El teatro y la vida en comunidad. Un bello libro de Ruth Escudero / Víctor H. Palacios Cruz
* Imágenes cortesía de Carlos Mendoza C.
Acaba de
presentarse en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo el reciente
libro de la directora de teatro Ruth Escudero, El teatro como un espacio de
crianza. Bitácora de una directora (Lima, 2025). Un libro doblemente
hermoso por su factura exquisita y la plástica de su edición, así como por las
memorias y las reflexiones que contiene, referidas inmediatamente a una vida
entera ofrendada al arte teatral y más mediata, pero no menos clara e
irresistiblemente, a la existencia humana como algo que, parecidamente al teatro,
participa siempre de algo en común.
Comparto
con los lectores los comentarios que compartí con el público al presentar, y
con qué alegría, una publicación que concierne no solo a directores,
productores, actores y artistas relacionado con el teatro, sino también a
cualquier lector interesado en asomarse a la creación artística colectiva como a
una imagen de la convivencia humana en general.
Autobiografía
de la autora
Ruth
empieza por el inicio de los inicios en su larga relación con las tablas. La
actuación escolar de una niña activa y entusiasta, en un colegio limeño a
inicios de los años 50: “ahí estaba: era la niña San Martín declarando la
independencia nacional” (2025, 27). En la segunda mitad de los 60, tiempo
después, fue la secretaria del TUC (teatro de la PUCP), por entonces a cargo
del actor, director y estrella de la televisión, Ricardo Blume. Hacia 1968, una
beca le permitió salir del país para integrarse a un elenco teatral en Madrid.
La experiencia, que duró un año, fue determinante y clarificadora: Al volver a
Lima, “quedaba claro que dejaba Madrid, pero permanecía en el teatro” (2025,
41).
Ya en el
despliegue de su vida actoral, en los años 70, Ruth se involucra en proyectos
teatrales con temática social y se relaciona con una organización juvenil del
distrito de El Agustino. Aquella época, dice, “marcó una etapa de crecimiento
personal. Fue el vínculo con los jóvenes del lugar lo que me hizo crecer como
persona”. Y agrega emotivamente: “Aprendí de sus luchas por conseguir un
espacio donde habitar, de su situación familiar y laboral, de las dificultades
para sobrevivir con las que tantos ciudadanos se enfrentan en su vida diaria”
(2025, 50-51).
En 1974, se
dedicó al teatro para niño dentro del recién fundado Teatro Nacional popular”.
Y en 1978, fundó, junto a otros compañeros, el recordado grupo Quinta Rueda con
el cual dio sus primeros pasos como directora. Al respecto, Ruth cuenta algo
extraordinario y significativo acerca de su visión del teatro:
“Montamos la
obra Alpha Beta, de E. A. Whitehead, “que retrata el declive y la caída
de un matrimonio en un lapso de nueve años”. La escenografía utilizaba listones
de madera “a modo de paredes, tal vez simbolizando la debilidad de la relación
de pareja. «Yo había visto esa obra en México, y lo que me ha pasado con tu
montaje es que abrió la comprensión del texto», me dijo Ricardo Blume después
de verla en una de sus visitas a Lima. Esa observación determinó mi camino”
(2025, 57-58).
Como
reconoce en la espléndida escritura de su libro, fue desde la posición de
directora que ella pudo al fin sentirse “frente a la obra completa: el texto,
el espacio escénico, los personajes, el montaje, la búsqueda de una propuesta
visual” (2025, 59). Descubrió entonces una relación más amplia y profunda con
la puesta en escena y con el grupo humano dirigido. De manera impremeditada
cayó en la cuanto que “esa responsabilidad debía ser compartida en comunidad” y
que las “verdades del texto” aparecen plenamente solo “en el contacto con el
público” (2025, 59).
![]() |
| La actriz María Angélica Vega. |
Por
supuesto, no eran tiempos favorables a la dirección teatral a cargo de mujeres.
El recelo masculino era evidente, cuenta Ruth. Los tiempos han cambiado, por
fortuna, pero por aquellos tiempos, habían pocas directoras: Además de ella, Alicia
Saco y Sara Joffré.
En 1990 ocurre
algo decisivo que dio un nuevo y definitivo impulso a la comprensión del teatro
y de la dirección teatral. Su en el Théâtre du Soleil, bajo la dirección de
Ariane Mnouchkine. Aquella experiencia, escribe Ruth, “cambió totalmente mi
manera de acercarme a la dirección escénica”. Y añade poéticamente: “Allí
entendí corporalmente lo visual, el papel de la música, la belleza de la verdad
y la luz, la ritualidad del teatro. Cada día que estuve me vi sacudida por la
grandeza de la composición que se creaba en escena” (2025, 93).
Una descripción
anecdótica cobra interés entonces: “Quien entraba a la sala de ensayos debía
quitarse los zapatos. Simbólicamente, dejaba fuera la vida personal para
ingresar a un espacio en el que se llevaba a cabo una tarea conjunta. La
comunicación en la sala era en voz muy baja. Cuando los actores entraban,
iniciaban su preparación: un calentamiento-concentración-transformación que les
tomaba alrededor de una hora y media” (2025, 99).
Luego, de
vuelta de nuevo al país, cerró su etapa en Quinta Rueda en 1993 con la
dirección de Escorpiones mirando al cielo, de César de María. “La
presentamos mucho tiempo, con temporadas en varios teatros en Lima, con
invitaciones al Festival de las Artes de Costa Rica y al Festival Internacional
de Teatro de La Habana” (2025, 72).
El respaldo
de su trayectoria la llevó a hacerse cargo de la dirección del Teatro Nacional
desde 1995 hasta 2001, una etapa con sus logros y sus sinsabores relacionados
con el escaso apoyo del Estado y la dificultad para encontrar financiación a
todos los proyectos que ella intentó impulsar. Muy por encima de esas graves limitaciones,
que la llevaron a renunciar sin remedio, descubrió al mismo tiempo numerosos y
diversos talentos alrededor y al servicio de la creación teatral.
Los
maestros de Ruth Escudero
Ruth Escudero
enumera los referentes más importantes en su relación con el teatro y en su
comprensión de esta disciplina como una realidad dotada de distintas facetas y
tan conmovedoramente sujeta a la aportación de todas las partes implicadas.
En primer
lugar, Ricardo Blume, quien “nos enseñó la ética y el sentido místico del
teatro, la creencia en ese arte sagrado. No lo decía; lo mostraba en su
quehacer” (2025, 91). En segundo, la figura extraordinaria de la también
directora de cine Ariane Mnouchkine, una mujer “a veces dura con sus actores y
sumamente exigente en los ensayos, pero que siempre supo diferenciar el vínculo
profesional de la relación personal. Más allá de los ensayos, su cariño por
cada actor se percibía en su mirada, enormemente expresiva, y en las relaciones
de profundo respeto y amor entre los actores y ella” (2025, 102).
Una
influencia que el lector no calcula conforme avanza el texto de Ruth, es la de
la “crianza andina” como un modelo de convivencia y de creación artística. Una
cita de Eduardo Grillo, estudioso del mundo campesino en el Perú y autor de Caminos
andinos de siempre (1996) surge luminosa y aprovechable también para otras actividades:
«En este mundo andino de simbiosis cada quien sabe que es incompleto y que
necesita de todos para ser quien es. Este sentimiento de pertenencia al mundo
que criamos y que nos cría es la vivencia de lo comunitario» (2025, 107).
Precisamente
en 1995 asistió a un curso del Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas
(PRATEC) sobre cultura andina. “En este espacio, viví de forma intensa la
experiencia humana de la crianza y una filosofía de lo que significaba la vida
andina”. En contra de las tendencias individualistas y de una compartimentada
división del trabajo de ciertos modelos de vida occidentales, Ruth descubrió “la
armonía que surge de la mutualidad, el respeto, el aprendizaje compartido, la
confianza en los otros, la ritualidad cotidiana y la ausencia de jerarquías en
las relaciones comunitarias, donde cada quien cumple su papel”. En definitiva,
una visión que “iluminó mi labor como directora: la tarea de reunir los aportes
que surgen de todos y de hilar cada elemento con el conjunto, en esa pequeña
comunidad que nace dentro del equipo” (2025, 107).
Una visión
holística a la que se sumó la comprensión de que “el más puro razonar va
acompañado siempre de una emoción”, tomada del investigador chileno Humberto
Maturana” (2025, 108-109).
Sin duda,
las fuentes más variadas para un aprendizaje, contrastado pero también alentado
por la propia experiencia y la práctica desde todos los espacios del teatro (actuación,
dirección, gestión, etc.); pero sobre todo para una ética y una visión de la
vida en la que la pretensión individual de destacar, el dominio autoritario de
la razón solitaria y toda clase de verticalidad ponen en peligro una realidad
que, tanto sobre el escenario como fuera de él, está hecha de todos y atañe a
todos. Un orden, como el de la convivencia, en el que jamás ni el conocimiento
ni el desarrollo ni la creación discurren de manera lineal ni unilateral, sino
que tienen, por el contrario, un fundamento diverso, plural y vivo al mismo
tiempo.
![]() |
| Ariane Knouchkine. |
La concepción
del arte de dirigir
En
coherencia con lo reunido en su camino, Ruth cuenta que fue encontrando una
manera de dirigir que permitiera “al actor hacerse cargo de su tarea de creador
en un ambiente de crianza y no de imposición, siempre y cuando acepte y
quiera asumir su responsabilidad. He encontrado que no todos los actores lo
aceptan. Quizá les resulta cómodo hacer solo lo que se les indica” (2025, 113).
El director,
continúa Ruth, debe poner y cuidar “el espacio de libertad para que cada uno
pueda entregarse a la creación”. En el teatro, no se trata “de instruir ni de
cumplir un plan predeterminado, ni de enseñar a actuar”, sino más bien de hacer
surgir “un espacio de creación conjunta, con el respeto a cada uno como un
legítimo otro en la convivencia, y de crear, como pequeña comunidad, el
mundo en el que queremos vivir” (2025, 118).
Un ejemplo
que ella menciona resulta poderosamente ilustrativo en este sentido: “Una
estudiante me preguntó alguna vez cómo lograr que un actor haga lo que ella
quiere. (…) La dictadura de los directores será siempre un tema polémico”. El
director de teatro no dicta ni utiliza a los actores y sus medios como materia que
se moldea de acuerdo con una intención preexistente, mental y solitaria. El director,
subraya Ruth de manera central, no es un “dictador” sino un “criador de
la obra, considerando la crianza como un acto de transformación mutua y
–dado que somos adultos– de reflexión compartida” (2025, 123).
Las conclusiones
de Ruth Escudero no podrían ser más pertinentes para mis clases filosóficas en
que, entre otras cosas, las ideas deben ser descubiertas como producto de la
vivencia del aula y, sobre todo, como consecuencia de la contribución de la mirada
y la palabra de los alumnos. Tiene poco valor el conocimiento previamente obtenido
y simplemente transmitido. Por muy lejos que este llegue, contado en el aula no
funciona ni crea un aprendizaje genuinamente filosófico (reflexivo y emocional)
si es simplemente expuesto o declarado, en lugar de ser conquistado en la
construcción colectiva que es siempre el pensamiento. Al filosofar miramos el
mundo y queremos entenderlo. Un mundo compartido que otros miran y que,
incluso, como diría Hannah Arendt, nos parece real justamente porque otros lo
miran como yo.
Así
también, la vida comunitaria y la marcha del bien común, incluyendo el
ejercicio de la política, depende no de líderes o caudillos que surgen para señalarnos
un rumbo, sino de consensos y de una participación permanente que presupone
sensibilidad y capacidad de compromiso de todos por igual. Una ciudad, un país,
es una obra en conjunto que nos necesita a todos, y no la plasmación de un plan
trazado en una pantalla, una oficina o una mente que, por lúcida y genial que
sea, será siempre despótica si no piensa la realidad junto a otros. Junto a
todos aquellos que son también la realidad.
Acotaciones
para los actores
Una parte
preciosa del libro, exquisitamente diferenciada en su diagramación del resto
del libro, es un conjunto de indicaciones o recomendaciones –diálogos con el
actor, se diría– que Ruth escribe con una prosa que resulta literaria en un
sentido nada artificioso. Su estilo, cálido e íntimo, tiene esa naturalidad que
proviene tanto de la educación que uno puede darse a sí mismo con sus lecturas,
como de la honestidad y la pasión de una dedicación que ha sido larga, pero
sobre todo sabia y vocacional.
Un libro,
el de Ruth en suma, que entrega al lector no solo unas ideas y unos recuerdos,
sino una vida misma. Una existencia que ha generado, en el teatro y la cultura del país, tanta vida alrededor.
Selecciono
unos pocos textos, a modo de provocación:
“Actuar es
encontrarte a ti mismo y al otro en el espacio escénico. Es encarnar conductas
en las que quizá jamás hayas pensado y aprender, de manera colectiva, una
posible manera de ser en el mundo” (2025, 13).
“No lances
los textos. Disfrútalos, mastícalos como si fueran el mejor chocolate. (…) Usa
los textos. Que salgan de tu cuerpo, no solo de tu boca” (2025, 14).
El reto de
actuar “implica entregarse, confiar, dejar que el montaje surja trabajando
juntos, criando la obra juntos, para lograr personajes con densidad”
(2025, 15).
“El
personaje no nace de la cabeza del actor ni de la elección de los actores o de
la directora: se crea en las relaciones, en cada instante del ensayo, sin fijar
nada antes ni calificar ni determinar «cómo es». El personaje está siendo
en cada momento. Cambia continuamente” (2025, 221).
Fuente: Escudero,
Ruth (2025) El teatro como un espacio de crianza. Bitácora de una directora.
Lima: Meier Ramírez.





.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario