Perder un hijo, perder un padre. / Víctor H. Palacios Cruz
Perder a un hijo puede sumirnos en el abandono, la
parálisis y hasta la locura. Cuántas personas cambiaron y cuántas creencias se derrumbaron tras la pérdida de un ser que, siendo otro, es tan
nosotros al mismo tiempo. A la inversa, la pérdida del padre es también una
carencia arrolladora y, a veces, lentamente arrolladora. En la ciudad donde
vivo, el loco más ilustre, el loco Chete, cayó en el estado en que hasta ahora se
encuentra luego de ver, impotente, a su padre perecer consumido por las llamas
de un incendio.
I
La emoción de ver, desde mi taxi al partir, los rostros de mis hijos despidiéndome desde una ventana se compone de innumerables capas de misteriosa alegría por encima de las cuales se añade una de rara tristeza. Cuando regrese a casa por la tarde habrán jugado, comido, escuchado cuentos y vuelto a jugar; y no serán los mismos a los que saludaba cuando partía rumbo al trabajo. A su edad, cinco y tres años, crecen velozmente y ello aumenta la sensación de cambio que acompaña a toda vida, incluso adulta. A cada paso somos el mismo ser y, a la vez, ya no lo somos. Dejamos atrás sobre la mancha o el hueco de nuestras pisadas una delgada ausencia flotando en el aire.
Después, los que nos amamos nos reencontramos y los cuerpos se estrechan, pero somos otras las personas que no saben qué celebran ni tampoco qué sacian al sentir a ojos cerrados esa irrebatible proximidad. Quizá a eso se refieren los padres de hijos más grandes que nos dicen: “aprovechen que están pequeños” o “disfruten esa etapa”. No solo el presente se va, con él se va también lo que nos da. Vivir es inseparablemente duelo y bienvenida.
Por eso abrazamos con tanta fuerza al volver. Es el esfuerzo
por preservar lo que sin remedio quedará ya solo en una de las cientos de
imágenes que nuestras tecnologías acumulan con esa infinitud que no tendrá, jamás, la verdad de una foto en papel sujeta por un marco de madera, plástico o metal.
Pero esa pérdida agridulce y cotidiana responde a una ley natural
y sigue siendo tolerable comparada con cualquier otra pérdida, a la que no le
queda ni el consuelo de seguir teniendo al lado a quien ya no es lo que era,
pero al menos sigue siendo todavía. Lo he vivido, qué digo, lo sigo viviendo ahora mismo
hasta en mis huesos a través de un drama horrible que tuvo, por suerte, un buen
desenlace.
II
Casi todos los domingos hago las compras de mercado para la
semana en compañía de mis dos hijos pequeños. Desde hace buen tiempo caminamos
desde el parque principal de la ciudad a lo largo de varias cuadras hasta el mercado Modelo de Chiclayo que, además, atravesamos por fuera o por
dentro, probando itinerarios distintos según los deseos de mis hijos, con los cuidados consiguientes, hasta llegar a nuestro destino que consiste, eso sí, en una
ruta normalmente invariable: parada para tomar jugo de naranja o de piña mirando hámsters,
pajaritos, peces y tortugas charapitas. Luego, y en este orden, el puesto de
las carnes, el de la señora de los choclos, el del amigo de las verduras, el de
la vendedora de pollo, el de los huevos y abarrotes varios, el de la mujer de
los quesos, el de la familia que vende frutas y, finalmente, el del señor de las
paltas. Ruta que los pies de mis hijos han memorizado al punto
que casi siempre van delante de mí rumbo al siguiente punto de nuestro recorrido.
Cuando acabamos las compras, con pausas para comer
chifles, mandarinas o pan de Monsefú –algunas veces también para jugar un rato con
otros niños y comprar juguetes baratos en otros puestos cercanos–, avanzamos
juntos: yo jalando un carrito mientras dos bolsas enormes y pesadas cuelgan de
mis hombros, ellos tomando o una de mis manos o el asa del carrito, hacia la
estación de bomberos donde, con el amable permiso de los bomberos,
trepan a sus enormes vehículos de trabajo, y finalmente hasta una tienda de zapatos, en
una esquina, por una de cuyas puertas Benjamín y Patricio entran para salir por
otra en la que nos reunimos para esperar a don Carlos, nuestro taxista de confianza.
Hace un par de domingos repetíamos esta rutina y, al
salir del mercado para caminar sobre una vereda rumbo a los bomberos, sentimos
un fuerte sol que llevó a Benjamín, a mi derecha, a pedirme un gorrito que
llevábamos en una mochila. Miré hacia atrás para asegurarme de que Patricio siguiera
cerca y lo vi con su rostro entusiasta mirando alrededor. Me acuclillé, abrí la
mochila, encontré el gorro, se lo puse a Benjamín, y de pronto ya no estaba Patricio
junto a nosotros. Miré hacia adelante. “Patricio”, lo llamé.
Pensé que podía haberse metido, como le gusta hacer, en
las tiendas que tienen corredores internos con salida a unos metros al costado.
Esperé para verlo reaparecer. Pero no reapareció. “¡Patricio!” Una vendedora me
dijo: “se ha metido adentro”. “¡Patriiicioooooooo!”, empecé a gritar con un
primer grado de inquietud. “Benjamín no te muevas, hijito, por favor”.
Entendí que no podía entrar a buscarlo porque Patricio
podría salir a la vez por otro lado sin verme, y porque además dejaría a
Benjamín solo. “¡Patriiicioooooooo!” La chica que nos vendía los
jugos dentro del mercado estaba casualmente por allí. “Voy a entrar para
buscarlo. Allí debe estar”, me dijo. Pero salió al poco rato y sin él. “No está,
señor”. “¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!” Miraba
hacia afuera, a todos lados, a cualquier punto hacia donde no hubiera mirado
todavía, “¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!”
Mi inquietud se convirtió en ese instante en el cráter
más ancho y hondo de toda mi vida. Dentro de mí una especie de oscuridad
hueca se expandía al instante hasta los bordes de mi piel. Yo era una voz
gritando “¡Patriiicioooooooo!” Una cáscara humana que vibraba preguntando a
todos a cada rato por mi hijo que se había perdido. “Debe estar allí dentro todavía”,
“señor, cómo se ha descuidado”, “hay cámaras de vigilancia, vaya a preguntar”.
Dentro de mí, entre uno y otro de mis gritos, no era yo
el que imaginaba sino una fuerza ajena la que me imponía ver lo abominable: a
mi pequeño indefenso padeciendo lo más innombrable, extrañándonos a nosotros y
nosotros llorando todos los días por él, al punto que hasta cruzó la negrura
quemante de mi cabeza el relámpago de la idea de que si iba a pasar todo eso
preferiría que algo termine piadosamente con su vida para que no sufra tanto
insufrible sufrimiento.
“¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!”
“No llamaré a Cristina”, me dije. “Aún debo esperar, algo
tiene que pasar. Si no, la voy a desesperar a ella y puede que sea innecesario
y será más grande el daño todavía”. No sé cómo podía pero razonaba esto en esos
momentos. Yo era el blanco de todos los rayos de una tormenta y luchaba
evitándolos o rechazándolos, y pese a todo balbuceaba razonamientos. Mientras
tanto, Benjamín lloraba: “se ha perdido Patito...” y yo lo abrazaba fuertemente: “lo
vamos a encontrar, mi amor, lo vamos a encontrar. Pero, por favor, no te muevas
de aquí para nada. ¿De acuerdo?”. “Sí, papá”.
“¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!” “¡Patriiicioooooooo!”
De repente, un policía apareció. Le conté los hechos y le
describí a mi hijito. Le rogué casi llorando su ayuda. “Voy a buscarlo por acá”,
dijo señalando, no sé por qué, la ruta que habríamos seguido mis hijos y yo de
no haber ocurrido lo que había ocurrido. Se fue y quedé esperando. No vi
nunca la hora en el celular. Mi ser no transcurría y perduraba ese mismo presente
de pavor e incertidumbre endurecido, inamovible e irreal.
Una señora morena de pelo largo y rizado dijo: “señor,
parece que han dicho que hay un niño solito en una tienda de zapatos.
Vaya a verlo”. “Señito, gracias por contarme, pero no puedo dejar a mi otro hijito aquí”. “Vaya, aquí se lo cuidamos”, me decía una vendedora a mi costado.
Vi al policía al que había pedido ayuda aparecer al minuto o luego de un tiempo
indeterminado que mentalmente yo medí como “un minuto”. No venía con él mi
hijito. Pero me dijo: “señor, parece que lo han encontrado en una tienda. Voy a
verlo, espere aquí”. Mi corazón galopante que había viajado hasta
otra galaxia volvió para descender lentamente sobre la tierra.
Fueron otros minutos de expectativa que el momento estiró
hasta lo imposible. El tiempo estuvo a punto de romperse. Hasta que otro policía
motorizado se detuvo a mi lado y me dijo: “señor, ya han encontrado a su niño,
ahorita lo traen. Espere, por favor. Pero tenga siempre cuidado con sus hijos…”
Otro ser humano habría sentido alivio con solo escuchar eso, pero un padre no
admite otra verdad que no sea la de ver con sus propios ojos y tocar con sus propias manos al hijo perdido. No obstante, la vaga
esperanza que ese aviso despertaba bastó para que no odiara las últimas
palabras pronunciadas por ese policía, seguro que con buena intención. “Benjamín,
amor, dicen que ya han visto a Patito. Ya lo van a traer, cariño”.
No los vi cruzar la esquina y aparecer a lo lejos, a
pesar de que no dejaba de mirar hacia allá. No sé qué alteración de mis
sentidos se había producido, cuando a cuatro o cinco metros surgió de súbito la
figura borrosa del policía que me había hablado primero y, en primer plano,
destacado por encima del entero universo, a mi nunca como entonces tan amado Patricio.
Su carita asustada y su boca manchada de rojo por un chupetín que llevaba en una de sus
manos y que fue, a primera vista, una señal. La prueba de que quizá alguien lo había
cuidado mientras secaba sus lágrimas.
Benjamín mismo acudió al abrazo entre Patricio y yo.
Lloramos los tres. Los abracé mucho más febrilmente que cuando volvía del
trabajo en la puerta de nuestra casa. Acariciando el rostro de Patricio –esa tersa y sólida certeza de que había vuelto con nosotros desde el país del espanto– le
pregunté si alguien le había hecho daño. “Nadie, papá”, me contestó con la voz aún
trémula y débil.
El policía cumplió con los protocolos, le mostré mi
documento de identificación y nos tomó una fotografía que no querré ver nunca y
que estará justificadamente perdida en su teléfono celular o en la computadora de
alguna comisaría. “Tenga cuidado con los niños, señor”. Dejé de odiar esas
palabras y abracé al tipo. Había cumplido su deber y su deber era también decir
todo eso, aunque para mí fuera superfluo e impertinente.
“Chicos, vamos a retomar nuestra ruta habitual para ir a
esa tienda de zapatos donde siempre paramos para esperar taxi”, dije a mis hijos.
“Vamos a averiguar allí cómo ha estado Patito. ¿De acuerdo?”.
“Sí, papá”, respondieron los dos. Y caminamos. Como siempre. Ellos a mi lado,
yo tomando nuestro cargamento de compras en ese momento repentinamente tan ligero
de peso.
Vimos la estación de bomberos inesperadamente cerrada, lo
que me hizo pensar que Patricio al verse sin su hermano y sin papá tal vez
había querido detenerse allí para esperar y, al no poder hacerlo, siguió adelante
hasta la tienda de zapatos. Es decir, había tomado una decisión. La rutina escrupulosamente
repetida mil veces lo había salvado. De inmediato caí en la cuenta también de
que mi esposa y yo habíamos hecho bien en enseñar a nuestros hijos, al pasear
por la calle, a reconocer a todos los policías que encontráramos al paso con el
fin de que supieran que podían acudir a ellos en caso de peligro. Fue tal vez esa
confianza la que llevó a Patito a hacer caso del uniformado que lo trajo finalmente con papá. En suma, se me había perdido mi hijito, pero yo mismo lo
había salvado por medio de las precauciones y los hábitos.
Mientras caminábamos, Patricio avanzaba lamiendo su
chupetín que luego invitó a Benjamín. Lo que era otra buena señal que, sin
embargo, no impedía notar que caminaba sin el entusiasmo de horas antes. Nada
más natural tras lo vivido. Entramos al fin en la tienda de zapatos y fue
instantánea mi sensación de alivio al notar, primero en un chico y luego en otra
chica, que reconocían a mi hijito y lo saludaban con cariño. Yo me deshice en
agradecimientos, quería besarles las manos y debí hacer más, sin la menor duda.
Pedí, por supuesto, la información que podían darme a la vez que atendían a la
clientela: “llegó llorando, pobrecito. Lo sentamos en un puf y yo le invité el
chupetín para que esperara tranquilo”.
Salimos finalmente a buscar un taxi por la otra puerta de
esa tienda donde siempre nos reunimos cuando ellos entran felices por allí. Allí
estaba otra chica que llamaba clientes usando un micrófono. Fue balsámico verla
a ella también reconocer y saludar con dulzura a mi hijito. Ya no había duda, él había estado seguro en ese bendito local. Más tarde, contándoselo todo a
mi mamá, me dijo que el micrófono había sido importante. Con él pudieron llamar
más rápidamente a la policía. De paso, ello explicaba por qué la señora morena de
pelo largo y rizado, antes que los mismos policías, se había acercado a decirme
que mi niño estaba allí.
Ya a bordo del taxi, Patricio se acomodó como le gusta
para mirar hacia adelante, de pie, y empezó a decir: “mira, papá”, señalando algo
que veía fuera del vehículo. Fue otra señal. Volvía poco a poco a ser el de
siempre sin ser ya el mismo para siempre. Cuando se puso a reír con Benjamín,
mi tranquilidad pasó de ser una planta a ser ya un jardín.
Al llegar a casa y abrirnos la puerta mi esposa que nada
sabía, me abalancé sobre ella llorando y contándole todo entrecortadamente. Sin
darnos cuenta, los chicos ya estaban instalados en el cuarto de juegos
jugando con sus cosas. Cristina no me hizo reproches, por el contrario intentaba
calmarme tan comprensiva conmigo. Cuando poco más tarde vimos la primera
disputa entre los dos hermanos, comprendimos que ese era definitivamente nuestro
amado Patricio. Sin ser ya para siempre el mismo.
En adelante quedamos atentos a las manifestaciones de su
comportamiento, pero todos los hechos de los días siguientes no arrojaron motivo
alguno de preocupación. Miramos bien su cuerpecito y no había rastro de ningún daño.
Por la tarde volví a preguntarle cómo había sucedido todo y dijo: “vi algo que
daba vueltas adelante. Yo pensé que Benjamín y tú iban conmigo, y seguí caminando”.
Pero luego añadía: “ya no me acuerdo más, papá”. “¿Alguien te lastimó?”, volví
a preguntarle. “Nadie, papá”, dijo esta vez con una voz serena y sonriente. Y
nos abrazamos de nuevo.
Al día siguiente, mientras yo estaba en el trabajo, mi
esposa no sé si arriesgadamente o no volvió a salir al mercado con nuestros dos
pequeños para hacer unas compras en otro sector que también ellos conocían. Ella
me dijo: “Patito absolutamente normal, muy bien te diría. Entretenido y curioseando
por aquí y por allá, como si no le hubiera pasado nada”. Maravillosa noticia.
La verdadera prueba de fuego la viví yo al salir el reciente
domingo de nuevo con ellos al mercado. Repetimos nuestro itinerario desde el parque
principal. Sentía débiles mis piernas y era el miedo, la memoria de la pesadilla firmemente incrustada en el cuerpo. Salir de nuevo del mercado para caminar hacia la estación de
bomberos y la tienda de zapatos fue el momento más difícil. Hice un rodeo para
no pasar por la misma vereda donde perdí por un tiempo a mi hijo. No estaba
preparado para soportarlo.
Al ver de nuevo cerrado el local de los bomberos,
recalamos en la tienda de zapatos para volver a agradecer a los chicos que cuidaron
a Patito, pero no los vimos y, en su lugar, vimos a otros empleados. “Hijos, salgamos,
no están los chicos que ayudaron a Patito”. “Pero papá, tenemos que agradecer que
lo salvaron”, insistía Benjamín. “Amor, deben haberlos trasladado a otra tienda.
Probaremos de nuevo la próxima vez. ¿De acuerdo?” “De acuerdo, papá”, respondió
Benjamín.
III
Ahora, al terminar este texto, me pregunto qué recuerdo
tendrá, qué relato podrá hacer con el tiempo el propio Patricio de una experiencia
que ya pasó para él, pero que para mí no ha pasado del todo y he querido, al escribirla,
que termine de pasar por fin. Comprendo que mi crónica de aquel domingo es
inevitablemente egoísta. Pero como en cualquier tribunal, el juez de la vida no
puede pedirnos otro testimonio que el que podemos dar desde el punto en que vimos
los hechos y desde la persona que fuimos cuando los presenciamos.
¿Algún día Patricio me contará lo que vivió, pensó
y temió aquella vez? ¿Quedará todo ello con el tiempo sepultado bajo la suma de otros acontecimientos
dichosos o, incluso, por alguna tristeza mayor que todavía no es posible saber? ¿Se
perderá para siempre en su memoria, aunque el hecho siga ocurriendo en alguna
zona oculta de su ser?
Perder a un hijo es un trance apabullante que puede sumirnos
en el abandono, la parálisis y hasta la locura. Cuántas personas cambiaron y cuántas creencias
se derrumbaron tras la pérdida de un ser que, siendo otro,
es tan nosotros al mismo tiempo. El sentimiento de culpa que se experimenta es
más imponente e insoslayable que la pena más amarga que sentimos por cualquier
otro pecado cometido contra una ley divina o terrena.
Pero, a la inversa, la pérdida del padre es también una
carencia arrolladora y, a veces, lentamente arrolladora. En la ciudad donde
vivo, el loco más ilustre, el loco Chete, cayó en el estado en que hasta ahora se
encuentra luego de ver, impotente, a su padre perecer consumido por las llamas
de un incendio. El propio escritor Julio Ramón Ribeyro decía ver en la muerte de su
padre, cuando adolescente él, uno de los momentos más decisivos de su vocación
literaria. Aún muy adulto confesaba, en una entrevista, que “el sentimiento de
orfandad hasta ahora me acosa”, puesto que con él perdió “a una especie de
guía, consejero, modelo, que no he vuelto a encontrar ni en las lecturas ni en
las personas ni en nadie” (Coaguila, 2021, 65).
Yo mismo ahora extraño a mi padre. Ya quiero correr a
visitarlo, y mejor aún de la mano de mis dos hijos. Y después subir a las
montañas a visitar la tumba de mi abuelo materno al que perdí hace muchos años
y al que nunca pierdo un segundo en mis adentros.
Abrazados así, volveré a sentir la paz inexplicable que proporciona
no la más súbita emoción ni tampoco un acto de la voluntad o un argumento filosófico o un
dogma teológico, sino el modesto contacto físico. El suceso vivamente táctil de la reunión, de la vuelta al origen, que es la inserción de nuestra precaria individualidad en un curso superior, en una cadena y en
una pertenencia. En la misma inmensidad.
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