El personaje ficticio de Once de la serie Stranger Things (2016) como imagen de la condición humana / Víctor H. Palacios Cruz


 

Aunque dejé de ver esta serie (producción norteamericana creada por los hermanos M. y R. Duffer) hacia el sexto episodio de la primera temporada, reconozco el impacto que ha producido en mis pensamientos y emociones, según compruebo en la forma ineludible en que el recuerdo de uno de sus personajes ha ocupado buena parte de mi primera clase de una asignatura de verano, antropología filosófica, provocando un debate apasionante en el aula.

Las razones de mi abandono de la serie (nada importantes para el caso) tienen que ver con su deriva hacia ciertas características que menciono brevemente y que sé bien que pueden ser un motivo muy natural de discrepancia con otros televidentes:

1) El sabotaje que hace la dirección de la serie de uno de sus principales activos, el factor de miedo y expectativa, al dejar rápidamente a la vista al monstruo que amenaza a los protagonistas sacándolo del orden de lo desconocido e incomprensible que es lo que precisamente confiere su mayor fuerza a todo agente maligno; 2) la tendencia a una espectacularidad enfática que manifiesta tanto un deseo constante de asegurar la audiencia, como una implícita desconfianza en la intensidad inherente a la propia narración; y 3) la inserción de un esquema simplista y maniqueo por el cual distinguimos demasiado pronto y claramente quiénes son los buenos y los malos, reducidos estos últimos a una villanía elocuente que apaga antes de tiempo el desarrollo de la mirada del espectador.



El personaje al que me refiero y que, según mi exploración en los medios, ha cautivado la atención de la mayoría de los seguidores de esta producción y hasta motivado análisis y diagnósticos clínicos por parte de algunos especialistas, es la niña llamada Once (de nombre real Jane Hopper), obra de un cásting verdaderamente iluminado así como de la actuación sobrecogedoramente eficaz de la actriz Millie Bobby Brown. Desde luego, mis observaciones se atienen al personaje de los primeros capítulos de la serie, en los cuales su aparición produce, como pocas veces ocurre con las criaturas de la ficción en general, una instantánea imantación, irresistible e inexplicable.

Once es, por lo que puede deducirse, una niña que ha sido arrebatada a una madre enferma. Tempranamente recluida en una especie de predio experimental rigurosamente cercado y protegido por el Estado, Once permanece privada de un crecimiento natural, y de su infancia por tanto, aislada de todo contacto con otros que no sean sus propios celadores. Sometida a pruebas de laboratorio bajo una atroz presión física y psicológica, castigada brutalmente y, en definitiva, utilizada por sus singulares poderes sobrehumanos al servicio de ciertos fines de estrategia político-militar en tiempos de la Guerra Fría en la primera mitad de los años ochenta del siglo pasado.



Al escapar de su cautiverio, descalza y cubierta apenas con una bata de presidio u hospital, ella camina, corre, se esconde y roba comida como un animal solitario y salvaje que tiene terror de todo y no se fía de nadie. Su rostro casi vacío o inexpresivo, su cabello semi rapado y su pálida flacura nos enternecen y aterran a la par. Por su comportamiento huidizo y su perturbadora fragilidad, parece el producto de un experimento siniestro, un borrador suelto de un inaceptable ensayo de humanidad, y es su edad (entre 10 y 12 años) la que hace que su condición desamparada nos toque tan hondamente, hasta las lágrimas, a los que somos papás de niños de su porte o más pequeños aún y nos recuerde, de paso, lo execrable que es la práctica de cualquier clase de abuso físico, psíquico y sexual dirigido contra cualquier persona, pero más aún contra los más desprotegidos de la sociedad.

Carente de habilidades sociales y del vocabulario propios de su edad, extremadamente sensible y delicada, Once es, sin embargo, una chica que ha sido privilegiada, o más bien condenada, por la posesión de dones extraordinarios que le permiten interferir en las señales eléctricas y lumínicas, traspasar ciertas fronteras de lo real, mover objetos a distancia e interferir en las mentes y los cuerpos de otras personas.

Esto es precisamente lo que la vuelve inesperadamente interesante como personaje de una narración, pero sobre todo como imagen de nuestra propia humanidad. Al fin y al cabo, no se trata de una heroína propia del universo Marvel o en la línea de una Superwoman o algo parecido. Quiero decir que no se trata de un ser que dispone con frecuencia, facilidad y placer de sus poderes, pero que, sobre todo, padece por debajo de ellos una serie de miedos, pesadillas y dolores que la vuelven un ser al mismo tiempo admirable y desdichado.



Incluso cada vez que recurre a esos talentos, en situaciones puntuales, un sangrado en la nariz, o en una de sus orejas, revela el agotamiento físico que ocasiona su empleo. Es entonces que uno recuerda las coincidentes expresiones que algunos filósofos dedicaron a la ambigua condición del humano, provisto de una facultad superior, la inteligencia, capaz de concederle preeminencia y potestad sobre su entorno tanto como de infligirle el sufrimiento incesante que supone tener una viva y continua conciencia de su precariedad, sus penas y su irremediable finitud, en la línea de palabras como las de Cioran, “el hombre es un animal desgraciado”, o las de Rousseau: “el hombre que piensa es un animal depravado”.

Esa tragedia o, mejor aún, ese contraste o contradicción es lo que hace de Once un retrato notable de nuestro ser, puesto que no existe entre nosotros nadie que no posea un conocimiento, una experiencia, un recuerdo, alguna cualidad que lo vuelva espléndido, distinto e irreemplazable. Como el replicante que se despide de su verdugo y de su propia existencia en la escena crucial de la película Blade Runner (R. Scott, 1982), diciendo que ha visto fenómenos en la galaxia que nadie más llegará a ver, pero que todas ser perderán “como lágrimas en la lluvia”, así también todos, hasta mis hijos pequeñitos han visto, sentido, vivido o imaginado cosas que nadie más podrá experimentar de igual manera. Del mismo modo que no existe individuo alguno que no tenga, junto a sus logros y excelencias, sus propios temores y vergüenzas, sus pesadillas y pecados, sus imperfecciones y flaquezas.

Seres mitad luz mitad oscuridad, mitad energía mitad fragilidad, mitad lucidez mitad locura, mitad brillo mitad ruindad, mitad gozo mitad dolencia, mitad amor mitad dureza… Eso es lo que todos somos y en lo que a menudo nos cuesta reconocernos, puesto que respecto de otros, pero antes respecto de nosotros mismos, preferimos la simplificación a la que nos apresura el lenguaje común y, más aún, la brevedad del contacto y la urgencia práctica, tomándonos ciegamente como si fuéramos seres de una sola pieza, buena o mala, feliz o miserable. Individuos monocromos, compactos y unitarios, que en rigor solo existen en las abstractas taxonomías a las que reducimos la complejidad inabarcable, esquiva y cambiante de cada uno de nosotros.



Por último, para quienes rodean a Once en los primeros episodios de Stranger Things, ella resulta al principio “rara” o “loca” y, en consecuencia, rechazada o excluida; y, luego, tras la evidencia de sus capacidades especiales, deviene temida o utilizada (con el fin de recuperar al amigo súbitamente desaparecido). Exactamente, del mismo modo como tratamos a las personas que sencillamente, ante nuestros ojos, no se ajustan al estereotipo inducido por nuestro estrecho círculo de vida o por la influencia empobrecedora de ese instinto de sobrevivencia que tiene toda tribu social, cultural o digital. Hasta que descubrimos que pueden sernos de provecho en algún sentido u otro. En suma, como más de una civilización en la historia se relacionó con alguna etnia remota a la que, primero, miró con estupor, extrañeza o burla, y a la que, poco después, sometió al oprobio de la esclavitud.

En tiempos en que a muchos que se llaman a sí mismos cristianos y, con flagrante estridencia, les parece aceptable el odio a muerte del prójimo en unos casos y no en otros, en un mundo que es de todos por igual y no de unos solos, y en que en nombre de dicha posición se elige como presidente a un hombre, como Donald Trump por ejemplo, que en otros tiempos habría hecho imposible, con su feroz rechazo del migrante y el diferente, la aparición sobre la Tierra de ese mismo cristianismo al expulsar de su territorio a quien venía huyendo de la tristeza y la persecución, para finalmente dar a luz en un humilde pesebre. Decía San Pablo en una carta a los Gálatas, “ya no hay ni judío ni gentil, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer, sino que todos son uno en Cristo”, por tanto que todos somos iguales en nuestras diversas diferencias.

Once es un conmovedor símbolo de la universalidad plural e inagotable de lo humano, con su mezcla de maravillas y desgarros, que espera y merece acogida, en cada uno de cuyos rasgos descubrimos otra parte del mismo ser que somos, puesto que, como decía Terencio, “soy humano y nada de lo humano me es ajeno”.

Un aliciente, en definitiva, para animar a nuestros hijos y estudiantes a ese acto indispensable y esclarecedor que es sacar la cabeza del reducido espacio de la cotidianidad, al encuentro de lo distante y diferente, que es en lo que realmente nos comprendemos como humanos y como semejantes. Una educación para la cual conviene el viaje y el traslado a otros entornos, pero que en realidad empieza más modesta y decisivamente en ese acto más a la mano que es escuchar al pariente, al compañero, al vecino o al transeúnte de la calle.

 

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