“Anatomía del Silencio”. El arte valiente, confesional y solidario de Maywa Sisi / Víctor H. Palacios Cruz
* Fotografías de César Zamalloa.
Hace
poco en Lima asistí a la inauguración de esta muestra artística en una galería
del Centro Cultural Peruano-Japonés, en el distrito de Jesús María. De
inmediato quedé cautivado por la propuesta de la artista plástica Maywa Sisi,
que planteaba una estrategia de representación profundamente congruente con el
contenido que representaba. El relato de un dolor personal en el entorno de la
vida familiar.
Quedé
conmovido por la valentía de su obra. El coraje de una sinceridad que no tenía
en absoluto ni el tono de una exhibición que se limita a exponer, como diría
Constantino Carvallo, “el protoplasma que burbujea bajo la cáscara social”
(2011, 31), ni tampoco el regodeo en las penas que acaba en una performance
individual más que en una creación que interese a los demás. Por el contrario, parecía el despliegue de una larga introspección que tenía la virtud de implicar a los espectadores en el curso de sus pensamientos. Una confesión más cercana al susurro que a la estridencia.
Al recorrer la galería fue inevitable advertir las superficies de cartón sobre las cuales –por
medio de carbón, acuarela y cera de vela derretida– la artista trazaba momentos
de soledad y búsqueda, pero sobre todo escenas de dolencia en su madre y su abuela
en circunstancias de postración, silencio y ciudado físico. Un cuidado que,
al mismo tiempo que reivindicado, parecía ser objeto de un sentido cuestionamiento por
su imposibilidad para curar o curar del todo a quien se ama.
Más
allá de la compasión, noté ternura. Una ternura que, en el mismo gesto
de manifestarse sobre el cartón, interpelaba a todos los que la contemplábamos,
volviéndonos sobre nuestra propia fragilidad corporal y recordándonos –en nuestra
era de sobreproducción y sobreexposición, y de una insoportable tiranía del
éxito, la belleza y el poder– que estamos hechos de algo que está continuamente abierto
al deterioro o a la invasión dañina, pero que es también capaz de dar alivio,
de transmitir acompañamiento y afecto aun dentro de sus límites. Cuerpos
imperfectos, pero también cuerpos unidos y solidarios.
No
es extraño, por ello, que las manos tengan protagonismo en “Anatomía del
silencio”. Un dibujo de ellas nos recuerda al Da Vinci de los largos, numerosos
y meticulosos preparativos para cada una de las pocas pinturas que el
florentino llegó a terminar. Manos que, en nuestra milagrosa biología, se
hallan dotadas de una multiplicidad funcional fascinante y que pueden decir de
nosotros más que nuestras propias caras. “La mano es la ventana de la mente”,
dice Kant (Sennet, 2017, 185).
Manos
aptas para manejar herramientas con movimientos enérgicos y repetitivos, así
como para moldear una masa e imponerle la obediencia a una intención o a un capricho
mental. Manos capaces de modular gestos groseros o agresivos, y hasta de perpetrar
abusos execrables. Pero, también, manos que pueden ser amables, que pueden dar
caricias, que pueden iniciar la luminosa intimidad del amor, pero que también
pueden dar a un niño el consuelo que va atenuando lentamente el dolor de un
golpe o una caída. Manos que, asimismo, pueden trazar signos, transmitir ideas
y contar historias. Y decirlas por medio de sonidos, imágenes y objetos. Manos
que bailan, que saludan, que despiden.
Desde
luego, la elección de los materiales por parte de Maywa Sisi es significativa.
Como dice interesantemente Nuria Cano, curadora de la muestra, el cartón habla de
la fragilidad que se relata favoreciendo la expresión de las “emociones no
resueltas” que el cuerpo lleva consigo en su camino y que la artista captura en
composiciones que son, del mismo modo, un ejercicio de memoria personal.
Memoria de migración y sobrevivencia.
Por
mi parte, creo también que, al sustituir otros medios más tradicionales en la
pintura (madera, papel, lienzo, etc.), el cartón reactiva la atención del
observador y al restablecer la relación visual nos toca más vivamente. Su propia
reconocible cotidianidad nos envuelve integrándonos todavía más en el conjunto de la propuesta. Una textura más áspera y por ello menos abstracta para el
tacto. Cartones que no ocultan, detrás, la marca comercial de su procedencia, así como recuerdan por igual las cajas de una mudanza. Por ejemplo, la mudanza de quienes dejan sus
lugares de origen para buscar algo o para huir o para las dos cosas a la vez. La mudanza que,
en rigor, todos efectuamos al migrar de una vida a otra, de una etapa a otra o
de unas relaciones a otras, llevándonos de lo que dejamos atrás recuerdos que a
menudo se agrietan o desmoronan. O que se transforman por dentro.
Una
sensación viva que se acrecienta cuando sabemos que sobre
el cartón se ha utilizado tan intencionadamente la cera derretida. Materia
blanca y pasajera de velas que se introducen en picos de botellas o se pegan sobre
tapas de plástico para alumbrar, con su luz movida por la más suave corriente
de aire, las muchas noches familiares de soledad, aburrimiento y tristeza, pero
también de vínculo y cariño que muchos llevamos en las entrañas. Tan nuestras,
además.
La
pericia del dibujo de Maywa Sisi y esos volúmenes corporales acentuados,
dramáticos y a menudo fragmentarios, logra involucrarnos en su calculado inacabamiento y convierte la
mirada en el imperceptible comienzo de una experiencia altamente emocional. No
es solo empatía o condolencia, o peor aún una simple pena lo que “Anatomía del
silencio” busca causar. Es sin duda algo más. Una vuelta hacia uno mismo. Como
dice Jesús Navarro R., al contar Michel de Montaigne en Los ensayos “los
hechos de Catón, César, Atahualpa o de algún campesino de su pueblo” más que
los hechos de sí mismo, en realidad el lector entra en contacto con el autor y conoce no
tanto a los personajes de que habla sino al propio “sujeto que los cuenta”
(2007, 248).
Entonces,
como pude decirle a la propia Maywa Sisi durante la inauguración de la muestra,
mirando sus obras que recogen una existencia que es de ella y de nadie más, uno
termina, sin embargo, pensando en su propia biografía personal y familiar. Nos conocemos mejor en el espejo de los otros. En
mi caso lo que veía alrededor, con sus
protagonistas exclusiva y dolorosamente femeninas, me llevaba a admitir cómo un
déficit más grave que la enfermedad –la visión nociva y empobrecedora del
machismo infiltrado en la crianza doméstica–, nos ha apartado a tantos varones
del deber de dedicarnos a quien lo necesita en casa (niños pequeños, ancianos o
parientes enfermos).
Como
explico en mis clases, el machismo tiene muchas víctimas, definitivamente. Pero
la primera de ellas es el chico o adolescente a quien se le conceden privilegios
que en realidad son despojos, al absolverlo de tareas domésticas y de asistencia
al otro arruinando su maduración personal al negarle la exigencia de atención a
otra persona e impedir, con ello, el aprendizaje de aptitudes de orden práctico
y afectivo indispensables para la relación con uno mismo y con los demás. Sin
duda, el machismo no empodera al varón. Lo mutila. Y los que llegamos a
advertirlo nos pasamos el resto de la vida intentando deshacernos de esas barreras
y distorsiones y, cuando creemos haber barrido todo al fin, vuelve a aparecer,
como un polvo inagotable y maligno, una suciedad que determinadas situaciones van
dejando a la vista en inesperados rincones.
El
arte de Maywa Sisi logra, en conclusión, volver indisociables, por un lado, la
excelencia plástica, con un dominio maravilloso del dibujo y la técnica que
evita, sin embargo, cualquier clase de virtuosismo innecesario; y,
por otro, el testimonio personal, el mensaje social y la reflexión personal.
Dos clases de contenido que en tantas otras exposiciones parecen yuxtapuestas o
afectadas por el artificio de su conexión más discursiva que verificable.
Pienso que una obra de arte –musical, literaria, pictórica o teatral– debe
bastarse a sí misma y no buscar en ningún soporte textual su sentido o su justificación.
Cada pieza de “Anatomía del silencio” es autónoma y unitaria, aun cuando
incluya, en algún caso y como parte de su propio lenguaje, el añadido de trozos
de papel con escrituras que tienen más de plástica que de literatura.
Como
le contaba a Nuria Cano, curadora de la muestra –artista por sí misma, aún más admirable
por prolongar su trabajo creativo a través de su contribución a la visibilidad
de la obra de sus colegas–, si yo diera clases en Lima llevaría a mis
estudiantes a esta galería para mirar cada cartón con detenimiento, una y otra
vez, sin ponerle tiempo al recorrido.
Estoy seguro de que, al hablar después, sus testimonios darían fe del enorme atractivo artístico y la profunda humanidad que respira un trabajo que, como el de Maywa Sisi, no solo nos deja lo que esperamos siempre del arte: un encuentro que enriquezca la inteligencia y los sentidos, sino que también logra ese prodigio cada vez más importante en nuestra cultura hipertecnológica, que es el acto de reunirnos. Reunirnos físicamente, pero sobre todo como espectadores que en el mismo espacio redescubren al prójimo y se redescubren a sí mismos, reconociéndose en aquello de que estamos hechos todos: nuestros vínculos y nuestros dolores callados.
Con
el consentimiento de la artista, reproduzco aquí este poema que acompaña
“Anatomía del silencio”, una muestra de muy recomendable visita para todos.
“Mamá,
hubiera
querido estudiar medicina.
Hubiera
querido saber el idioma exacto del cuerpo,
tener
en mis manos la ciencia
para
aliviar tus males.
Pero
no supe.
No
aprendí a curar.
No
aprendí a detener el dolor
cuando
llega sin permiso
y
se instala.
Hoy
solo puedo hacer esto:
reposar
mis manos en tu espalda,
como
quien intenta sostener el mundo
un
instante más.
A
veces pienso
que
mis manos son torpes,
que
no alcanzan,
que
no salvan.
Pero
se quedan.
Y
en esa permanencia
hay
una forma pequeña de amor,
una
sutura invisible,
un
descanso breve
robado
a la herida.
Perdóname
por
no poder arrancarte el dolor.
Solo
puedo acompañarlo,
solo
puedo cargarte en mi cuerpo,
solo
puedo convertir tu tristeza
en
imagen,
en
memoria,
en
esta necesidad de sanar
aunque
sea mirando.
Mamá,
no
soy médica.
Pero
estoy aquí.
Y
mis manos,
aunque
no curen,
aprendieron
a quedarse.”







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