La filosofía como reconciliación con la fragilidad humana / Víctor H. Palacios Cruz

Autorretrato de Van Gogh.

 

 

A mis estudiantes de filosofía

de este verano de 2026

 

I.                   La filosofía y la tristeza

Un tal Hudson, según Borges, escribió que “muchas veces emprendió el estudio de la metafísica, pero que siempre lo interrumpió la felicidad” (2002b, 214). El reverso de tan original confesión admite, al menos, dos posibilidades. Primera, la afirmación implícita de que vivir –más aún, vivir bien– y, de otro lado, estudiar, investigar y pensar son dos facetas de la existencia incompaginables entre sí. Segunda, la intuición de que el inicio de la reflexión proviene de una ausencia duradera o permanente de felicidad.

Esta segunda hipótesis se aviene bien con la idea de Jean-François Lyotard sobre la filosofía como un pensamiento que “nace a la vez que algo muere” (1996, 119-120). En contra de la noción clásica del asombro como resorte del pensar (común a Platón y Aristóteles), Sören Kierkegaard decía igualmente que “sin espanto no se puede conocer lo que es grande” (1998, 63). En ambos casos es el golpe de una desgracia –pérdida o derrota– lo que nos desacomoda y obliga a mirar más atentamente a todo. Lo que nos lleva a escudriñar el entorno, a examinarnos tenazmente a nosotros mismos y a mirar hacia lo alto y hacia lo lejos buscando, en la bruma, las vigas de un techo cósmico que cubra el desamparo en que nos deja, bruscamente, nuestro pequeño presente hecho pedazos.

Con razón, en ese sentido, Julio Ramón Ribeyro creía que lo que mueve el acto de escribir (literatura o filosofía) no es tanto un afán estético, sino la insatisfacción y la imposibilidad de alcanzar cualquier clase de plenitud, pues ocurre que “el bienestar es mudo y la angustia locuaz” (2003, 259) y, como enseñan los viejos cuentos infantiles, agrega Ribeyro, allí “donde empieza la felicidad, empieza el silencio (del escritor)” (2014, 130). La alegría no pide razones, sino tan solo ser vivida.

Julio Ramón Ribeyro.


Que, por todo lo anterior, la filosofía a la que me dedico, como investigador y como profesor, sea un oficio apocalíptico o mortuorio bien puede avalarlo uno de los libros de George Steiner que honran mi biblioteca personal y cuyo título es nada menos que Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. Pese a todo, insisto en que no hay nombre más bello para una ciencia que el que posee esta misma disciplina y que, en lengua griega, significa, como todos saben, “amor a la sabiduría”. Etimología que me impresiona por dos distintos motivos.

Primero, por la conciliación que enuncia entre dos cosas que solemos disociar y hasta enemistar entre sí, el sentimiento y la racionalidad. Y, segundo, por el hecho de que en rigor no indica “posesión”, sino solo “amor” por el saber. Es decir, deseo e inclinación hacia él y nunca su captura total.

Preguntaba a mis estudiantes hace poco cuándo notamos que alguien “ama” o “desea saber”. Una chica respondió: “Cuando esa persona tiene dudas y preguntas”. Y luego otra: “cuando alguien se pone a investigar”. (Disculpen la pausa, pero este es uno de mis mayores placeres en el aula, los hallazgos que suceden al margen del libreto. Las dos alumnas aportaban, sin saberlo, las dos caras que conforman el significado completo, y ambivalente, de la “filosofía”.)

J.-F. Lyotard.

 


II.               Primera respuesta: tener dudas y preguntas

Creo que llegar a verlo todo –si ello fuera posible– vendría a ser lo verdaderamente fúnebre. El fin de todo. Como dice el cantautor español Quique González en “Dallas-Memphis”, “el misterio dura más que la certeza” (2013). De hecho, lo que más nos ata a un libro o a una película, incluso lo que explica –si acaso puede explicarse– el enigma del enamoramiento, es desconocer qué sigue, qué hay más allá, qué hay en medio o detrás de esa superficie (semblante, paisaje, objeto) endemoniadamente hermoso. Es el no saber lo que más nos liga a las personas, a las fotografías, a las historias y a las realidades más humildes y cercanas.

No experimentaríamos dudas ni formularíamos interrogantes tanto si no viéramos nada como si lo viéramos todo. Solo “ama saber” quien se halla en una zona intermedia y quien, en primer lugar, acepta que sus ojos no agotan lo que tiene en frente. Que siempre lo detiene alguna restricción. Que la precariedad es connatural a nuestra inteligencia humana y no divina. Seres incompletos y de vida breve que no pueden reclamar la obediencia de nadie a sus creencias.

Como decía Merleau-Ponty, “somos del mundo porque somos cuerpo” y para poder ver algo “hay que venir a habitarlo” (1997, 219 y 88-89). Es el cuerpo, en consecuencia, lo que nos coloca en el mundo y nos hermana con él; lo que nos permite recorrerlo, palparlo y recibir sus impactos. Sin el cuerpo, el mundo no nos concerniría, del mismo modo que tampoco experimentaríamos el no poder tocarlo totalmente. Es el cuerpo lo que posibilita un contacto que es siempre invariablemente a medias. Un algo que, sin embargo, por fragmentario y pasajero no es “menos real”. Puesto que en la vasta extensión del universo no ocurrirá nunca más esa coincidencia, esa armonía inigualable que teníamos a oscuras dentro de mamá.

Quique González.


Por todo ello, pienso que la filosofía es la profesión que recoge más fielmente nuestra condición reducida pero no irreal, limitada pero no incapaz. El experimentar dudas y preguntas como señal del “amar saber” no nos incrimina y, más bien, retrata nuestra imperfección en lo que ella tiene no de simple carencia, sino de una carencia que sabe de sí misma. Que solo puede saberse a sí misma porque es un don, una cualidad suya lo que le permite ver la misma inmensidad que no alcanza a discernir. Como sea que lo llamemos –mente, espíritu– se trata siempre de algo que acontece. De una acción.

Lo que precisamente dice la respuesta que, en segundo lugar, daba otra estudiante en mi clase reciente.

 

III.            Segunda respuesta: investigar, ponerse a buscar

En efecto, filosofar –al igual que hablar y escribir– es un fenómeno de tal naturaleza que no puede consistir en el solo hecho del drama o el despojo. Algo que no acaba en el puro transcurso de la congoja. Pensar es unir conceptos, encadenar palabras. Es realizar un esfuerzo. Para pasar de una idea a otra y seguir adelante, es necesario no solo que poseamos cierta energía física y mental, sino también que unas ganas y hasta una esperanza nos animen. No se camina hacia adelante si no es con la certeza de que nos movemos hacia un punto nuevo, aún cuando no sepamos adónde vamos a parar.

Pensar es un acto de fe en nosotros mismos, aun cuando su desenlace sea pesimista. Decía Emmanuel Levinas que filosofar es efectuar “un movimiento” que parte de “un «en casa» donde habitamos, hacia un fuera extranjero, hacia un allá” (2012, 27). Por tanto, pensar es desplazarnos. Viajar. Poder ver lo que no veíamos antes exige soltar el ser que veníamos siendo. Aceptar que cambiamos. Hay, pues, una profunda confianza en la vida que revela que el dolor solo existe, como existe humanamente, por el hecho de pensarlo.

Karl Jaspers.


Por ello mismo, la filosofía se traicionaría a sí misma si creyera haber concluido su andar. Si creyera haber dado solución a todas sus angustias y dilemas. Por el contrario, ella, según Karl Jaspers, es un constante “ir de camino” y “sus preguntas son más esenciales que sus respuestas” (1996, 11). Lo que, desde luego, es de nuevo abrazar a nuestra humanidad. Una existencia inacabada y, por ello, abierta. Una existencia siempre descontenta y, por ello, activa y ocupada.

A los seres humanos nos terminan uniendo más nuestras ignorancias que nuestras certidumbres. Estamos más unidos por lo que nos falta que por aquello que nos colma. Como escribe Alberto Manguel en Una historia natural de la curiosidad, “las afirmaciones tienden a aislar; las preguntas unen” (2015, 14). Lo que quiere decir que, cuando se cree saber ya, en seguida uno o se limita a transmitir lo que sabe o padece la tentación de imponerlo. Por el contrario, cuando uno, sin dejar de saber algo, no cesa de preguntar, entonces escucha y recibe otra mirada. Las preguntas nos reúnen; las respuestas nos separan. El reconocimiento de nuestras flaquezas crea comunidad; en tanto que la coexistencia de arrogancias mentales solo puede dar lugar a una inminente colisión.

 

Conclusión

Quién lo hubiera dicho hace unos años. La crisis sanitaria mundial provocada por el COVID-19 no nos hizo mejores ni como personas ni como Estados. No devolvió a las almas aquello que, según la historia, siempre nos había permitido salir adelante en nuestro largo devenir: la cooperación y la solidaridad más que el éxito individual. De pronto, explotaron con ferocidad ciertos furores de ira y poder, de prepotencia tecnológica, financiera y militar, como monstruos que salen del sótano rompiendo las tablas del piso por entre cuyos resquicios habíamos dejado caer los restos de los festines de nuestra orgullosa civilización que los fueron alimentando silenciosa e inexorablemente, bajo nuestros propios pies.

Es desde esa soberbia que la comprensión de nuestra falibilidad –alentada por especialidades notables como la psicología y la pediatría– es vista como pusilánime y cómplice de nuestros temores y parálisis. En la era en que la tiranía del éxito y la arbitraria iconografía triunfal de la publicidad educativa aumenta la presión sobre los adolescentes que afrontan, como es natural por su edad y muy parecidamente al crecimiento de las langostas de mar, el abandono de la tranquila estructura de la infancia y la lenta formación de una nueva osamenta que tarda en solidificarse.

Bob Marley.


En este tiempo de novedades abrumadoras y sucesivas, nada le hace mejor compañía a nuestro estupor y desamparo que una práctica que, como la del filosofar, no viene a ofrecer sistemas infalibles que se hacen trizas a la menor fricción con los hechos, ni recetas de autoayuda y autosuficiencia, sino, más bien, la reconciliación con nuestra común finitud que mira y que ignora.

La actitud de quien no lo sabe ni lo puede todo, pero que por ello mismo se acerca más respetuosamente al mundo y permite que, en coincidencia, nos acerquemos más los unos a los otros. Decía San Agustín que “una naturaleza dotada de razón es más excelente, aunque sea desgraciada, que la carente de razón o sensibilidad, a la que no es posible la desgracia” (1988, 754). De modo que no lograr entender el mundo solo puede provenir de una expectativa inspirada, a su vez, en la certeza de que él nos concierne y es el único mundo que tenemos y tendremos.

Como dice Byung Chul-Han, “solo conocemos lo que amamos” (2024, 95). Y porque amamos hasta esta misma existencia, sentimos ante ella ilusión y despecho. Porque nunca amar significa ejercer un dominio sobre lo amado. Amamos al mundo (y ansiamos ver su forma, su esencia) como amamos a una persona. Sin tener ninguna garantía sobre su ser. Y así también el mundo de pronto da un vuelco y nos deja plantados. Como las personas. Libremente. (El deseo de control es, claro, nuestra equivocada respuesta al hecho de que lo amado no nos pertenece, pues si nos perteneciera dejaría de ser “lo otro” que amamos.)

Aceptando que ni la vida ni el universo están totalmente allí donde queremos, descubrimos finalmente que lo que amamos es en suma el amar mismo. El pensar en sí. Y, como en aquella canción de Bob Marley, “Waiting In Vain” (1977) terminamos admitiendo que, aun en el amor que no llega, “la sensación de espera está bien”.

 

Bibliografía

Agustín, San (1988) Confesiones. Madrid: BAC.

Borges, Jorge Luis (2002) Otras inquisiciones. Madrid: Alianza.

Han, Byung-Chul (2024) El espíritu de la esperanza. Contra la sociedad del miedo. Barcelona: Herder.Jaspers, Karl (1996) La filosofía. México DF: FCE.

Kierkegaard, Sören (1998) Temor y temblor. Madrid: Tecnos.

Levinas, Emmanuel (2012) Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Salamanca: Sígueme.

Lyotard, Jean-François (1997) ¿Por qué filosofar? Cuatro conferencias. Barcelona: Paidós/ICE-UAB.

Manguel, Alberto (2015) Una historia natural de la curiosidad. Madrid: Alianza.

Merleau-Ponty, Maurice (1997) Fenomenología de la percepción. Barcelona: Península.

Ribeyro, Julio Ramón (2003) La tentación del fracaso. Barcelona: Seix Barral.

Ribeyro, Julio Ramón (2014) Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral.

Steiner, George (2007) Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. México DF: FCE y Siruela.

 

 

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