Willie Colón en un relato de taxistas. Extracto de “El polvo de las sandalias” / Víctor H. Palacios Cruz

 


Como cuento en mis clases, la filosofía –que se inventó y ejerció en las colonias griegas antes de que llegara al Peloponeso para dar allí sus mayores frutos– fue hija del mar, la migración y el viaje. Del intercambio y la diversidad. Verdaderamente no ha existido nunca en ningún lado una invención cultural que responda a lo contrario, es decir, a esa ficción que en realidad es la pureza de la sangre o del espíritu. En ese sentido, quizá ninguna creación artística tiene, como la salsa, un nombre que refleje con una elocuencia visual inigualable la gran mezcla cultural que tienen sus raíces. En el capítulo “Retablo de taxistas” de mi libro El polvo de las sandalias (Piura, 2014) incluí esta crónica –rigurosamente fidedigna, créanme– en la que “suena” la música del recientemente fallecido Willie Colón (1950-2026). La comparto aquí como un acto de gratitud a uno de los más notables creadores e intérpretes de este género que se concibió en las esquinas neoyorquinas que cruzaban a cada instante los sonidos antillanos, el jazz, el rock y hasta la música clásica. Gracias, Willie, por darle ritmo y belleza a tanta felicidad pasada, presente y todavía futura.

 

Gredos es la editorial más prestigiosa en la traducción de autores griegos y latinos. Pero sus ediciones suelen ser caras para el bolsillo de un humanista aficionado. Una tarde, en una feria del libro en Trujillo, descubrí la existencia de una distribuidora limeña que tenía en su catálogo versiones más accesibles –encuadernado y papel rústicos– que mantenían la integridad de la obra original. Hice algunas compras que me entusiasmaron, pero dejé para una futura ocasión La guerra del Peloponeso de Tucídides y algunos volúmenes de la Historia natural de Plinio, con la tranquilidad de haber anotado la dirección electrónica de la empresa.

Un mes antes de mi próximo viaje, escribí un correo para hacer la consulta sobre estos títulos. Respondieron pronto y afirmativamente, agregando la ubicación de su sede principal en el distrito de Chorrillos y su horario de atención. Pocos días antes de tomar el bus para la capital, volví a escribirles contándoles que llegaría el sábado siguiente. Contestaron en seguida recordándome sus horas de trabajo.

Apenas me instalé en mi hotel, una calurosa mañana de verano, dispuse mis cosas apresuradamente para poder acudir en seguida a esta distribuidora. La posesión de esos tesoros ya electrizaba las manos. Llegué a la calle y al número indicados. Quedé sorprendido. No veía más que una enorme puerta cerrada sin letrero visible alguno. Llamé al teléfono celular que había anotado en un papel. No hubo respuesta. Caminé hacia la esquina, crucé el pavimento, volví sobre la puerta. No había duda, no estaba equivocado. Toqué sonoramente. Luego de una quinta vez, una señora que no tenía la menor apariencia bibliófila abrió una ventana minúscula. “Los empleados no están y abren el lunes”. La respuesta me impacientó. Le dije –admito que con estruendo– que venía desde muy lejos, que me había comunicado con antelación, que el taxi me había costado una fortuna y que no podían cometer el desaire de dejarme en la calle sin una buena excusa.



Inmune a mi desolación, la mujer buscó mecánicamente una hoja con el membrete de la empresa donde aparecían otros dígitos telefónicos. Volví a marcar en mi celular. Por fin alguien al otro lado de la señal. Vociferé mi protesta. Quien contestaba me explicó que no atendían los sábados; repliqué que en mis correos había subrayado que vendría hoy y que debían haber tenido la delicadeza de hacerme la debida aclaración, ya que había comprado los costosos pasajes de bus y pagado mi hotel en función de esta mañana por la que había esperado tanto. “Lo siento, señor. Siempre que respondemos e-mails colocamos, bajo la firma, nuestro horario de…”. Corté bruscamente, no quise escuchar más. Cometí la descortesía de no agradecer a la señora que me había dejado entrar sin tener la obligación de hacerlo.

Afuera, el sol afiebraba la avenida atizando mi furor. Esperé un taxi. No llegaba ninguno, mientras sobre el carril opuesto pasaban unidades disponibles. Crucé la doble vía para capturar uno de esos taxis que casualmente, a partir de ese instante, dejaron de pasar. Gruñí escupiendo un improperio como si mi mala suerte tuviese un rostro cercano. Caminé hacia un óvalo y crucé oblicuamente el asfalto, transgrediendo catorce reglas de tránsito. Las caras alrededor empezaban a parecerme aterradoras y amenazantes como los personajes de un cuadro de El Bosco.

Vi un auto estacionado bajo un semáforo, corrí, abrí la puerta sin preguntar nada y me senté sintiéndome al fin a salvo de ese vecindario infame. Dije al piloto adónde quería ir y cuánto iba a pagarle. Cuando noté su figura, el vehículo rodaba indetenible. Era un cuarentón de cabellos sucios y revueltos, cicatriz en la frente, tez oscura, ojos rojizos, camisa entreabierta y un silencio que insinuaba el sigilo de un atacante que espera. Mi temperatura se precipitó al verme en peligro. Pensé escapar bajando en el próximo semáforo.



De repente, en una tregua de mis cavilaciones, me percaté del sonido que llenaba el interior. Se avecinaba la celestial intervención de unos violines en la canción “Periódico de ayer” del recordado Héctor Lavoe. Reconocí los arreglos del incomparable Willie Colón y volví sobre la cara del taxista: “Vaya, amigo, qué buen gusto el suyo”, le dije con el propósito de crear un clima a mi favor. “¿Le gusta la salsa?”, preguntó con una voz grave que se filtraba entre el bullicio de la máquina y la cadencia de la música. Y, sin saberlo, fuimos entablando poco a poco una trepidante y apasionada conversación sobre célebres orquestas, viejos cantantes, obras memorables y las giras de los más famosos salseros del continente americano.

Mi contertulio resultó tener un dominio erudito y una memoria ordenada sobre la materia que tratábamos. Aquel a quien mis prejuicios habían cubierto de incontrovertibles acusaciones, devino un especialista y un ser dotado de una sensibilidad exquisita, con quien me documentaba sobre el pasado del género y su huella en el Perú. “¡Cómo se echan de menos esos grandes conjuntos que, ante todo, sabían respetar el oído! ¡Aquella voz de Joe Arroyo! ¡Las letras de Rubén Blades! ¡El Gran Combo de Puerto Rico!”, comenté aparatosamente para estar a la altura de mi taxista ilustrado.

A pocos minutos de llegar a mi destino, otra librería de la capital donde planeaba resarcirme de mi fracaso esa mañana, le dije: “cuando era pequeño solo gustaba del rock, pero un día en la radio descubrí una pieza de Oscar De León llamada ‘Calculadora’, y me quedé asombrado siguiendo cada detalle de la percusión, los vientos y las cuerdas. ¿Recuerda usted la letra?” Mi infalible capitán contestó: “Ah, por supuesto…” Y juntos tarareamos: “Dos y dos son cuatro / cuatro y dos son seis / seis y dos son ocho / ¡y ocho dieciséis!”, evocando el inconfundible coro nasal que solía acompañar al maestro venezolano.



Éramos dos simples mortales que poco antes sufríamos la dureza de la jornada o el pánico de la inseguridad y ahora cantábamos dichosos en los asientos de un carro en el que solo faltaban micrófonos, maracas y trombones. Me despedí con gratitud de aquel melómano, cuyo gesto de despedida espiritualizó de arriba abajo su turbia apariencia, mientras mis pies sobre la vereda amagaban unos pasos de baile.

Aquella tarde, aspirando el olor del papel de mis nuevas adquisiciones, revisé mi correo electrónico, releí el último mensaje de la Distribuidora de Libros y encontré bajo la firma una inobjetable indicación: “Horario de atención: de diez de la mañana a siete de la noche, de lunes a viernes. No atendemos los sábados”.



 

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