J. J. Cale: el arte de bajar el volumen para aumentar el “sonido” / Víctor H. Palacios Cruz


 

Este guitarrista y compositor (1938-2013) estuvo –como la inmensa mayoría de los que lo intentan– a punto de abandonar su carrera a causa de la ruidosa indiferencia que habían recibido sus primeros discos. De pronto, un cover de su canción “After Midnight”, grabado por Eric Clapton (1970), admirador suyo, obró el cambio. Poco después se hablaba ya de Cale como de uno de los creadores del llamado “sonido Tulsa”, mezcla de blues, rockabilly, country y jazz. En cada uno de los que amamos su obra, esa mezcla de influencias forma un todo sobrio, sereno y vaporoso que deviene hipnótico. Imposible de silenciar por el resto de la vida.

 

Clapton versionó otra canción de Cale, “Cocaine”, dentro del álbum Slowhand de 1976, otro de cuyos tracks, la entrañable “Lay Down Sally”, comunica vivamente el espíritu de Cale, como si hubiera sido ejecutada bajo su inspiración. Phish, Jerry García y Santana sucumbieron por igual a otras composiciones de un hombre alejado, como su arte, de la notoriedad de los focos, el escándalo y el glamour.

Ingeniero de sonido y guitarrista norteamericano (no confundir con el galés John Cale, que fue parte de Velvet Underground), la música de este artista, sin embargo, se hace notar velozmente y desde el primer momento se vuelve reconocible. Sobre todo porque, comparado con el volumen con que venían sonando otras grabaciones, el sonido de J J Cale parece más bien un declive en la intensidad, a punto que uno aguza el oído o eleva el volumen del reproductor portátil para escuchar mejor.

Eric Clapton y J. J. Cale.


Empieza, entonces, una comunión que en ese instante uno ignora que será el inicio de un gran e indisoluble amor. La rendida adhesión a un arte distinto y persuasivo, cuyo secreto pareciera tener que ver con una sonoridad tenue, marginal se diría, que se siente pronto no como el producto de una negligencia, sino como la consecuencia de una estética. Como un rasgo no de cierta debilidad o timidez, sino más bien como una expresión de la confianza en el mensaje que se transmite y, también, como el convencimiento nada arrogante de la sabiduría musical que se posee.

A lo largo de todos sus discos, flota y se propaga un clima de retraimiento y lejanía a la vez. Todos sus elementos voz, guitarra, percusión, arreglosevitan escrupulosamente la irrupción de lo altisonante y no consienten espacio para ese lucimiento individual por el que, al contrario, tantas bandas se han distinguido o han buscado llamar la atención.

En Cale, nada desentona o se aparta del delgado cauce de mansedumbre y sigilo por donde discurren sus canciones. No hay un solo de guitarra destacado; no hay en realidad ningún pasaje instrumental que reclame una atención exclusiva, como tampoco hay una voz que acometa agudos a lo Robert Plant o David Coverdale, o desgarros metálicos y ásperos como en Joe Cocker o en Tom Waits, o quiebres y efectos cacofónicos como en Ian Dury, por ejemplo.



Todo suena en J. J. Cale como envuelto en una suave niebla más cálida que fría, como si saliera de un aparato de radio situado detrás de un muro gracias a una pequeña ventana entreabierta. En definitiva, como si el músico hubiera evitado apabullar los oídos del oyente y, en su lugar, por el contrario, hubiera buscado penetrar directamente en el alma de cualquiera, y llegar hasta su corazón, a través de un pasaje secreto y sutil creado, entre otras cosas, por el contraste con la sonoridad contundente y a veces sobreproducida de las ambiciones artísticas o comerciales de otros discos e intérpretes de los 70 y, peor aún, 80.

En su tono de inconfundible modestia, con esa capa intencionadamente poco limpia o depurada que parece emanar de sus grabaciones, la melancolía, la alegría, la rabia y la poesía de sus interpretaciones cobran una fuerza creciente que no precisa de la estridencia ni de lo orquestal ni de la potencia de un gran amplificador. Y adquieren una grisura que, sin duda, aquí no es sinónimo de mediocridad.



Tendida con bendita pereza sobre una sensación casi acústica, la música de Cale parece cantar no desde un ángulo en un estadio o desde el proscenio de un festival multitudinario, sino desde el aire liviano de un susurro cotidiano. Tersura carente de refinamientos innecesarios, y que en ningún momento ninguna de sus notas rasga. Mejor aún, J. J. Cale parece cantar tañendo su guitarra, con apenas dos o tres amigos al lado, desde el rincón de una casa sencilla que de ninguna manera podría ser una mansión o un departamento con vista a la ciudad.

Su voz parece salir de la soledad de una habitación vecina. Como las piezas más exquisitas de bossa nova de Antonio Carlos Jobim o las primeras canciones de Caetano Veloso. Músicos con su guitarra cantándonos a nuestro costado sentados sobre la misma banca que cualquiera de nosotros ocupa a la vera del trasiego urbano.

Una música apta para toda sensibilidad, destinada al mismo universo. Pero por obra no del recurso al volumen elevado o a la complejidad estructural, sino del simple hecho de que parece tocada a centímetros del oído, en una rara cercanía. En una intimidad delicada y esquiva al mismo tiempo. Tan humana, en suma.

Aquí dos de sus álbumes más importantes:


 

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