Dichos de Confucio y una digresión sobre la interculturalidad / Víctor H. Palacios Cruz
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Entrevista de Confucio con un señor "feudal". Dinastía Ming. |
El té, el cacao, el café, las naranjas, el maíz, el arroz,
los cerdos, los caballos, la rueda, el haiku, el opio, la Coca-Cola, los
jeans y el rock and roll, son productos que pasaron con éxito de un
continente a otro, de una civilización a otra, acompañados de historias, a
veces sangrientas, que se dividen entre el recelo hostil y la adopción
entusiasta.
Sin embargo, para cualquier imperio o país siempre ha
sido más sencillo recibir una tela, un grano, una moda o un arte, que valorar a
la sociedad de donde todo ello proviene. Y a la inversa, instalarse en otra patria e insertarse
en sus costumbres, leyes y comidas ha demandado a todo viajero un proceso
lento, costoso y ambiguo, con no pocos casos célebres como Marco Polo entre los
mogoles, T. E. Lawrence entre los árabes y Paul Gauguin entre los nativos de
Tahití.
Maravillosamente más común que adoptar otra lengua u otra
cultura ha sido leer, alabar y hasta creer en la sabiduría que resulta
inseparable de una forma de vida a la que, por el contrario, se sigue
considerando ajena y exótica. Muchos peruanos lucen con orgullo una cerámica shipiba,
un mate burilado de Cochas o un textil del barrio Wayku de Lamas, pero rara vez
están dispuestos a comprender y respetar al pueblo al que deben esas maravillas.
Etéreas, las ideas viajan más bien por otros medios y lo hacen en silencio. Su inocua apariencia oculta un poder de transformación y una inspiración duradera. Por algo libros y maestros han sido más censurados que una especia o un sombrero. Al igual que Buda y sus enseñanzas, Confucio (551aC-479aC) ha ido entrando en Occidente poco a poco y a lo largo de mucho tiempo, como la práctica del Feng Shui o del Tai Chi, y no es extraño encontrarlo en librerías de ciudades pequeñas de Europa y Latinoamérica. Pero Confucio es, como Homero, solo el nombre con que se designa al autor o a los autores desconocidos de un conjunto de textos que terminaron instaurando una visión del mundo, una escuela filosófica y hasta un rasgo nacional tan reconocible como un mapa o una arquitectura.
En la edición castellana de Los cuatro libros publicada
por Paidós (2022), se incluyen las Analectas de donde extraigo estos apuntes
escasos y, sin embargo, infinitamente sonoros en el eco que despiden.
“El hombre superior es universal y no se limita, el hombre vulgar se limita y no es universal”.
“No debe preocupar el no tener un puesto sino el hacerse
digno de uno; no debe preocupar el ser desconocido, sino el llegar a tener
méritos por los que ser conocido”.
“Cuando veamos personas ilustres, pensemos en igualarlas;
cuando veamos personas llenas de defectos, volvámonos hacia dentro y
examinémonos”.
“Los antiguos eran remisos en hablar porque les
avergonzaba no llegar con los hechos a la altura de las palabras”.
“El conocimiento es conocer a los hombres”.
“Si los nombres no son correctos, las palabras no se
ajustarán a lo que representan y, si las palabras no se ajustan a lo que
representan, los asuntos no se realizarán.
Si los asuntos no se terminan, no prosperarán ni los
ritos ni la música; si la música y los ritos no se desarrollan, no se aplicarán
con justicia penas y castigos y, si no se aplican penas y castigos con
justicia, el pueblo no sabrá cómo obrar.
En consecuencia, el hombre superior precisa que los
nombres se acomoden a los significados y que los significados se ajusten a los
hechos. En las palabras del hombre superior no debe haber nada impropio”.
“Antiguamente, los hombres estudiaban en orden a
perfeccionarse a sí mismos, ahora estudian para que lo vean los demás”.
“Hay casos en los que la muerte física es la última
perfección de la virtud cívica”.
“El que no piensa en lo que está lejos con certeza
sufrirá con lo que tiene cerca”.
“El hombre vulgar necesita embellecer sus errores”.
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Monumento a Confucio en Buenos Aires. |
Fuente:
Confucio (2022) Los cuatro libros. Traducción,
introducción y notas a cargo de J. Pérez Arroyo. Madrid: Paidós.
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