Padres imperfectos / Víctor H. Palacios Cruz
El exceso de información (podcasts, canales de YouTube,
Tik Toks y libros de autoayuda que “garantizan” una crianza feliz) induce
la peligrosa idea de que “ya no tenemos excusa para fallar”. Que ya no se
justifica el error en la era de los cinco pasos para alcanzar el éxito. Según estas
recetas, ya es posible ser un padre perfecto y quien no quiera serlo será alguien
que no profese amor por sus hijos.
Relatos clásicos de la literatura infantil como “Hansel y
Gretel”, “La bella durmiente”, “Juan y las habichuelas mágicas” o “Pulgarcito”
abordan sin tapujos ni atenuantes angustias que sofocarían el alma de cualquier
mamá o papá de hoy: no tener qué dar de comer a los hijos y hasta abandonarlos
por culpa de la miseria. Y junto a ello, otras amenazas envueltas en metáforas
de fantasía: bosques tenebrosos, brujas crueles, lobos feroces y ogros antropófagos.
El capítulo titulado “Arkangel” (2017) de la serie inglesa
Black Mirror cuenta la historia de una madre que, luego del trauma de
perder a su hija pequeña en un parque, decide colocar bajo la piel de ésta un
implante tecnológico que le permitirá en adelante monitorizar sus movimientos. (No
haré un spoiler de las consecuencias que ello tiene luego en la relación
con la chica ya adolescente.)
El “solo importo yo” viene a curarnos en salud de las intranquilidades que el amor traen consigo
En definitiva, amar trae consigo una variedad de miedos
desiguales. Respecto de los hijos, madres y padres vivimos sin respiro el temor
al golpe producto de una caída, a que los atropelle un auto por la calle, a que
sufran un rapto con horribles intenciones, a que lleven en sus cuerpos una
enfermedad escondida, a que la escuela mate en ellos la alegría de aprender, o
a que los colmillos de las redes sociales les inoculen obsesiones y pulsiones insanas.
En la era de eslóganes como “porque yo lo valgo” y libros
como Yo, mi mejor amigo (de un tal Norberto Pérez Arellano) asoma no
tanto una saludable reivindicación de la autoestima y la libertad personal frente
a la presión de las exigencias sociales, sino más bien la drástica reducción de
nuestro horizonte de preocupaciones al solo cuidado de nuestra individualidad, con
el fin de desembarazarnos de la carga que nos infligen los lazos que entablamos
con los demás. El “solo importo yo” viene a curarnos en salud de los
fracasos e intranquilidades que sin el amor no tendrían lugar: celos, distancias, decepciones, el giro de los sentimientos o la muerte del ser amado.
Al mismo tiempo, pocos negocios resultan inmunes a las
tempestades de cada tiempo como aquellos que prometen toda clase de “seguridad”.
La de la salud, la de nuestras propiedades, la de las fronteras. Inducidos y fomentados
por políticos y publicistas, nuestros miedos nos hacen ver como deseable el
control de todas las variables que comprometen la realización de nuestra rutina
y de nuestros anhelos.
M. Sandel: aceptar “la imprevisibilidad del resultado de nuestros hijos” es “la fuente del amor incondicional” que les debemos
Si hace unos años, el científico chino He Jiankui aseguró
haber librado a dos niñas de contraer en el futuro la enfermedad del SIDA por
medio de una técnica de edición genética, el presente nos enfrenta a la
posibilidad real de dotar a nuestros hijos, si está a nuestro alcance, de
dispositivos tecnológicos que los pongan no solo a salvo de una herencia
genética maligna o un fallo de la naturaleza, sino también a salvo de la
frustración estudiantil o del fracaso social y laboral que trae el no tener los
estándares faciales y anatómicos que la moda impone y renueva cada tiempo.
Al hablar sobre su nuevo libro titulado Contra la
perfección, el filósofo norteamericano Michael Sandel dice: “mejorar a los niños (genética y tecnológicamente) erosionaría la norma
del amor incondicional”, puesto que “elegimos a nuestros amigos en función de
las cualidades que nos parecen atractivas, pero no elegimos a nuestros hijos”. Aceptar
“la imprevisibilidad del resultado de nuestros hijos” es “la fuente del amor
incondicional” que les debemos.
En efecto, el gran problema, no de nuestra época, sino de
la entera historia de la humanidad desde el pecado original del Génesis
hasta el transhumanismo, es nuestra dificultad para convivir con lo imprevisible.
Es decir, con la imperfección y la incertidumbre inherentes a nuestra condición corpórea, finita y libre. El miedo al error y a lo desconocido nos ha llevado a menudo a
una intemperante ansiedad de poder físico, militar, científico o económico; y nos
ha empujado a la arrogancia de creer saberlo todo porque, en el fondo, la inmensidad
nos acecha de manera constante y la noche vuelve siempre después del mediodía.
Una vez escuché decir al padre de un alumno universitario,
ante mi sugerencia de que le conceda el margen de libertad necesario para ciertos
aprendizajes: “no, profesor. Quiero seguirlo de cerca hasta la mitad de su
carrera. No quiero que se equivoque”.
Obligados a ser ejemplares, los padres nos sentimos evaluados por otros e impelidos a dar a los hijos todo lo que nos pidan
Una parte de esta inhumana cultura de la infalibilidad –muy
unida al deseo febril de éxito– es la abundancia de podcasts, canales de
YouTube, Tik Toks y libros de autoayuda que dan a los padres toda
suerte de suministros teóricos y prácticos destinados a garantizar una crianza
eficiente, expuestos en los mismos términos con que se presentan los tips
para hacer negocios o adelgazar en pocos días.
Sin negar que muchos de estos contenidos son valiosos y
bienintencionados, el exceso de información tiene una consecuencia: inducir la
idea de que ya no tenemos excusa para fallar. Que ya no se justifica la
derrota en la era de los cinco pasos para llegar a ser feliz. Según estas
recetas, es posible ser un padre perfecto y quien no quiera serlo será alguien
que no profese amor por sus hijos.
Chantaje que, a continuación, se convierte en un criterio
para juzgar con dureza a otros y a uno mismo. No sería extraño que este sea
precisamente el nexo entre el rechazo que manifiestan los jóvenes hacia la
paternidad y la adultez, y su tendencia a refugiarse en la excusa que dice, de
nuevo, “yo soy mi mejor amigo”.
Obligados a ser ejemplares, los padres nos sentimos evaluados por otros e impelidos a dar a los hijos todo lo que nos pidan, no sea que nos reprochen el no estar a la altura de sus deseos y necesidades. En numerosos colegios las familias utilizan a sus niños como armas de una competencia encarnizada: padres que no quieren parecer menos y quedar mal, dispuestos contra toda prudencia a gastos y deudas impagables.
Peor aún, el estereotipo de lo perfecto termina transfiriéndose
a los hijos forzándolos a una productividad igualmente óptima y a sentir que,
para sus padres, es inaceptable una calificación que no sea la máxima. Del
mismo modo que otros estereotipos como el de la “belleza femenina” o el que dice
que “los hombres no lloran”, tener expectativas demasiado altas como padre o
madre causa ansiedad así como alimenta una violencia siempre a punto de
estallar contra otros o contra uno mismo.
Mientras más nos esmeramos en mostrarnos intachables menos enseñamos a nuestros hijos a tolerar los defectos que verán en sus semejantes y en ellos mismos
Es cierto que, desde muy pequeños, los hijos detectan y
copian la más imperceptible manía de sus mayores. Nos hace temblar el sentirnos
como lo que inevitablemente somos siempre: sus primeros modelos de conducta. Lo
que lleva a creer que cualquier cosa que uno haga o diga tendrá en ellos un
impacto impredecible. De donde pronto concluimos que, para ser un padre o una
madre perfectos, es preciso primero ser uno mismo una humanidad rotunda y plena.
Lo que obviamente es imposible como realidad y peligroso como deseo.
Olvidamos que los hijos también tienen que aprender que
son humanos mirando la humanidad incompleta de sus padres. Lo que realmente
educa no es la ausencia o la negación del error, sino la actitud que mostramos
cuando éste se produce. Mientras exista ocasión para hablar, pedir perdón y admitir
las propias faltas (una educación en la honestidad), los hijos aprenden que
perder el control, enojarse y decir un agravio a los seres que aman, sin ser bueno
en sí mismo, es parte de un itinerario de crecimiento y reconciliación. Tienen
que prepararse para gestionar sus tropiezos y carencias, y eso tienen que verlo
primero en sus propios progenitores. Mientras más nos esmeramos en
mostrarnos intachables menos les enseñamos a tolerar los defectos y vacíos que,
tarde o temprano, verán en sus semejantes y aun antes en ellos mismos.
Como decía Octavio Paz, “el ser humano no soporta la
felicidad por mucho tiempo”. Lo que significa que, sin dejar de importar, el
logro no es lo que más queremos sino el proceso que lleva hasta él. Si la
perfección bajara a la Tierra, quedarían vedados todos los caminos y no habrían ya más trayectorias por recorrer. Y nada detesta tanto nuestro corazón que la
inmovilidad y la desocupación. Lo que nos hace sentirnos más vivos no es la meta
sino el estar en movimiento, y lo estamos cuando hay cosas por conseguir y persisten zonas
en el mundo y en nosotros por construir o mejorar. Nuestros desaciertos y
derrotas ponen a la vista más nuestras batallas que nuestras carencias.
¿De dónde si no provendrán las historias que contamos y
nos unen? Los recuerdos que, pasados los años, nos llevan no solo a la nostalgia,
sino también al acto de abrazar nuestra vasija de barro surcada por grietas que
dejaron salir una luz.
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