Cuando sea grande quiero ser como mis hijitos pequeños (Juegos y diferencias entre mis niños). / Víctor H. Palacios Cruz

Benjamín y Patricio, verano 2026.

 

Benjamín, de seis años, dice que las cubiertas de muchas viviendas en ciertas ciudades del norte de Europa, tal como vemos en la imagen de un libro, son altas y apuntadas “para que la nieve que cae pueda resbalar fácilmente y no se amontone sobre el techo, porque si no lo hunde”.

Patricio, de cuatro años, se puso a ayudar a un vendedor de verduras empujando unas jabas repletas de pepinillos, exactamente detrás de mí mientras yo terminaba de pagar una pechuga de pollo y una plancha de treinta huevos. Al voltear para asegurarme de que estuviera bien, de pronto lo vi correr hacia mí blandiendo en lo alto un pepinillo grande y fresco gritando: “¡Papá, me han pagado mi trabajo!” La familia entera de aquel puesto del mercado me saludaba a lo lejos sonriendo enternecida.

Benjamín es espigado y de rostro alargado; Patricio, corpulento y de rostro redondo. El primero es más cauteloso y gradual en sus movimientos; el segundo, más ágil y avezado. En algún momento, cuando caminamos o disfrutamos de un parque o de un patio de juegos, Patricio es el primero en trepar, saltar o balancearse, y Benjamín, más animado por el ejemplo de su hermano que en competencia con él, lo secunda y trata de hacer lo mismo.

Ambos disfrutan de la música que pongo en casa para mí o para ellos o ambas cosas muchas veces. Juntos se reparten los instrumentos invisibles de una banda de rock o una orquesta sinfónica. Mi hijito menor prefiere la guitarra eléctrica, el mayor el teclado o la batería. Y tocan como Jimmy Page o Jeff Porcaro o tantos más.

P. Brueghel. Fragmento de Juegos de niños (1560).


Ambos bailan, pero bailan diferente. Patricio imita pasos y gestos del Michael Jackson de “Beat It” y “Thriller” con la seriedad y el apasionamiento que hace las delicias de sus abuelos o de quienes lo ven donde quiera que baile. Hay en su cuerpo una energía y un control que me hacen suspirar por una buena academia de danza para niños.

Una noche, por el contrario, mientras los dos jugaban con otros niños más grandes corriendo entre las butacas de un teatro a la espera de una función de El Mago de Oz, de pronto, apenas sonó una versión instrumental de la dulce “Over The Rainbow” que cantaba la inolvidable Judy Garland, Benjamín se detuvo en seco. Dejó de correr. Yo lo vi a cierta distancia mientras charlaba con la mamá de los otros niños. Y lo vi cerrar los ojos y empezar a levantar armoniosamente sus brazos (primero uno y luego otro), a dar suaves saltos para un lado y para el otro, y a hacer giros que evitaban la velocidad para sugerir una sensación más bien lírica y espiritual. Imaginé a Benjamín sobre el escenario emulando el grandioso arte de Rudolf Nureyev.

Una tarde les puse una pieza de The Alan Parsons Project llamada “The Cask of Amontillado”, parte de un álbum dedicado a Edgar Allan Poe de hace medio siglo. La música empieza de modo suave y melancólico, apenas una voz y un piano. Después de unos versos, una parte media surge con una melodía de corte clásico en que se escuchan un coro y una instrumentación mayor; y finalmente estalla una orquesta completa dirigida por una sección de trompetas y trombones con un ímpetu épico y dramático a la vez. Y después, todo vuelve a empezar.

Paul Michel Dupuy, Le parc Monceau a Paris.


Atesoro la grabación de mis dos hijos pequeños bailando esa pieza cada cual a su estilo –Patricio haciendo giros sobre el suelo, Benjamín trazando círculos alrededor–, pero juntos, mientras poco a poco iba surgiendo una coreografía totalmente improvisada que, siguiendo la evolución de la música, fue llevando a los dos hacia la ejecución final en que sus dos cuerpos formaron una sola figura. Una especie de centauro que abría los brazos apuntando hacia un público imaginario o hacia el cielo tal vez.

Con el paso de los días, los dos pelean cada vez menos y hacen cada vez más cosas juntos. Si se trata del mismo juego, reparten sus roles y se atienen a unas reglas. Si solo coinciden en el mismo espacio, cada cual juega distinto, construye distinto o dibuja distinto, pero juntos.

Los dos usan bloques de Lego y sus diseños difieren notablemente. En Benjamín veo elaboraciones que buscan un propósito definido (vehículos terrestres, marítimos o aéreos, edificios, ciudades o mecanismos) y cada parte colocada tiene una función que él disfruta describir. La Torre Eiffel, el dirigible Hindenburg, el rascacielos Chrysler, la fortaleza de Kuélap, un parque y un hotel, una torre con un restaurante en cuya parte superior papá se sienta a tomar su café, son solo algunos de sus proyectos. En Patricio, en cambio, veo la ocurrencia como vector principal de su arquitectura, y en sus resultados más asimétricos e irregulares advierto el infinito deleite que experimenta un alma creadora con las formas puras sustraídas a la servidumbre de cualquier utilidad. La celebración del diseño libre y feliz, con trabajos a veces en miniatura primorosos y dignos de colección.

Hace poco el profesor de dibujo y pintura de los dos me dijo que Benjamín parecía seguir un patrón y tenía un procedimiento estructurado. Patricio, por el contrario, prefiere descubrir, explorar y aventurar trazos y colores y de forma tan resuelta y feliz.

Fernando Botero, Niña con juguetes.


Mi hijito menor gusta del chocolate, y el mayor lo rechaza. Pero en los últimos días, Benjamín ha empezado a convivir con la presencia, por ejemplo, de chispas de chocolate en un muffin sacándolas cuidadosamente para obsequiárselas a su hermano. Ya no protesta ni reniega como antes, y yo me pregunto si la razón de ello es la natural maduración de su carácter o una suerte de “resonancia” diría el alemán Hartmut Rosa, filósofo y sociólogo– en que la visión cotidiana de Patricio regocijándose le ha llevado al fin a añadir tolerancia a su divorcio con el chocolate.

Patricio me sorprende con sus bromas y chascarrillos. He escuchado a su hermano reírse estruendosamente con lo que dice o hace, y alguna vez me ha parecido que Benjamín ha empezado a imitar a Patricio. Por ejemplo, una mañana temprano en que coincidimos él y yo en el baño y vimos a Patito a quien llamamos a veces Shaushú por una vieja anécdota que otro día contaré abrir la puerta y aparecer somnoliento y despeinado. De pronto, Benjamín gritó cariñoso y exultante, imitando a papá, “¡¡Mi Shau!! ¡¡Mi Shau!!” Y lo abrazó fuertemente riéndose, y Patito le siguió la corriente y correspondió a ese abrazo saltando y riéndose todavía más. Y vi que eran, por unos instantes, una sola persona hecha de dos partes tan desiguales. Pero una sola en realidad. Decía el cantante argentino Atahualpa Yupanqui que “un amigo es uno mismo con otra piel”.

Luego de una de nuestras gloriosas caminatas “ruta libre”, como solemos llamarlas ellos y yo, llegamos a casa exhaustos y transpirados. Nos organizamos y luego de ducharlos se quedaron los dos solos –así me lo pidieron– remojándose bajo el agua abundante en este verano infame y vil. Cuando volví al minuto, descubrí algo. Los había dejado con agua atemperada, pero Patricio cerraba o reabría la llave de agua caliente, mientras Benjamín simulaba un fastidio más bien cómplice con el cambio de temperatura en el agua. Ambos se divertían con la inmediata naturalidad de una comunicación que no necesitaba de las pausas de los acuerdos que los adultos necesitan entablar.

Mary Cassatt, Children Playing on a Beach.


Cuando caminamos juntos, Benjamín empieza a explicar la labor de las abejas con las flores, o el volumen y el aspecto de las nubes en el cielo, o se fija en la arquitectura de cierto edificio. Patricio, en cambio, va adelante y avanza saltando, corriendo y retrocediendo, yendo de un lado para otro como quien paladea con la totalidad del cuerpo, adelantando la lengua del movimiento, el vasto sabor del aire del mundo.

En diciembre pasado, en la casa de mis papás vi a Benjamín levantarse de la mesa donde construía algo con bloques de Lego para acercarse a mirar los cuadros sobre la pared de un patio alargado en que se veían las regias estampas de unas aves. A la distancia sobrecogido, sin abrir la boca para no interrumpir el instante, yo lo vi abrir los ojos y la boca de asombro ante la figura de unos pavos reales, y aun acuclillarse para mirar detenidamente sin decir palabra sus siluetas y el espléndido capricho de sus plumajes y colores. Al minuto volvió para sacar un cuaderno y un lápiz, se sentó sobre un banquito pequeño y usó el asiento de una silla como mesa de dibujo. Y nos impresionó a todos con los progresivos trazos geométricos y estilizados como piezas de Lego quizá con los que finalmente hizo aparecer un pavo real hermoso y bastante realista.

En la misma casa, que tiene además un pequeño pero cuidado jardín, Patricio se puso a regar las plantas. Iba y venía acomedido con una jarrita de plástico que llenaba y vaciaba en distintos puntos del jardín, empeñoso y en silencio. Al rato, lo vi sentado sobre otro banquito pequeño en lo alto de la rampa del garaje, mirando hacia el jardín. Le pregunté qué hacía allí y me dijo: “Estoy esperando a ver cómo crecen las plantas”… Y yo, hijito lindo de mis entrañas –como diría mi mamá–, quisiera hacer lo mismo que tú y, sin dejar de estar contigo nunca, sentarme a cierta distancia para esperar a ver cómo te crecen las extremidades de tu ser innumerable.

Una mañana de domingo, se levantaron de la mesa donde acababan de comer algo y pidieron permiso (eso creo) para poner sal en un vaso de agua. Benjamín decía “vamos a hacer un experimento”. Yo recogí unas cosas, fui al baño y, finalmente, cuando me encaminaba hacia la cocina vi a Patricio salir de allí corriendo presa de la euforia: “¡Papá, hay dos cucharas en el vaso de agua! ¡Es increíble!” Me acerqué y vi a su hermano que volteaba para mirarme y mostrarme satisfecho y sonriente lo que su hermano acababa de ver. “Es por la sal en el agua, papá”, explicó en seguida. Lo que vi fue un vaso de vidrio lleno de agua, con la sal seguramente ya disuelta, y una cuchara grande que había sido introducida en él y que, efectivamente, se veía cortada como si una parte se hubiera separado y sumergido en paralelo.

Joan Eardley. Some of a Samson Family (1961).


La causa de la “doble cuchara” era un efecto óptico denominado “refracción”. Sin embargo, una reacción instintiva de mi mejor lado de papá calló en ese instante esa y cualquier otra explicación. No invoqué ningún concepto sobre la luz ni les pedí que resolviéramos el caso en uno de nuestros libros. No era necesario. Mejor dicho, habría sido inoportuno: Habría marchitado antes de tiempo una flor y resecado su néctar sagrado.

Entendí, delante de ellos, que el don más grande de la ciencia no está en sus respuestas, sus leyes y sus teorías, siempre falibles y provisionales. Sino en aquello que la asemeja a mi oficio filosófico, a la vibración de los artistas y al éxtasis de los místicos, y que en rigor proviene de la misma fuente, de una misma sustancia infantil. El hecho irrepetible de ver surgir las cosas. La experiencia de la aparición. Ese “primer beso” de lo real a los sentidos que nunca olvida el alma y que, posteriormente, la educación –mejor dicho, la muy a menudo mala educación– suele desencantar al convertirlo en un plan curricular, un deber que da miedo no cumplir y que se mide y arroja un número que luego compara y califica. Y entonces sucede eso que cantaba Roger Hogdson en un álbum de Supertramp, en la canción “The Logical Song”: “Cuando yo era joven la vida era tan maravillosa, un milagro. Y era hermosa y mágica (…) Pero luego me enviaron lejos para enseñarme a ser sensato, lógico, práctico, intelectual, cínico”.

Yo hago exactamente eso, por desgracia, y no lo niego. Escribo para que me lean, a ver si me contratan para dar una conferencia y me pagan un dinero. Doy clases y me quejo de un salario que no reconoce mi entrega. Me preocupa más de la cuenta que mis niños desperdicien el champú o la pasta de dientes, o que no coman toda la comida que tanto costó preparar. Y en estos desvelos, con sus angustias y sus frustraciones, me olvido de mí mismo. Dejo de escuchar mi corazón, dejo atrás lo que empezó mi largo camino de relación con las palabras y la vida. Me olvido hasta de que amo tanto a mis hijitos. ¡Rayos!

Entonces escribo todo esto, miro a mis niños que ahora mismo están en casa y yo en el trabajo. Escucho el ruido de sus júbilos, su capacidad para hacer de cada hallazgo una fiesta, y no recuerdo yo mismo de chico haber vivido con esa misma explosión mis aprendizajes y descubrimientos.

Sí, me digo. Ya no tengo duda. De hecho, el escritor judío polaco Bruno Schulz –asesinado por los nazis– tituló uno de sus libros precisamente Madurar hacia la infancia. Eso quiero ahora y declaro públicamente, en conclusión, que cuando sea grande quiero llegar a ser como son mis adorables dos hijos pequeños.

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