Buscando un reloj de arena (caminata con mis hijos) / Víctor H. Palacios Cruz


 

Mis hijos existen, crecen y me cambian. Paso con ellos de una acera a otra y no llega la misma persona. Disfruto renunciar a quien era, y ser un poco más en algo o un poco menos en otra cosa, y todo pasa y no sé exactamente qué es lo que queda después de todo, pero lo que queda es donde estoy. Lo que soy y lo que ya no soy.

 

Durante una caminata, mis hijos pequeños y yo descubrimos una mañana la existencia de una nueva cafetería que nos atrajo sin resistencia a su interior. Ingresamos y la recorrimos. Benjamín y Patricio, con la euforia de los niños para quienes todo en todos lados es realmente nuevo e incitante para sus manos y sentidos; y yo con una sensación instantánea de armonía y reposo, producto de la propuesta del lugar.

Elegimos el pequeño patio al fondo, junto a un piano. Yo pedí un café y para ellos un queque de zanahoria. Tras acabar nuestro consumo y pagar, volví a admirar la afable ambientación, exenta de saturaciones, mientras los baristas con respeto y gentileza hablaban a mis niños y les invitaban unas galletitas. Ellos tomaron en sus manos, con cuidado felizmente, unas piezas decorativas dispuestas al lado de unos libros y que transmitían un buen gusto antes que ostentación. Benjamín, interesado en mecanismos y construcciones, puso su mayor atención en un reloj de arena.

Créditos: Cafetería Citadino (Chiclayo).


Salimos con el corazón cantando. Sin duda, debíamos tener pronto nuestro propio reloj de arena. Qué grandioso será ver en las partículas de arena que caen la verdadera materialidad del tiempo. Su existencia sujeta al movimiento de los seres. Prometimos hacer una nueva caminata para buscar uno en alguna tienda de la ciudad.

Pasados los días, llegó ese momento. Provistos de agua y fruta para el camino, concebí la búsqueda del reloj de arena también como un pretexto para un andar extenso que sirviera de ejercicio y estímulo para mis hijos a través de todos los descubrimientos y relaciones que suscita el encuentro con las cosas, los lugares y las gentes. Cada caminata tiene, para nosotros, la equivalencia de un viaje o de una etapa de la vida recogida en un itinerario.

Pasamos de nuevo frente a aquella cafetería, llamada Citadino, esta vez sin entrar. Sin embargo, Benjamín y Patricio saludaron a los comensales y baristas desde la vereda de enfrente. “¡Hola! ¡Holaaaaa!” Esa alegría de ver personas, tan natural en ellos.

Parque de las Musas (Chiclayo).


Atravesamos el alargado Parque de las Musas como tantas otras veces, pero ahora con un trazo abierto por Patricio apartado de veredas y senderos. Se internó sobre el césped corriendo entre los jardines. Benjamín y yo lo seguimos. Temí que algún vigilante nos detuviera por profanar las áreas verdes del espacio público, según esa idea absurda y común en mi país que entiende las zonas de vegetación como entornos destinados a la observación más que al contacto. Irrupciones de verdor que interrumpen el acto de habitar.

Cuando nos instalamos al fin en el lado sombreado de una ancha avenida, sobre la vereda más cómoda que conozco en todo Chiclayo, Benjamín propuso salir de la vía principal para tomar nuestra derecha y entrar en territorio desconocido. Y hacia allá fuimos, y rápidamente recibimos los primeros frutos del desvío.

Primero un albañil que trabajaba nivelando una pared. “¡Buenos días! Perdone, ¿cómo se llama esa herramienta que tiene en las manos? A mis hijitos les encanta saber esas cosas”. “Ah, sí… se llama ‘plancha’”. “Vaya, creía que se llamaba de otra forma”. “‘Barrilejo’ también la llaman”. “¡Eso! Barrilejo me sonaba más en Piura de donde vengo. Gracias, amigo.” “¿Ven, chicos? Hay cosas que se llaman de distinto modo en cada sitio. ¿Recuerdan cómo se dice maní en otros lados?” “Cacahuete, papá”. Me gusta que sepan que las palabras, las personas y sus hábitos no son iguales en todas partes. Metros más allá dimos con su colega ocupado con un taladro en descascarar otro pedazo de la vetusta pared. Esa máquina atraía aún más a mis hijos, pero justo cuando llegamos, el hombre la apagaba para darse un respiro. “¡Buenos días, disculpe!” Él tipo volteó y saludó amable. “Justo mis hijitos se colocaban de este lado para ver el taladro”. El tipo sonrió, asintió, se ajustó la gorra y reanudó su tarea. Al rato mis hijitos se despedían: “¡Gracias! ¡Adiós!” Y recorrieron un pequeño parque a la sombra de un par de árboles saltando sobre las bancas de cemento.

Avenida Balta (Chiclayo)


En seguida tomamos una vereda más estrecha que, en lugar de incomodarlos, divertía a mis niños aún más. “¡Vamos en fila india!”. De pronto, vimos venir en sentido contrario a un adulto con un bebé de meses de nacido en sus brazos. “Chicos, viene alguien que tiene preferencia en el espacio. Nos hacemos a un lado para dejar que pase”. De buena gana, cumplieron mi indicación como hacen cuando viene con alguien en silla de ruedas, por ejemplo. Al pasar aquel papá, a quien dirigí un cordial “buenos días”, Benjamín se acercó para acariciar el piececito de su hijo pequeñito con un gesto afectuoso que le he visto otras veces.

Más adelante, ya de vuelta sobre la avenida Balta de la que nos habíamos apartado, se repitió ese gesto, al que se sumó Patricio, cuando vieron a otro niño que caminaba junto a su padre y al que se acercaron para intentar abrazarlo. El pequeño no correspondió, no tenía por qué hacerlo, pero al menos el padre entendió muy bien a mis niños y nos saludó con gratitud.

“Chicos, había olvidado que salimos en busca de un reloj de arena. No se preocupen, entremos primero en la catedral, después subamos por las escaleras mecánicas hasta el quinto piso de esa tienda de la esquina y, finalmente, volvamos a la avenida porque más allá hay locales donde podremos preguntar por el reloj de arena”. “¡Siiiiií!”

Catedral de Chiclayo.


Entramos en la catedral. Volvimos a mirar sus columnas, el techo abovedado, las cúpulas, la gente igualmente sólida e inmóvil en sus silencios y sus rezos. Al ver a una señora haciendo limpieza animé a Benjamín y Patricio a saludarla y agradecerle su trabajo. Todos los oficios importan y nos ayudan.

Escogimos un reclinatorio para apoyarnos y orar juntos. Luego ingresamos en la capilla donde se exponía el Santísimo. Mis hijitos me hablaban en voz baja y se conducían con el respeto que la majestad del lugar imponía. Al salir empezamos a rodear la arquitectura del conjunto para apreciarla. Patricio dibujaba cintas ondulantes con sus pasos cortos de niño exultante de dicha; Benjamín se propuso recorrerlo todo con más lentitud caminando por el angosto cauce de un canal de derivación de lluvias. Adoptaba el punto de vista del agua que avanza.

Salimos de la catedral y, cruzando con precaución dos calles, pasamos al edificio de cinco pisos con sus escaleras mecánicas que tanto entretienen a mis pequeños. Vimos una sección de decoración y juguetería, y preguntamos por nuestro reloj de arena. No lo tenían. No importó. Luego pedimos un baño, dimos con él y cuando Benjamín se lavaba las manos descubrimos una fuga de agua proveniente de una tubería rota bajo el lavatorio. “Chicos, hay que avisar que hay una avería. Si no, alguien va a resbalar y caer, o se va a perder el agua”. Pero no vimos a nadie cerca y caminamos alejándonos del baño. Por fin apareció alguien. Explicamos todo. Nos lo agradecieron y, al despedirnos, vimos de pronto la ventana de una esquina desde donde tuvimos una inesperada vista amplia de la catedral y el bello palacio municipal. Les hice una fotografía mirando la inmensidad.

Paseo peatonal Elías Aguirre (Chiclayo).


Cuando bajamos, nos abrazamos nuevamente sin motivo, de pura alegría de lo vivido. “Muchachos, ahora sí, iremos por esta vereda, más allá hay unas tiendas donde deben vender el reloj de arena que buscamos. ¡Vamos, yeahhh!”

Fuimos y en cada tienda, conforme avanzábamos, nos decían que “no, señor”, que “no sabemos dónde se venden esas cosas”. Benjamín dijo “papá, ¿y si comemos unos helados”. “¡Buena idea! ¿Qué tal si los comemos en el paseo peatonal que tanto les gusta, escuchando a los músicos que suelen tocar por allí?” “¡Siiiiií!”

Un día extrañaré el tomar de las manos a mis hijos al cruzar la calle. Como diría Gustavo Ceratti, los llevo para que ellos me lleven a mí. Para que me lleven hacia un punto nuevo de sus vidas que será, a la vez, un nuevo lugar dentro de mí. Ellos me necesitan, juegan conmigo, les doy de comer, los baño y visto, abren un libro, derraman una comida, se rehúsan a dormir, me desafían con una conducta explosiva, me cuentan lo que sienten, me dicen que tienen miedo o cólera, que les duele algo, me abrazan, los abrazo… y en cada paso, me exigen, me adaptan, me meten en un embrollo del que finalmente salgo, me impulsan, me llevan a inventar, a crear partes de mí donde no había sino aire. Existen, crecen y me cambian. Paso con ellos de una acera a otra y no llega la misma persona. Disfruto renunciar a quien era, y ser un poco más en algo o un poco menos en otra cosa, y todo pasa y no sé exactamente qué es lo que queda después de todo, pero lo que queda es donde estoy. Lo que soy y lo que ya no soy.

Palacio Municipal de Chiclayo.


Por el paseo peatonal escuchamos a dos músicos tocando saxofón y trompeta, bailamos un poco y dejamos unas monedas. Unas cuadras atrás, buscando el reloj de arena y antes de subir al edificio de cinco pisos habíamos visto conmovidos y admirados a un discapacitado que, valiéndose de tarolas, cajas y cencerros, sumados a una botella vacía por la que soplaba, se convertía sobre el suelo en un individuo-orquesta con un gran sentido del ritmo. No encontramos lo que buscábamos, pero lo encontramos a él y, volviendo a andar, les decía a mis hijos que era bueno ayudar, apreciar el talento y agradecer lo que tenemos y no hemos llegado a perder aún.

Lo que tampoco encontramos fueron los helados que les gustan, así que caminamos más allá de lo previsto para llegar a una plazuela perfecta, además, para el descanso. Allí vimos al heladero del carrito amarillo. Al rato y tan a gusto fueron terminando sus sabrosos helados mientras yo veía, en el mío de vainilla, derretirse ese instante en que miraba a quienes un día no podré mirar ya más.

De pronto vimos a un niño más chiquito que Patricio que jugaba con un camioncito de plástico y unos autos diminutos, idénticos a juguetes que teníamos en casa. Se acercaron a él; Benjamín tomó la iniciativa y, a su estilo, acarició el hombro del pequeño que, sin embargo, reaccionó dubitativo. Su abuela lo animó a jugar con mis hijos, yo recordé que teníamos en la mochila un carrito diferente y lo saqué para prestárselo. Se sentaron los tres a jugar.

Plazuela Elías Aguirre de Chiclayo.


Aquel niño tenía el pelo largo. Benjamín a solas me diría después que creía que era una niña. Yo pregunté respetuosamente a la abuela, que confirmó mi sospecha: en su lugar de origen, una zona rural llamada Mochumí, celebran la ceremonia del “pelamiento”, es decir el primer corte de pelo de un niño varón, que tiene la misma importancia que un bautizo para ciertas culturas. La ocasión era imperdible para recordar a mis niños que las personas, los lugares y los pueblos son diferentes y que eso es hermoso. Por ejemplo, que para la familia de ese niño el corte de pelo era un momento tan especial que merecía una fiesta inolvidable. Nosotros no lo hacíamos así, pero no sería mala idea festejar nuestra próxima visita a la peluquería…

Al fin entramos en un supermercado para hacer unas compras. Benjamín y Patricio me ayudan siempre, no solo a cargar las cosas o llevarlas en una canasta con ruedas, sino incluso a buscar y localizar un producto.

Encontramos poco a poco pimientos, plátanos bizcochitos, una bolsa de azúcar, otra de chifles, unos frutos secos con arándanos deshidratados para mamá. Reunido todo, me acuclillé, los convoqué a los dos y les dije: “chicos, no hemos encontrado lo que buscábamos, el reloj de arena. Pero, ¿verdad que hemos disfrutado mucho la búsqueda?” “¡Sí, papá!” Y los abracé fuerte y largamente.

En ese instante, Benjamín tomó la bolsa de azúcar y la volteó y, antes de que pudiera decirle “cuidado, se vaya a romper”, me dijo: “mira, papá: ¡es un reloj de arena!” Y sonrieron los dos, mientras yo miraba caer los últimos granos de azúcar como caen los granos de arena que restan para voltear la marcha del tiempo.

 

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