Los libros (de papel) como objeto de destrucción y de pasiones / Víctor H. Palacios Cruz
El libro de papel posee una materia extremadamente vulnerable a la humedad,
el abandono o el fuego. Preciados libros personales y colecciones enteras públicas
o privadas han perecido unas veces por culpa de un accidente y otras veces, más
numerosas, víctimas de un deseo explícito de exterminio de las ideas, las
personas o los lugares. Irrecuperable, el saber de los textos bajo la acción de
las llamas se eleva y ya es solo “una corriente de aire” (A. Pope). Hace un
tiempo, el erudito francés Lucien X. Polastron publicó al respecto Libros en llamas. Historia de la
interminable destrucción de las bibliotecas (2004), cuya lectura resulta a la par fúnebre y amena como esas visitas a los cementerios en que los
parientes bailan y cantan lo que en vida bailaba y cantaba el difunto. Reúno
aquí el bello negativo de estas páginas, es decir el reverso de este inventario
de la aniquilación que es la memoria del valor y el significado que manuscritos
e impresos han inspirado a sus dueños y usuarios (una selección de citas a las
que añado un bonus track de Elias
Canetti y otro de Stefan Zweig). Como con los seres humanos, la desaparición de los libros de papel es,
también e inseparablemente, la señal de que su existencia fue cierta y además amada,
y ya solo por ello imperecedera.
Epígrafe
“Es probable que los libros de
verdadero papel (entiéndase, hecho a mano), portadores de caligrafía hermosa, sufrirán
algún día la misma suerte y terminarán recortados en páginas enmarcadas como si
fueran manuscritos. Tal vez sea el destino de todo libro ejercer una atracción
francamente fetichista en un mundo de saber desmaterializado”.
(p. 239)
Hechizos de la lectura
“Un día de 974, como su bibliotecario
no había encontrado el libro que le había pedido, el califa fundador al Muiz
dijo: «entonces fui yo mismo, abrí uno de los gabinetes y me quedé de pie en el
lugar donde me parecía que el libro debía estar. Era al atardecer. Comencé a
examinar los títulos y hojear el primer libro que encontré. Me detuve en
algunos pasajes que quería estudiar en profundidad; después tomé otro volumen y
me pasó lo mismo. Así me quedé leyendo libro tras libro, había olvidado la
razón por la que había ido y también olvidé tomar asiento. Solo reparé en dónde
estaba cuando empezaron a dolerme las piernas por haber estado de pie tanto
tiempo».”
(p. 57)
Decía Li Zhi (1525-1602), iconoclasta
chino: «todo el que se consagra al estudio busca atrapar en el fondo de sí
mismo el fondo de la vida y de la muerte, el secreto de su destino…una urraca
podría anidar en su cabeza y él ni siquiera se daría cuenta».
(p. 91)
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Lucien X. Polastron. |
Acumular libros hasta cerrar accesos y pasillos
“Richard Aungerville de Bury, obispo
de Durham, decide fundar un nuevo colegio en Oxford, que recibirá su
excepcional biblioteca personal, con cinco benedictinos para administrarla.
Gran coleccionista, sus misiones diplomáticas para Eduardo III le permitieron
sobre todo recorrer la Europa de los libreros, de los copistas y de los
archivos para satisfacer su pasión por los libros, cualquiera que fuese su
apariencia y contenido: lo cuenta con tanta pedantería como entusiasmo en su Philobiblion, «amor por los libros». Se
ha dicho de Bury con exageración que poseía más libros que los que había en
toda Inglaterra. William de Chambre cuenta que el obispo acumulaba libros en
todos sus castillos y que las pilas estorbaban sobre el piso de su habitación a
tal punto que no se podía caminar sin tropezar con ellos. Después de su muerte
en 1345, la venta de sus 15 mil obras (1500 solamente según algunos aguafiestas)
no es suficiente para saldar las inconmensurables deudas que había contraído
para adquirirlos, y su colegio comenzó a funcionar con los estantes vacíos”.
(p. 122)
Los libros como munición de artillería
En los días de la Revolución Francesa,
“en Narbonne muchos libros fueron enviados al arsenal (…) Sí, «los servicios de
artillería manifiestan un gusto muy vivo por los libros, semejante al de los
fabricantes de papel», como Didot en Essonnes. «Enviar los libros al arsenal»
no significa que los militares aspiren a la instrucción, sino que arrancan las
páginas para hacer con ellas pequeños paquetes de pólvora para meter en sus
fusiles, de manera que el plomo que recibirá el enemigo en la cabeza estará
condimentado con el pensamiento de los mejores filósofos”.
(p. 142)
El saber como olor de los libros
“Conocimiento puede decirse en chino shu xiang, «perfume de libros», lo que
acerca esta idea a las palabras de Richard Aungerville de Bury en el siglo XIV,
cuando este se deleitaba recorriendo las librerías parisinas, «más aromáticas
que las tiendas de especias».”
(p. 190)
Libros hechos de pedazos de libros
“John Bagford (1650-1716). Zapatero,
bibliófilo, fundador de una Antiquarian Society, pasó su vida en bibliotecas de
toda Inglaterra arrancando las portadas interiores de 3355 libros antiguos para
editar una obra que nunca apareció pero para la cual distribuyó, en 1707, un
prospecto: El arte de la tipografía.
En su colección se encuentran indiferentemente los frontispicios de todos los
Cicerones impresos en 1606, Ovidio, Bocaccio, Swift y Pepys, el intrigante A speedy remedie against spitituall
incontinencie de 1646, y, de Robert Gentilis, The Antipahty betweene the French and Spaniard (1641). Tal
compendio de libros raros se encontraba encuadernado en 100 infolios que
constituyen actualmente y, a pesar de su origen, el orgullo de la British
Library (…)
“Tan intenso amor por los libros no
podía más que generar émulos rápidamente. Joseph Ames (1689-1759) publica en
1749 un Typographical Antiquities del
cual estaba orgulloso de decir: «no elegí componer mi obra a partir de
catálogos sino de los libros en sí» y, de hecho, arrancó 10428 fragmentos de
obras, publicadas entre 1474 y 1700, que le gustaban”.
(p. 235)
Partir al más allá abrazado a los libros
El emperador chino Tai Zong, hacia el
siglo VII, “pasó gran parte de su reinado reuniendo astutamente los más bellos
escritos que existían, entre los que se encuentran el Prefacio al pabellón de las orquídeas del monumental calígrafo Wang
Xizhi para que lo acompañaran en su tumba. Muchos harían lo mismo. Así, el
primer historiador de los mongoles, Rashid al Din, antes de ser ejecutado en
Tabriz en 1318, adquiere cientos de manuscritos raros y los instala
prolijamente en su sepultura, en la que se encontraron más de mil obras de las
mejores manos, entre ellas las de Yaqut al Mustasimi y también las de Bin
Muqla, iniciadores de la bella escritura árabe”.
(p. 14)
Destruir libros para que nadie repita tu sabiduría
“En 999, Avicena tenía 18 años y su
prestigio ya era grande, al punto que el sultán Bujara lo invitó a la corte. «Descubrí
–dijo– varias salas llenas de libros, guardadas en casilleros, hilera sobre
hilera; una sala consagrada a la filología árabe y a la poesía, otra a la
jurisprudencia y así sucesivamente. Examiné el catálogo de los autores griegos
antiguos y encontré las obras que quería; allí vi libros que pocos han oído
nombrar y que yo mismo no volví a ver en ningún sitio, ni antes de esa visita
ni después.» Hizo tan buen uso de esa biblioteca para su desarrollo personal que,
cuando un incendio la consumió totalmente, nació la leyenda que cuenta que el
mismo Avicena lo había provocado para que nadie pudiera ser tan sabio como él”.
(p. 62)
El cuerpo y los libros devueltos a la totalidad
“Cada biblioteca es el vivo retrato de
su antiguo propietario. A menudo las obras están duplicadas, pero no son nunca
los mismos libros. Y fueron sin duda comprendidos de distinta manera.
“Por otro lado, el coleccionista cuyos
átomos irán mañana a fundirse con otros átomos del cosmos puede ordenar que las
obras que poseyó sean confundidas sin la más mínima marca reconocible con las
de la más vasta biblioteca del país, tal como las cenizas del difunto se
dispersan sobre el terreno de la huerta”.
(p. 243)
Ser es leer: dejarse morir cuando ya no se puede leer
“Eratóstenes, el gran bibliotecario de
Alejandría, un erudito de fama universal que vivió en el siglo III antes de
Cristo y llegó a disponer de más de medio millón de códices, hizo un
descubrimiento terrible a los ochenta años: sus ojos empezaron a negarle sus
servicios. Aún veía, pero era incapaz de leer. Otra persona habría aguardado la
ceguera total. Él pensó que su alejamiento forzoso de los libros era ya
suficiente ceguera. Sus amigos y discípulos le suplicaron que no los
abandonase. Él sonrió sabiamente, les agradeció y se dejó morir de hambre en
cuestión de pocos días”.
(E. Canetti, Auto de fe, p. 31)
El lector absorto
"Una vez un carbón al rojo vivo cayó de la estufa, el parqué empezó a chamuscarse ya a humear a dos pasos de él. Un cliente se percató del peligro gracias al olor infernal y se lanzó a apagar apresuradamente el fuego; él mismo, Jakob Mendel, sentado a dos palmos y ya tiznado por el humo, no notó nada. Porque estaba leyendo, como otros rezan, como los jugadores juegan y los borrachos miran al vacío aturdidos, leía con un ensimismamiento tan conmovedor, que desde entonces la lectura de otras personas siempre me ha parecido profana. En Jakob Mendel, ese pequeño librero de viejo de Galitzia, vi por primera vez en mi juventud el gran misterio de la concentración absoluta, que hace al artista y al erudito, al verdadero sabio y al loco rematado, esas dicha y desdicha trágicas de la obsesión absoluta".
(S. Zweig, "Mendel el de los libros", p. 295-296)Fuentes:
Lucien X. Polastron (2007) Libros en llamas. Historia de la
interminable destrucción de las bibliotecas. México DF: FCE.
Elias Canetti (1997) Auto de fe / El testigo de oído. Madrid:
Anaya & Mario Muchnik.
Stefan Zweig (2019) "Sueños olvidados" y otros relatos. Barcelona: Alba.
Me resulta interesante como se aborda en el texto la vulnerabilidad de los libros de papel y su posible destrucción tanto por accidentes como por deseos explícitos de exterminio de las ideas, las personas o los lugares. Destacar la importancia que los libros han tenido para sus dueños y usuarios y cómo su desaparición es señal de que su existencia fue cierta y amada, por lo que son imperecederos. Además, muy interesante la presentación de lecturas y casos en los que los libros fueron acumulados en grandes cantidades, incluso hasta cerrar accesos y pasillos, como el caso del obispo Richard Aungerville de Bury. También las situaciones en las que los libros fueron utilizados como munición de artillería durante la Revolución Francesa. En general, el texto invita a reflexionar sobre el valor de los libros y su preservación a lo largo del tiempo. ¡Lectura muy recomendable!
ResponderBorrargracias, querido Raúl, por tu gentil y entusiasta receptividad. Todos tenemos recuerdos de lecturas y de libros. Y qué diferente es cuando se trata del contacto con impresos, con volúmenes que se tocan y sostienen con las manos. La lectura digital es valiosa e irrenunciable, por supuesto, pero sin duda deja otra clase de relación, más etérea, menos háptica, menos emocional, menos espacial, menos corporal. Menos sostenible en el tiempo, en consecuencia.
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