Navidad-nieve-soledad: el comienzo de mi pasión por Julio Ramón Ribeyro / Víctor H. Palacios Cruz


 

Luego de presentar una ponencia en un congreso dedicado a este escritor tan determinante en mi relación con la literatura, en lo que atañe tanto a los deleites del acto de leer como a las batallas del escribir, e inmerso en el proyecto de un libro sobre la dimensión filosófica de su obra, evoco ahora las noches lejanas, solitarias y gélidas en que sus cuentos me hicieron una compañía reconfortante y transformadora.

 

Viajé a la ciudad española de Pamplona, al pie de los Pirineos, en septiembre de 1997. Había recibido una beca de la universidad donde trabajaba como profesor para realizar un posgrado en filosofía en la Universidad de Navarra. Viajé preparado para mi primer invierno europeo. Crucé el Atlántico con las más ardientes ganas de ver ese mundo de donde venían las cosas que tanto amaba: los libros, las ideas, el arte.

Aun cuando partía con señales de que era capaz de honrar mis deberes estudiantiles, tenía miedo de ser evaluado por una sociedad más avanzada en todos los sentidos y que, por ello, debía exigir más de sus miembros o beneficiarios. Esta incertidumbre se vio pronto absuelta con las notas muy favorables de mis primeras asignaturas. Pero mi cabeza así embargada no tuvo fuerzas para prestar atención a otras preocupaciones que una sucesión de experiencias y torpezas sacó pronto a la luz.

Mis tres años sin pausa en España supusieron, en realidad, una educación de mi carácter y mi trato social, terrenos donde el crecimiento es más laborioso que en la cristalina esfera privada de la actividad intelectual. En unas cosas vi que mi vida, hasta entonces, se desenvolvía con una seguridad rayana en la arrogancia, y en otras, por el contrario, que era demasiado inocente. Cuánto valor tuvo, en medio de todo, la cercanía de los amigos y la tolerancia de quienes rodearon mi estancia extranjera.

Pamplona, España.


Me ayudaron muchísimo en mi instalación y adaptación un amigo español al que había conocido hacía poco en mi propio país y una compatriota que llevaba ya unos meses viviendo en aquella ciudad. Francisco Reyes, el primero, y Claudia Morán, la segunda, fueron mis ángeles de la guarda, seres generosos que me dedicaron varias horas que restaban a sus responsabilidades en sus respectivos doctorados en literatura y derecho, para enseñarme dónde y cómo podía afrontar menesteres diversos como buscar un departamento donde vivir y gente con quien compartirlo, ubicar lugares donde comprar alimentos, ropa o medicina, y también las librerías, los museos y los bares donde pasar mi tiempo libre.

Tanto a Francisco como a Claudia debo, también, mi reencuentro con otro peruano que yo había conocido en lecturas colegiales y posteriores que no tuvieron continuidad. Francisco hacía una tesis sobre la obra literaria de Julio Ramón Ribeyro, de cuyos personajes e historias me hablaba con un fervor al que yo dirigía la solo fraterna atención que me permitía esa etapa de mi vida más decididamente filosófica. Claudia, por su parte, profesaba un ejemplar interés por las humanidades a pesar de su dedicación al campo especializado del derecho civil, y ella fue quien me enseñó una mañana o una tarde, no recuerdo bien, el voluminoso ejemplar de los Cuentos completos de Ribeyro editados en1994, tomado de la biblioteca de la universidad.

Campus de la Universidad de Navarra.


Hacia diciembre de mi primer año español, me hallaba establecido en un piso con un compañero procedente de Barcelona y otro de Rosario, Argentina. Entablamos una relación amistosa que la brevedad de nuestra coincidencia impidió profundizar. Poco antes de Navidad se fueron de vuelta a sus ciudades, lejanas por igual para mí. Ignoraba entonces que la universidad donde estudiaba cerraba totalmente hasta pasada la fiesta de Reyes Magos.

El dinero que había recibido de mi universidad para mis primeros meses en Pamplona se agotaba. Al parecer el monto se encogía con el cambio de moneda, lo que vinieron a agravar las cuentas de la luz, el agua y la calefacción que no tuve la previsión de repartir más equitativamente entre mis compañeros ya ausentes y yo. Con lo cual me vi conminado a quedarme durante esos largos días navideños e invernales, con la nieve alrededor, en una ciudad que la mayoría de mis conocidos dejaba para pasar lejos de allí esas fechas tan señaladamente familiares.

En un departamento físicamente confortable y sensorialmente inhóspito por la falta de teléfono fijo, televisión, Internet y aparato de radio, apenas contaba con un reproductor portátil de casettes que había traído desde Perú con una selección de mis canciones preferidas. Con temperaturas bajo cero al exterior, mis dos únicos lazos con el mundo eran, en primer lugar, la propia Claudia y dos compatriotas más, Susana e Inés, con quienes compartimos la cena de Nochebuena; y, en segundo lugar, el ejemplar de los Cuentos completos de Ribeyro que con su aspecto monumental convertía la única mesa de toda la casa en una especie de plaza o altar.

Edición de Alfaguara, de 1994.


Fue entonces que se sucedieron noches de silencio y reclusión rodeadas de nieve. Noches sin la estufa de un Descartes, sin la torre llena de libros de un Montaigne y sin el temple estoico de un Thoreau. Ratos extensos, sin tareas ni deberes prestablecidos exceptuando los actos de dormir, asearme y comer. Horas abiertas de par en par como paisajes frente a los cuales sobreviene la parálisis que provoca el no saber por dónde atacar una inmensidad tan claramente prometedora como fácilmente desaprovechable. Tiempo después leería las descripciones parecidamente desoladoras del propio Ribeyro sumido en un “encierro forzoso” en Münich con “un metro de nieve en las calles”, o “aburrido, triste, sin ganas de hacer nada en este inmenso domingo berlinés nevado”.

Por aquella época yo había abandonado mi vocación literaria que se remontaba a un período adolescente de escribir más por entretenimiento que por necesidad, versos que corrían sin cesar sobre cuadernos y hojas sueltas como deslizamientos de tierra que caen con el esporádico espectáculo de una frase que aquí o allá saltaba con vistosidad, pero que sin remedio llegaba hasta el final de su derrumbe sin cobrar una figura reconocible o una dirección que mereciera mantenerse.

El duro invierno del norte español me exponía a la peor de las soledades que es aquella que transcurre sin ocupación, librada al cúmulo improductivo de los contenidos que llevan a la conciencia la reproducción de una música o la práctica de la lectura. Cuando no es posible frecuentar amigos y bruscamente desaparece todo imperativo laboral o estudiantil uno queda a merced de lo desmesurado.



Fue en ese estado de enclaustramiento que la lectura primero serena, luego entusiasta y finalmente devota, de los cuentos de Julio Ramón Ribeyro, empezó a crear en mi cuerpo, en una zona profunda adonde no llegaba ni mi propia alma, un vínculo que tenía tanto de necesidad como de placer. Como si se cumpliera aquello que Nietzsche decía de los Ensayos de Montaigne: “cada vez que abro su libro me crece un ala o una pierna”, y estuviera viviendo una mutación metafísica o una evolución fisiológica. La irrupción de una nueva extremidad que llevaba al resto de mi ser a la generación de nuevos movimientos, a modificaciones de orden visual y a un reacomodo general de mis gustos, inclinaciones y reflejos.

El efecto venía no de las piezas del canon ribeyriano escolar, con relatos como “Los gallinazos sin plumas” y sus cuadros de la desgracia material y la marginación; sino de dos cualidades que hasta ese instante no había probado en la producción del autor de La palabra del mudo. Por una parte, la complicidad y la conmoción que suscitaban cuentos más autobiográficos y reflexivos como “Los eucaliptos” y “Por las azoteas”; o cuentos amenos e irónicos como “La insignia”, “El banquete” o “Tristes querellas en la vieja quinta”; o cuentos más descarnados y brutales como “El próximo mes me nivelo” o “Al pie del acantilado”; o cuentos más poéticos y sensuales como “La molicie” o “Nuit caprense cirius illuminata”; o narraciones más profundamente humanas y vivificantes como “Los otros” y “La estación del diablo amarillo”.



En segundo lugar, era también el hallazgo de un lenguaje despojado de una retórica aparatosa e inaccesible; el contacto con la ausencia de esas técnicas complejas de narración que imponen la postración del lector ante un poder superior. Esa escritura llana y sencilla, tan humana sin ser altisonante ni vulgar. Por el contrario, limpia de hermetismo, leyéndola yo sentía ser el destinatario de un hablar persuasivo y transparente. Honesto sin ser grotesco, y exquisito sin ser almibarado. Un estilo que me invitaba irresistiblemente a hablar yo también. A escribir.

“Silvio en El Rosedal” y “Solo para fumadores” fueron para mí la revelación del Julio Ramón Ribeyro más genuino y brillante que el escritor de otros textos más ligados a la grisura de los quehaceres colegiales o al trillado asunto de la miseria económica y social, que veía tanto en mi país y que, por ello mismo, por injusta y cruel me resultaba insoportable seguir encontrando en mis lecturas literarias.

En esas noches, delante de ese libro cuyo espesor de páginas tenía casi las medidas y hasta el color de un adobe, irremovible frente a una mesa de la que ahora mismo no recuerdo el tamaño ni la forma ni el color, sentí que ese Ribeyro magistral, cálido y cercano existía únicamente para mí y para nadie más. Que ningún otro lector en el mundo había notado lo que yo ahora veía y degustaba en la inteligencia y la sonoridad de su prosa.

Ribeyro era el primer prójimo que había sido capaz de mostrarme las zonas más sombrías de mi ser que los halagos de mis allegados habían silenciado hasta entonces. Sin juzgarme y siguiéndome hasta el borde de mis abismos, el Flaco Entrañable había hecho a través de sus personajes distintos retratos de mi propia vida abordada desde otros lados.



Yo era el adolescente que se creía designado para una misión literaria como en “Página de un diario” y, a la vez, el adulto que no lograba alcanzar la obra soñada de “Ausente por tiempo indefinido”. Todas mis imposibilidades amorosas estaban cubiertas por los personajes diversamente solitarios que van desde el hombre burlado de “Una aventura nocturna” hasta el viejo enlutado de “Te querré eternamente”. Mi vida invisibilizada o incomprendida, real o exagerada, se encarnaba fielmente en el “hombre marcado” de “Por las azoteas”.

Y algo de la tristeza de ser pobre y no poder pagarme una copa de vino, como en tantos seres desdichados de sus páginas, pude probar en mis días previos a Navidad en que, pagadas las cuentas, me vi obligado a pedir dinero prestado no para hacerme un regalo o permitirme una salida o comprarme un libro o un mejor abrigo, sino tan solo para poder comer hasta la fecha en que me tocara recibir mi siguiente mesada.

Mi amiga Inés acudió en mi socorro. Y con buen ánimo y delicada discreción. A ella le rinde homenaje mi memoria. Justamente a nuestro regreso a Perú fui invitado a su boda con un ilustre navarro (Crisanto Pérez) que acababa de doctorarse en la misma Universidad donde pasé tres años, con una tesis también sobre la obra de Ribeyro a la postre convertida en un libro de indispensable consulta para todo investigador. Una boda celebrada con tan buenos amigos de entonces, y que tuvo un desenlace trágico tiempo después por la súbita muerte de Inés víctima de un abominable, impredecible y fulminante aneurisma.



Concluido mi retiro invernal, busqué con ansias algo más de Ribeyro en la universidad y di nada menos que con sus Prosas apátridas, que actuaron como detonante de una decisión que ignoraba que aquellas noches solitarias habían ido incubando poco a poco. La vuelta a mi deseo de escribir y la exhumación de una parte de mí que creía ya muerta. La restauración de mi yo. Solo que no volví nunca más a escribir versos y, más bien, empecé a ejercitarme mal que bien, pero con disciplina y pugnacidad, en el tipo de textos fragmentarios y autónomos del que las Prosas de Ribeyro eran un ejemplo tan digno de seguir como imposible de imitar.

Lo cuento ahora que empiezo a pensar en su obra como un legado no solo literario sino también potencialmente filosófico, capaz de decirnos cosas importantes sobre nuestra humanidad y su finitud, su estado anhelante, su dolor, su necesidad del otro, y también sobre el conocimiento, el lenguaje, el cuerpo, el mundo y la vida. Entiendo de nuevo que las cosas simplemente suceden y pasan sin una etiqueta a la vista, hasta que corren los años y no solo la distancia hace un conjunto con lo disperso, sino que además los hechos presentes abrazan los pasados imprimiéndoles un significado que un rumbo diferente habría naturalmente modificado.

Aun cuando cada lector tenga su propia aproximación al corpus ribeyriano, la evidencia universal y creciente del cariño por sus libros, con sus reediciones constantes y sus ventas boyantes, confirma que sus historias y reflexiones parecen tener la llave maestra que abre la inagotable variedad de los corazones humanos. Ocurre que llegado un momento la voz del Flaco Entrañable, envuelta en su aroma a tabaco, termina por tocarnos suavemente justo en aquello que la luz solar del triunfo o la tragedia, del heroísmo o la villanía, de lo bello o lo terrible, desliza hacia las sombras y que es nuestra común medianía, que no “mediocridad”. Es decir, nuestra condición humana característicamente abierta e inacabada. Nuestras limitaciones más visibles en unos casos, pero presentes por igual aún en la existencia más redonda.



Ribeyro nos refleja a todos sin excepción cuando relata los diversos grados y modos en que ocurre eso que es inherente a nuestra índole pequeña y ambiciosa, y que podemos llamar “fracaso” no solo con dureza o con rubor, sino también con ternura. En un siglo de euforia tecnológica y regreso de una hybris militar que parecía apolillada en las estanterías de la historia; en un tiempo en que le damos un portazo a la palabra del otro con los oxidados cerrojos de la vanidad, el estereotipo y el odio; qué bien viene recordar que, hagamos lo que hagamos, existe un conducto que lleva a la paz interior, a la aceptación de lo real y a la comprensión de los demás, y que es la visión de las numerosas bolsas de aire que componen la silueta humana, los vacíos que va dejando la pérdida, la derrota o el desencanto, lejos del discurso contumaz del coaching que dice que todo esfuerzo lleva derechamente al estrellato.

Seres que se vieron privados de un padre, de una infancia, de un amor, de una ciudad o de una época; seres que no alcanzaron un puesto de trabajo o un ascenso, una estima social, el significado de un rosedal, un romance en París, el entendimiento del mundo, la obra artística suprema, una casa digna donde vivir u otra en una playa adonde retirarse de todo al llegar la tarde.

Si otros autores nos mostraron la más amplia galería de las grandezas y miserias de lo humano, un Homero o un Shakespeare por ejemplo, Ribeyro completa el cuadro colocando, ¡y qué razón había para excluirlo!, a un resto donde al fin estamos todos nosotros. Esa zona comparativamente más amplia, y quizá por ello más real, sobre la que una iluminación bien regulada alumbra la normalidad de nuestra existencia frágil, interrogativa y tan desamparada como al mismo tiempo generosa.

Como el memorable Bel Amir de “La estación del diablo amarillo”, uno de los pasajes de la literatura universal que mejor ha podido contar realista y amorosamente la presencia simultánea de lo que nos separa y también de lo que nos iguala en el acto más extraordinario del universo: la comunicación entre dos personas. Ese contacto que puede suponer ayudar al otro, pero que ante todo nos da la más inigualable ratificación de la verdad de existir, que es tener la atención y la palabra de un semejante.

 

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