Así era como se pensaba en casa de Madame Dorsin; así era como uno se volvía en su compañía, contagiado por esa forma de pensar razonable y filosófica que, como os he dicho, era propia de ella, haciendo que todos fuesen philosophes»” (2020, 354-355).

 

Deseos de cambio en una sociedad inmóvil

“Es difícil posar la mirada sobre la sociedad parisina del siglo XVIII sin que nos impresione el contraste entre la estabilidad de las instituciones políticas y sociales del Antiguo Régimen y los deseos de cambio. No son solo los estilos y las modas los que se suceden sin pausa, en arte y en literatura, en los atuendos y las diversiones, sino que es el propio modo de pensar y de sentir lo que sufre una mutación, sobre el fondo inmóvil de la vida de los privilegiados” (2020, 361).

 

La conversación: don de la cultura francesa de los siglos XVII-XVIII

“En Francia, la necesidad de conversar es común a todas las clases sociales: aquí la palabra no es, como en otras partes, solamente un medio para transmitir ideas, sentimientos, asuntos de negocios, sino un instrumento que a la gente le gusta tocar y que reanima los espíritus, como hace la música en unos pueblos y los licores fuertes en otros” (2020, 405).

Giovanni Boldini. Conversación.

 

La conversación: excelencia de la naturaleza humana

“La conversación no era solo una huida del mundo: era una educación para el mundo, y también la única de la que muchos podían disfrutar. Su utilidad resultaba tan evidente que hasta los diccionarios exaltaban sus virtudes: «Se ha de amar la conversación: es la riqueza de la sociedad, y gracias a ella se estrechan y se afianzan las amistades», se lee en el de Richelet. «La conversación pone en obra los talentos de la naturaleza y los refina. Purifica y endereza el espíritu y constituye el gran libro del mundo»” (2020, 412).

 

La cultura de la conversación alienta la educación de voz y los gestos

“La conversación, que era la verdad suprema de la honnêté, exigía una actitud espontánea de todo el individuo, un rostro franco y alegre, un aire natural y afable, una expresión de disponibilidad, de interés, de espera. (…) Mademoiselle de Scudéry ensalza la «maravillosa relación entre los ojos y las palabras» como aquello que contribuía en grado sumo a «hacer la charla agradable». Aún más esencial era, lógicamente, lo que Guazzo llamaba «el aliento suave», es decir, el tono, la modulación, el volumen de la voz. Castigilione había atribuido a la voz una importancia enorme en la formación del cortesano, y Montaigne veía en ella el signo distintivo de la personalidad de un individuo; los tratadistas del siglo XVIII, sin embargo, solo tocaban de pasada el tema: aunque ratificaban la necesidad de una lengua sencilla, natural, sin afectación, los manuales de conversación se preocupaban muy poco de la voz y de sus capacidades expresivas, quizá porque las daban por supuestas. En cambio, la importancia de la educación de la voz y de su fuerza de sugestión no se le podía escapar a alguien que, como Méré, no tenía dudas sobre la naturaleza teatral de la representación mundana” (202, 417).

 

Crítica de Rousseau a la conversación como rito social

“El ataque más encarnizado contra la conversación será emprendido, diez años después de la publicación de las Considérations sur les moeurs de ce siècle, por Jean-Jacques Rousseau en la Nouvelle Héloïse: «Al principio uno queda encantado ante el saber y la sensatez que distinguen las charlas, no solo de los doctos y de los literatos, sino también de los hombres de todas las condiciones e incluso de las mujeres. El tono de la conversación es desenvuelto y natural, no es pesado ni frívolo; es culto sin pedantería, alegre sin estruendo, cortés sin afectación, galante sin necedad, bromista sin equívocos. No hay espacio para disertaciones ni para epigramas; se razona sin argumentar; se bromea sin juegos de palabras; se calibran con habilidad el ingenio y la razón, las máximas y las frases, la sátira atrevida, la adulación sagaz y la moral austera. Se habla de todo para que cada cual tenga algo que decir; no se profundiza en los argumentos por temor a aburrir, se los trata con rapidez, la precisión conduce a la elegancia; cada uno da su opinión y la explica en pocas palabras; nadie ataca con ardor la de los otros; se discute con ánimo de aclarar; se detienen antes de llegar a la disputa; todos se instruyen, todos se divierten, todos se marchan contentos, y hasta el sabio puede extraer de estos encuentros argumentos dignos de ser meditados en silencio». Solo se trataba de una primera impresión: brillante, elegante, aguda, abarcadora de todo, chistosa, seductora, la conversación mundana ocultaba, en efecto, tras su aparente perfección, el egoísmo, la vanidad, la impostura; expresión suprema del proceso de civilización de la vida social, no podía hallar indulgencia a los ojos de alguien que, como Rousseau, veía en el progreso de la civilización el origen de la corrupción humana. (…) /

(Rousseau compara a los que conversan en las obras de teatro con autómatas:) «Así, los hombres con los que se habla no son los mismos con los que se conversa; sus sentimientos no surgen de su corazón, sus luces no proceden de su intelecto, sus palabras no reflejan sus pensamientos; lo único que se recaba de ellos es su aspecto exterior, y cuando se les ve en una reunión, se tiene la impresión de estar ante esas figuras móviles cuyo espectador, por quieto que esté, es el único que se mueve por su cuenta»” (2020, 424-425).

Vanessa Bell. Conversación.

 

La conversación vira hacia el conocimiento en la Ilustración

“Con el advenimiento de la Ilustración, la naturaleza misma de la reflexión sobre la conversación cambió de signo: ya no concernía solamente a las preocupaciones estéticas de una élite de privilegiados, sino que se ocupaba de los problemas fundamentales de la nueva sociedad. La palabra esta ahora al servicio de la verdad, ya no solo de la diversión. En el debate dieciochesco, / «la conversación se concebía como una actividad de grupo que debía favorecer el progreso de la razón, ofreciendo un método de investigación abierto y atento a los mejores argumentos, y pensado para asegurar concretamente la cohesión social y para reforzar el interés por el bien público»” (2020, 425-426).

 

La conversación como lugar de la verdad: Diderot

“No es casual que Diderot diese a su obra filosófica más audaz, La rêve de D’Alembert (1769), la forma de una larga conversación, un diálogo a cuatro voces, dividido en cuatro tiempos, que ilustra una visión filosófica estrictamente mecanicista y materialista del hombre y del mundo. Como también es significativo que las conclusiones a las que se llegan en el diálogo no sean fruto de un esfuerzo especulativo individual, sino que se presenta como el resultado «necesario» de un intercambio entre varias voces, de una pluralidad de puntos de vista que se combinan y se potencia en una exploración filosófica común” (2020, 429).

Thomas Gainsborough. Conversación en el parque.


 

 


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