¿Cuál es la parte central y más elevada de nuestra humanidad? Una crítica de la hegemonía de la razón y el cerebro / Víctor H. Palacios Cruz
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La aldea y yo. |
El
cerebro, o lo que los antiguos llamaban tutuma, caletre o sesera,
no es una parte autónoma, sino inserta en una red de sensaciones, lazos afectivos
e interacciones con el espacio. Una inteligencia individual es obra de un útero
así como del cariño recibido, de los hábitos domésticos, de los sucesos del
camino, de la técnica disponible y hasta de la arquitectura habitada.
Según
Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant y otros, el humano es exclusiva o
principalmente su inteligencia. Esa excelsa capacidad infinita que se enrolla y
aprieta entre los pliegues de una “materia gris” a la que oculta y protege una
caja fuerte bellamente redondeada. En correspondencia, sigue siendo universal el
cerebro como imagen por excelencia de lo más admirable de nuestra anatomía y de
todo nuestro ser.
En aulas de
colegio y universidad se repite todavía lo que afirmaba hace cuatro siglos el Discurso
del método de Descartes: que la razón, más que cualquier otro
atributo, es lo que nos coloca por encima de los demás vivientes de la Tierra. Una razón
idéntica en todos los miembros de nuestra especie y el ascensor por el que ésta
subirá un día hasta la azotea de lo eterno. La adorada esencia que debemos resguardar
de la turbiedad de los sentidos y las emociones.
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El paseo. |
Facultad noble
que, sin embargo, tiene la desgracia de hospedarse en un entrevero de tejidos y
viscosidades al que Inocencio III llamó “bulto vil y miserable” y el abad Odon
de Cluny “saco lleno de inmundicias”. Por eso cuando nos falla el juicio la causa
nunca está en el pensamiento, sino en las engañosas apariencias, en una falla
de los sentidos, en la ceguera de los sentimientos o, si se es mujer, en las
insidias de la menstruación. La culpa es siempre del cuerpo, de la materia y del
mundo.
Queda mucho
por delante hasta que calen en la mirada común los datos científicos que, en
los últimos años, cuentan lo contrario a lo que la ciencia moderna ha narrado
por tanto tiempo. Hallazgos que terminan dándole la “razón” a la sabiduría
popular que esa misma ciencia había despreciado, y según la cual a veces se
“piensa con el hígado” y otras “con el estómago”.
En concreto,
el cerebro no es una parte autónoma, sino inserta en una red de sensaciones, lazos
afectivos e interacciones con el espacio, y bien puede decirse que una inteligencia
individual es obra de la estancia uterina así como del cariño recibido, de los hábitos domésticos,
de las vivencias del camino, de la técnica disponible y hasta de la
arquitectura habitada.
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Sobre Vitebsk. |
Puedo
contar que todas estas ideas a la vez que me venían de artículos y ensayos,
iban alzando poco a poco su rostro entre mis pasos de profesor y de papá.
Pronto vi que una clase dada sin gusto ni fervor mutila al estudiante y lo
ovilla como un quelonio que se endurece a la defensiva. La pobreza de circuitos
neuronales y hasta la reducción de la masa encefálica ya no son solo producto de
un mal genético, sino también de la soledad, el desafecto, la desnutrición y
la falta de juegos en la infancia.
Asimismo, como padre
lamento con amargura todas las veces en que he vedado un territorio en el andar de
mis dos hijos chiquititos debido a un exabrupto, una impaciencia o una pereza;
igual que salto de júbilo mirando sus aprendizajes cotidianos. El sencillo
espectáculo en que la vocalización de una palabra o el salto desde un escalón equivalen
a la toma de un universo.
Por ejemplo,
me entusiasma cómo Benjamín, con menos de cinco años, adquiere nociones matemáticas
lejos de la pizarra y el papel contando los arándanos de un plato y las
cucharadas de la avena o, más aún, construyendo edificios, máquinas y conjuntos
urbanos con sus pequeñas piezas de Lego.
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El cumpleaños. |
Patricio,
por su parte, es todo música, movimiento y jovialidad y me da unos besos
sonoros y abrazos que me expanden el alma lanzándome al cielo como los personajes
enamorados que vuelan risueños sobre los cuadros de Chagall. Su avance en el
habla es distinto del de Benjamín y me gusta que sea así. “Papá, tráeme uno
vasito de agua”, me dice y no tengo deseo alguno de corregirlo explicándole que
se dice “un” en vez de “uno”. Ya el tiempo traerá consigo la rectificación y se
llevará, también consigo, lo que ahora no quiero dejar de disfrutar, su tierna
y graciosa vocecita diciéndome: “quiero uno poquito”.
Vibrando con
estas cosas, caigo en la cuenta de que la humanidad que somos mis hijos y yo no
está en nuestros cerebros ni en nuestras individualidades,
sino en el aire por el que van y vienen nuestras voces y miradas. Que en su
crecimiento no veo únicamente el progreso de la razón, cuyo cultivo unilateral
causaría, por lo demás, un desequilibrio peligroso.
Como se
sabe, el cerebro no es solo una aptitud cognitiva, es también la conexión con el
cuerpo, la regulación de funciones y la relación con el entorno y con los demás.
Como demostró hace unas décadas Antonio Damasio, el puro funcionamiento lógico
no lleva a ningún lado y, en cambio, las emociones explican tanto los
descarríos de la inteligencia como sus aciertos, su tenacidad y hasta el tino de
sus decisiones.
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El carro volador. |
Lo que los
antiguos llamaban tutuma, caletre o sesera lo han moldeado
mis papás y abuelos, mis maestros, mis lecturas y costumbres, pero también el
caminar por el campo, el tratar con alumnos, el enamorarme de mi esposa, el organizar
una casa y el tener dos bebés. Soy claramente una criatura de mis hijos y, sin ellos,
no experimentaría la inmensidad que ha venido a añadirse inabarcable a mi conciencia.
Cerebro
sentimental, qué duda cabe, tan extraño en alguien que se dedica a los libros y
a la filosofía. Cerebro al que ahora remueven cosas que en el pasado rodaban como
sobre una laja de piedra. Lo supe una noche, hace más de un año.
Paseaba un
domingo por las calles de Piura, cuando mis hijos y yo descubrimos una feria de
artesanías, en uno de cuyos puestos Patricio vio un robotito articulado de
madera que decidí comprarle y al que le puse de nombre “Matías”. Patricio llevó
a Matías hasta su carita cerrando los ojos, y desde ese instante no lo soltó ni
cuando, al caer la tarde, subimos a un transporte que nos llevaría de vuelta a
Chiclayo. Sentadito a bordo se fue durmiendo con Matías en una de sus manos.
Cuando ya el autobús entraba en el terminal de destino, juntamos a prisa
nuestras cosas y yo me encargué de Patricio, mientras Benjamín bajaba de la
mano con mamá.
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El violinista celeste. |
Recogimos
el equipaje, buscamos un taxi, atravesamos la ciudad, llegamos, subimos una
larga escalera y en ningún instante se despertó Patricio. Ya en su cuarto, lo
acosté en seguida, le cambié la ropa y le di un beso en la frente. Salí para
ordenar nuestro equipaje y fue entonces que recordé a Matías y caí en la
cuenta, aterrado, de que no lo había visto en todo el trayecto desde el bus
hasta la casa. Empecé a buscar en los bolsillos de las mochilas, en el bolso de
mi esposa y por todas partes, sin resultados. Al rato, dormido Benjamín,
Cristina se tendió al lado de Patricio. Me acerqué a ella y le susurré si había
visto a Matías. Cuando me dijo que no y que creía que yo lo había guardado,
concluí que al tomar a Patricio en mis brazos para bajar del autobús, Matías
había caído de sus manos y permanecido en la penumbra de un rincón o debajo del
asiento. Lloré. Lloré mucho con una pena nueva para mí. Lloré como si yo mismo tuviera
dentro el corazón de mi bebé apesadumbrado.
De
inmediato escribí a mi suegro y le pedí que comprara otro juguete idéntico en
la misma feria de artesanías. Al día siguiente, encontró uno y nos lo envió desde
Piura por un servicio de encomienda. Fui en taxi a recogerlo con ansias y
finalmente lo puse de nuevo en las manos de Patricio. Él lo miró, lo tomó por
un momento y, de pronto, lo dejó por otra cosa y quedó en algún lado olvidado para
siempre. Vi que mi error no había tenido ni arreglo ni perdón. Patricio parecía
no haber extrañado a Matías ni haber sufrido por su ausencia, y eso fue lo que hizo
más profunda mi tristeza.
Pasados los
días, mi memoria volvió ya no sobre la pérdida sino sobre las lágrimas que
salieron aquella noche delante de mi hijo dormido. ¿Qué podía explicar esa fuerte
e incontenible reacción? Concluí que era solo la primera señal de un nuevo
órgano biológico y mental que estaba creciendo en alguna zona dentro de mí.
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Sobrevolando la ciudad. |
Vivía una silenciosa metamorfosis y, si me costaba reconocerla, era porque seguía pensando que el cerebro era una sustancia inmutable fijamente localizada entre mis dos orejas. En realidad, el cerebro tiene allí solo a uno de sus componentes y el resto se ramifica y entrelaza con las manos, los objetos, los lugares, las personas y los sucesos. No es casual que a veces me parezca que mi esposa y yo cuando vemos una película, o mis alumnos y yo en el curso de una clase, o un amigo y yo cuando tomamos un café, formamos juntos un único órgano sensorial.
Del mismo
modo que en ningún hecho de la historia hay protagonistas solitarios, sino una
red de contextos y cooperaciones; que el centro de la vida no es una parte (cerebro,
corazón o pulmones), sino la unión de las partes; que la vida misma no
existiría sin una vastedad de seres e interrelaciones… Así también, todo lo que
la conectividad neuronal percibe, procesa y responde no se debe solo a una cabeza
de la que yo mismo no soy dueño por completo, sino en rigor a todo el cosmos que ella respira y en el que se detiene y en el que vuelve a navegar.
Que, en
definitiva, yo no soy únicamente yo, sino también el afecto de mis
padres, la sonrisa de Cristina y cada una de las jornadas con mis hijos. Que
solo acariñándolos, escuchando sus palabras, pidiendo perdón y tocándolos, soy
por fin la persona que lleva mi nombre. Que, por lo mismo, en cada uno de mis
actos de indiferencia o tosquedad, y en todas las formas de daño que cometo, socavo
al otro al mismo tiempo que pierdo algo de mí cuya ausencia ni siquiera podré
saber ni extrañar.
Que, como Matías,
el yo que pudo ser acabará siendo más irreal por olvidado que por desaparecido.
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