Ser papá y ser escritor (la inmortalidad y el instante). Episodio familiar / Víctor H. Palacios Cruz
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Roberto Bolaño y uno de sus hijos. |
Anoche me sentí
miserable. Mi yo-escritor y mi yo-papá colisionaron con estrépito. La idea
vanidosa de no dejar esta vida sin juntar puñados de palabras dignos de una
duración siquiera breve en algún rincón el mundo, me apartó de
un presente vívido en el que tenía, además, una obligación ineludible: la
conducta de mi hijo de cuatro años de edad, que insistía en hacer algo que yo
juzgaba fuera de lugar y que demandaba, entonces, la dedicación de todos mis
sentidos y no precisamente mi frustración de ver reducidos los minutos y las fuerzas
que con tanta esperanza había reservado para el trabajo en mi escritorio.
* Todas las imágenes
restantes pertenecen a la publicación:
http://www.eraseunavezqueseera.com/2015/03/18/escritores-y-tambien-padres/
El presente y la
perduración
No tengo duda de
que el ansia de perennidad, es decir la ilusión de que nuestras creaciones dejen
una huella que los años no desvanezcan, puede distraernos incluso amargamente
de la única realidad tangible e innegable que tenemos a nuestra disposición, el presente. Ese trozo abstracto de una
totalidad igualmente abstracta. Ese punto invisible y sin lugar que imaginamos
separado de lo ya sucedido y de lo por suceder. El instante.
Como enseñan las riberas
de un río, la vecindad de lo firme e inmóvil es lo que permite a la mirada
notar, por contraste, el desplazamiento de las cosas. Con el auxilio de los límites
de lo constante, más que con la abstracción de nuestras mediciones, reunimos y
diferenciamos sucesiones de presentes a las que luego llamamos “el vuelo de un
ave”, “la caída de un objeto”, “una canción”, “el crecimiento de un niño”, “la
vida de una persona”. Nudos y conglomerados de la percepción, unidades que
David Hume atribuía a la arbitrariedad de nuestra mente más que a las
propiedades de unos seres más allá de nuestras impresiones. Ese acto de atar, unir
y abarcar cuya costumbre nos llevó a proyectar la unidad que reúne la sumatoria
de las unidades, la totalidad de los diversos “todos” del tiempo y del espacio.
El universo.
La ansiedad del desenlace mengua la capacidad para gustar de lo inmediato. La grisura de una lejanía marchita la frescura del instante
El riesgo es que, distraídos
por la fantasía que nos hacemos sobre el destino que tendrá en ese todo cualquiera de nuestros
esfuerzos, es decir, por la imagen de un trayecto venidero en rigor inexistente,
es que terminamos por perder de entre las manos la parte del conjunto que pasa a
nuestro lado. De ello hablaron varios maestros, desde Séneca hasta Montaigne y
desde Lao Tsé hasta Claudio Magris. La ansiedad del desenlace mengua la capacidad
para gustar de lo inmediato. La grisura de una lejanía marchita la frescura del
instante.
Así, la prisa por
un final –el éxito, el triunfo– acaba por ausentarnos de un momento que se
marcha sin tocarnos, privándonos de esa verdad que solo la existencia de un
rastro puede mostrar: el acontecer de una experiencia. Algo que justamente entendí
cuando murió una de las personas más importantes de mi vida, mi abuelo materno
y campesino.
En el momento
en que me lo contaron por teléfono, a la vez que algo abandonaba mi ser para
siempre perdiéndose en lo alto, mis pies hollaron una superficie sólida bajo la
ola oscura de la pena, y tuve como nunca la seguridad de que mi abuelo había ciertamente
existido. De que su cercanía, sus gestos y su voz ya eran, a partir de ese
final, verdades invencibles e imperecederas. Como dice Fernando Savater, el haber
vivido es algo que la misma muerte ya no puede barrer del universo.
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Gabriel García Márquez con su esposa y sus hijos Rodrigo y Gonzalo. |
La costumbre de
escribir
Anoche me sentí
miserable. Mi yo-escritor y mi yo-papá colisionaron con estrépito. La idea
vanidosa de no dejar esta vida sin juntar puñados de palabras dignos de una
duración siquiera breve en algún rincón del mundo, me apartó de
un presente vívido en el que tenía, además, una obligación ineludible: la
conducta de mi hijo de cuatro años de edad, que insistía en hacer algo que yo
juzgaba fuera de lugar y que demandaba, entonces, la dedicación de todos mis
sentidos y no precisamente mi frustración de ver reducidos los minutos y las fuerzas
que con tanta esperanza había reservado para el trabajo en mi escritorio.
Para explicarme,
puedo empezar diciendo que no tengo por hábito sentarme ante una página en
blanco en horarios prestablecidos. Yo “escribo” yendo y viniendo, atravesando
un pasillo rumbo a una clase, paseando a mis bebés para que duerman. Mozart
contaba en una de sus cartas que, muchas veces, componer era para él
transcribir sobre el papel la partitura que tenía ya entera en su cabeza. Sin
negar que la manualidad de la escritura misma a menudo interfiere y desvía el
curso de lo concebido, yo abro un archivo de Word en mi pantalla solo cuando
una secuencia de frases se ha fijado en mi interior y ha ido creciendo espontáneamente,
como se multiplican por mitosis ciertos organismos unicelulares. Escribo, en
suma, para arrancarme el puñal de un zumbido que persiste implacable en mi cabeza.
Escribo para arrancarme el puñal de un zumbido que persiste implacable en mi cabeza
Dicho de otra forma, el
escribir no es para mí un acto acotado y contrapuesto a la marcha de la vida, sino
más bien un modo de estar en ella, mi propia manera de existir diciéndome a mí
mismo cada cosa que pasa.
Recuerdo que hace tres años cuando Benjamín tenía apenas uno de edad me sucedió que, habiéndose despertado en la madrugada, empecé a pasearlo con la mayor ternura, su cabecita acomodada sobre mi hombro izquierdo, su lugar favorito. En alguna de las vueltas que daba en la enorme habitación que entonces compartíamos, descubrí, como quien levanta la vista y da con un pájaro que lleva ya buen rato posado sobre la rama de un árbol, que en una esquina de mi mente permanecía inmóvil un tema repentino.
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Ernest Hemingway con su hijo Jack, "Bumby". |
Sin dejar de sobar
la espaldita de mi bebé de arriba abajo, me acerqué con sigilo hacia ese tema y,
en seguida, empecé a entreabrirlo y extenderlo. Como consecuencia de lo cual, poco
después me hallaba trazando encadenamientos y ramificaciones, y memorizando palabras
y oraciones. Se trataba de un intento de análisis sobre cómo la crisis
sanitaria de la pandemia de COVID-19 cuestionaba nuestra visión del mundo y de
la naturaleza humana.
Llegado un punto, cuando
Benjamín hacía mucho que había conciliado de nuevo su sueño, preferí seguir caminando
con su cuerpecito cerca de mi corazón empeñado en repasar la urdimbre arácnida
que había ido tejiendo en la penumbra. Cuando al fin acosté a mi bebé y me
acosté yo mismo, me sobrevino la angustia de olvidar lo laboriosamente concatenado
en mi cabeza y, allí mismo sobre la cama, volví a repetir de principio a fin el
orden de mi discurso. No dormí más. Miré la hora y decidí levantarme en
silencio para ir a tomar asiento frente al escritorio de nuestra biblioteca.
Comencé a aporrear mi laptop poseído por el demonio de un pensamiento que no admitía prórrogas
Encendí mi laptop
y comencé a aporrearla como si se tratara de la vieja máquina de escribir de
mi papá, poseído por el demonio de un pensamiento que no admitía prórrogas.
Eran las cinco de la mañana cuando me senté a teclear, y terminé mi texto justo
antes de la hora en que debía dar una clase a través de una plataforma virtual
a las siete de la mañana. Di mi clase con brío y alegría, y recién por la tarde
cayó sobre mí un cansancio del tamaño de un mamut. Sentí la dulce fatiga de
haber concluido un documento que, días después, se convertiría en una
conferencia que impartí en la ciudad.
Una noche
desafortunada
Benjamín, de ahora
cuatro años, caminaba conmigo por la calle mientras yo le señalaba fachadas y
edificios que podían alimentar sus ideas para el juego con bloques de Lego que tanto lo entretiene. Ya de regreso luego de unas compras, pidió un helado. Me costó disuadirlo de
ese anhelo inoportuno por una tos que tenía y por la proximidad de la hora de
su cena. Conseguí que aceptara, en lugar de ello, ver un par de videos breves de
diseños de vehículos en miniatura con material reciclable, tras lo cual,
acabada su comida, volvió a la mesa atiborrada con esas piezas de plástico con
las que hace cada cosa que nos asombra a mi esposa y a mí, y que entusiasma
incluso a un arquitecto amigo nuestro. Construcciones que contemplan la
presencia y la acción de las personas, ese criterio tan humano y esencial que han mencionado con tanta convicción figuras del del urbanismo y la arquitectura como Jane Jacobs y Jan Gehl.
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Albert Camus y su hija Catherine. |
Una vez fue una
casita con alero que, según le dije a Benjamín, podía permitir a unos
caminantes protegerse del sol o la lluvia, escuchado lo cual en seguida se puso
a buscar las piezas con las que adosar, bajo ese alero, un banco sobre el cual
esos paseantes imaginarios pudieran sentarse para esperar resguardados. Otra
vez se trató de un hotel con cuartos provistos de camas y mesas, unido a un
parque con diversos niveles de tránsito y un canal de agua al costado, y sobre
todo el detalle de unas luces en el exterior junto al acceso principal que
alumbrarían los pasos de quienes llegaran al hotel.
El caso es que
anoche, cuando ya veía peligrar el tiempo que dedicaría a mi plan literario, Benjamín
me pidió contra todo pronóstico que le repitiera un video, deseo que resultaba inconveniente
para su propio descanso y que exigió un nuevo esfuerzo de paciencia y persuasión
para llevar su voluntad hacia algo distinto que lo encaminara finalmente a la
preparación de su sueño. Sin embargo, en contra de sus hábitos, él se obstinó y,
entonces, la demora de la dificultad me cegó con la visión amplificada,
incandescente, de mi fatiga en aumento y el tiempo brutalmente recortado para
mi rato de escritura.
Yo perdía mi ocasión de aspirar a una dudosa inmortalidad mundana del mismo modo que perdía la única realidad que en ese instante existía
El “tiempo”
acariciado como una oportunidad de hacer algo que venciera el paso del tiempo
y mereciera un trocito de posteridad, se alejaba velozmente a la vez que renunciaba
a buscar alguna manera de contentar a mi bebé, presa inocente, además, de la
flaqueza emocional que trae consigo el cansancio de un sistema nervioso todavía tierno hacia el final de un día.
En suma, yo
perdía por completo mi ocasión de aspirar a una dudosa inmortalidad mundana del
mismo modo que perdía la única realidad que en ese instante existía, el presente
vivo de mi pequeño hijo necesitándome a mí, alborotado por un deseo que, no por
imposible, dejaba de ser verdadero y soberanamente real.
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Juan Rulfo y su hijo Juan Francisco. |
Mi esposa acudió
en mi socorro y sobre todo en socorro de Benjamín, y con su mano de algodón y
la cálida suavidad de su voz, logró conducirlo hacia la calma y luego hacia su descanso.
Después de cantarle, lo acostó dulcemente dormido, mientras yo huía cobardemente
de la escena y me metía en la ducha para lavar mis frustraciones de escritor y mi
conciencia culposa de padre bajo el chorro de agua más frío y abundante.
Después, me tumbé sobre un sofá, triste, estéril y embrutecido, a merced de los
algoritmos de Youtube puesto el primer video que llamara mi atención.
Un rato más tarde me
fui a dormir con la paz que deja la aceptación honesta del error, el
arrepentimiento hablado con mi esposa y la claridad de las causas y de la
magnitud del daño provocado, con las ganas de que amaneciera pronto para correr
a abrazar a Benjamín y reconciliarme con él y pedirle perdón y volver a
abrazarlo otra vez larga e inacabablemente.
Ese presente lo dejé pasar por quedarme mirando una distancia que no estaba en ningún lado
Esa noche, es
verdad, perdí una posibilidad de perdurar por medio de un escrito que ya nunca
más podrá existir, pero tuve igualmente claro que se trataba de una perennidad
sobre la que nadie en este mundo podía tener certeza alguna, y esa noble
inseguridad no valía nada delante de un presente que, en su incomparable
pequeñez y su más ineluctable fugacidad, era lo único que realmente había
perdido. Ese trance, esa compañía de un ser que amo tanto y que reclamaba mi
corazón, el instante en que yo era el único que podía salvarlo de su sufrimiento. Ese presente lo dejé
pasar por quedarme mirando una distancia que no estaba en ningún lado. El
borroso horizonte de lo irreal en que, por si fuera poco, me miraba solo a mí
mismo y a nadie más.
Creo ahora que ya
puedo decir, persuadido por la experiencia, que es cada “presente” del amor a
los hijos lo que más se parece a esa “eternidad terrena” que la exaltación romántica,
por el contrario, atribuye a ciertos momentos dulces y ensimismados de la vida
de pareja. Que el abrazo acompañado de un “te amo, papá” de mi Benjamín al día
siguiente, al igual que el beso que esta mañana me ha dado Patricio, su
hermanito, son esos claros del Cielo que se abren sobre la Tierra circulares y
resplandecientes, intemporales, en medio de la hosca espesura de los días.
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J. D. Salinger y su hija Margaret. |
Epílogo
Esta mañana
temprano, rumbo a la universidad, me devolvió la sonrisa el recuerdo de un
hecho sencillo y reciente. Benjamín caminaba por el parque con mi esposa y, de
pronto, mirando hacia lo alto, dijo: “mamá, ese árbol está feliz”. “¿Por qué
crees que está feliz, mi amor?”, le preguntó Cristina. “Porque lo mueve el
viento”, contestó mi hijito.
Se lo contamos a
un amigo, en una cafetería, después de presentar un libro mío que acababa de publicar y nos dijo:
“¡parece un haiku!”. Sí, efectivamente lo parece: “el árbol está feliz,
porque lo mueve el viento”.
Bajando del taxi y,
luego, subiendo unas escaleras rumbo a un aula de clases, fui dándome cuenta
poco a poco de que esta y otras expresiones de Benjamín –de una concisión
comparable a la fracción de un presente– poseían el fulgor de una
inmortalidad pura y natural. La cualidad de lo imperecedero que yo vanamente
trataba de alcanzar por medio de los laberintos y marañas de mis textos, cargados
de tanta voluntad y, por ello mismo, densos, pesados y volátiles.
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