“La cucaracha aún estaba viva”. Anécdotas y contradicciones en la crianza de los bebés / Víctor H. Palacios Cruz
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Niños jugando en la playa. |
En la crianza de los
hijos hay preocupaciones a las que es necesario buscar su contrapeso. Por
ejemplo, el cuidado de la salud –extendido a los hábitos de higiene, el plan de una dieta y una amplia variedad de precauciones–, tiene que ser
debidamente enlazado con el interés y la compasión por el otro. Me explico.
Al fin y al cabo la salud es una conveniencia individual que, siendo
definitivamente indispensable –más aún en la etapa delicada y vulnerable de la
infancia–, sin embargo su preponderancia puede acabar reforzando en la mente
del niño una inclinación inconsciente pero marcada hacia el egocentrismo que,
por lo demás, viene ya con él por razones de sobrevivencia. Lo he comprendido
mejor luego de una sucesión de anécdotas que contaré a continuación y que confirman,
de paso, las dudas y las incongruencias que enfrenta la educación
familiar que, como tal, no se parece en nada a la programación lineal de una enseñanza escolarizada, por ejemplo, sino más bien a un proceso de descubrimiento
y de paulatino aprendizaje e improvisación.
Me
he propuesto por todos los medios que en mis dos bebés, Benjamín y Patricio, arraigue una sensibilidad por el prójimo que les permita interiorizar el cariño y la atención hacia
los miembros de la familia, la cortesía con la gente por la calle y el cuidado
de los espacios compartidos fuera de casa.
Cada
vez que tengo el menor pretexto, y el tiempo disponible, salgo con ellos a una
farmacia, a un supermercado, a una panadería o a un pequeño mercado popular
cerca de nuestra casa. En el camino les hablo del funcionamiento del semáforo y
sobre por qué es bueno respetarlo; de la justicia del turno que nos corresponde
en una cola; de la preferencia que hay que dar a una persona en silla de
ruedas; o del agradecimiento que debemos a todos los que nos prestan un
servicio.
Ernesto Sabato: “solo pueden ofendernos las personas que amamos”
En
el mismo sentido, aun cuando no puedan captar la totalidad de mis palabras y
explicaciones, procuro hacerles ver por qué están mal ciertas cosas que vemos al
salir. Por ejemplo, que alguien estacione su vehículo sobre la vereda
impidiendo el paso del transeúnte, o que otro bloquee con su motocicleta la rampa
destinada al uso de un discapacitado. Admito, de paso, que estas
infracciones brutales al orden público y al más elemental sentido común me
enfurecen sobremanera.
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Niños del mar. |
A
propósito, una mañana en que caminaba con Patricio en su coche y Benjamín de la
mano le pedí a un mototaxista que retrocediera para dejar libre el paso del
peatón que había invadido, a lo que el tipo se negó groseramente. Insistí, esta
vez con energía, y accedió a echarse atrás apenas unos centímetros, así que
finalmente pasamos frente a él corriendo algún peligro. Algo insólito e
inaceptable. En mi indignación lo llamé “irresponsable” y aquél entonces replicó con una artillería de insultos tan soeces como reveladores.
Por ejemplo, lo recuerdo bien, y a voz en cuello: “¡Cachudo! ¡Seguro que tu
mujer te manda con los hijos!”. Aún recuerdo que, desde otra esquina, una señora
testigo de la escena le respondió por mí con otros insultos de similar calibre.
Ahora mismo me río al recordarlo.
Dos
días después, avanzando por la vía pública con mis dos pequeños, aquel forajido
pasó a varios metros de nosotros trazando una curva y, al reconocerme, disparó
de nuevo su inocua munición: “¡Cachudoooo!”, desde luego una delicia de vocablo
para el análisis de un psicoanalista, y que mi cabeza desvió fácilmente
con el escudo de una vieja frase de Ernesto Sabato: “solo pueden ofendernos
las personas que amamos”. A propósito diré, para resarcir a esta ciudad, que casi a continuación, cruzando una avenida sin semáforos con mis dos pequeños, un ciclista se detuvo, bajó de su bicicleta y se paró en medio de la pista para detener el tráfico e indicarme que pasara sin preocupación. De esa generosa ayuda también les hablé largamente a mis hijos.
Una vez jugando a moler maíz, Benjamín dijo al ver lo que caía al otro extremo del molino: “parece una lluvia que cae”
Entra tanto puedo decir que el mayor de mis bebés, Benjamín, de tres años y unos meses ha empezado
a hacer, en la faceta más asombrosa del crecimiento que es el aprender a hablar, unas construcciones sintácticas interesantes por su complejidad y conmovedoras
por sus significados.
Una
vez jugando a moler maíz en casa de mis papás dijo en voz baja sonriendo, al
ver lo que salía del otro extremo del molino: “parece una lluvia que cae”. Otra, identificando
una figura en una pieza de su piso de goma, en el cuarto de juegos, dijo: “es
un corazón, pero diferente del que está en la panza”. Hace poco, me cuenta mi esposa,
hizo este comentario teniendo cerca a su hermanito de año y cinco meses: “soy
más largo que Patricio, pero todavía soy pequeño”.
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Madre y niño. |
Por
otra parte, añadiré que al estar con mis bebés la prioridad que me impongo ante la
aparición de un bicho cualquiera es alejarlo, incluso conducirlo hacia al
exterior si lo avistamos dentro de la casa, sea araña, hormiga, mosca o avispa.
Solo cuando hay riesgo para ellos actúo drásticamente y, con la serenidad que el
momento permita, cojo una servilleta para capturar y, sin que se vea, triturar al intruso.
Una
tarde juntos, Benjamín y yo ayudamos a un diminuto insecto pegado al vidrio de
la ventana cerrada del cuarto de juegos a dar con la salida abriéndola e
intentando dirigir su aleteo con el mango de un juguete de plástico cuidando de no lastimarlo. El éxito de nuestra operación de rescate me llevó a hacer un
relato sobre el animalito al fin liberado. “Ahora podrá regresar a casa y ver a
sus hijitos. Los va a abrazar como cuando mamá vuelve a casa, luego de su
trabajo, y los busca a Patricio y a ti para estar juntos de nuevo”, le hablé a
Benjamín.
Quitarle sus miedos a un niño o a un adulto es improbable, pero queda el tratar de inculcar un entendimiento de sus causas
Mi
idea es hacerle entender a él y a Patricio que los animales no tienen intención
de mal, que para ellos solo existe alrededor lo que los amenaza o lo que los
alimenta, y si nos atacan no siendo nosotros su comida –una abeja o un perro–
es seguro porque creen, equivocadamente, que vamos a hacerles daño.
Otro
día, casi frente a nuestra casa, Benjamín lloró asustado por los ladridos de un perro que corrió súbitamente desde una puerta abierta
hacia la reja que por fortuna nos separaba de él. Calmado mi hijito, me agaché y
luego de abrazarlo mirándolo a la cara le conté que el perro
reaccionaba así porque no estaba habituado a ver gente, porque quizá sus dueños
no lo sacaban a pasear y por eso nosotros, sin querer, le causábamos un miedo enorme que
lo hacía comportarse así. Que el perrito, en suma, experimentaba también un
sufrimiento.
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Velero de juguete. |
Desde
entonces, Benjamín lo llama “el perrito nervioso” y repite que esa mascota
“ladra porque no pasea en el parque”. Quitarle a un niño, incluso a un
adulto, la totalidad de sus temores es una tarea improbable, pero en cambio queda
el tratar de inculcar cierto entendimiento de sus causas y, sobre todo,
como en este caso, usarlo como una ocasión para ponernos en el punto de vista
del animal, como también en otros casos en el del prójimo. Del mismo
modo, por cierto, que yo debería igualmente imaginar la perspectiva de mis bebés, a los
que no siempre logro entender a las primeras.
A todo esto y hablando de condolencias y empatías, me ha impresionado una conducta últimamente frecuente en Patricio. Cada vez que nota que Benjamín protesta o solloza por lo que fuere, se acerca a él, con un semblante mezcla de pena y preocupación, y le acaricia con su manita el hombro y la cabeza. Ayer mismo por la mañana, luego de un trance difícil que no supe manejar en que Benjamín lloraba mientras yo intentaba consolarlo, Patricio apareció no sé de dónde con un trozo de papel higiénico con el que de pronto empezó a limpiar la nariz moquienta de su hermano mayor. Al instante el que lagrimeaba era yo, enternecido.
Patricio apareció con un trozo de papel con el que empezó a limpiar la nariz moquienta de su hermano mayor
Después
ocurrió más bien lo inverso. Patricio insistía en pedir algo que yo no descifraba
y Benjamín, que no suele invitar sus chifles, uno de sus gustos favoritos, bajó
del banco donde estaba sentado disfrutándolos y cogió uno para dárselo a
Patricio con una expresión solidaria y afectuosa que no le había visto antes.
Interiormente
me dije que quizá nuestro esfuerzo como papás por inducir en ambos una actitud
de cuidado mutuo, que incluye actos de cooperación y compasión, empezaba a dar sus
primeros frutos. Hubo una vez en que Patricio enfermó de su pancita –luego lo
supimos– por haber ingerido una miga de plastilina, y entonces yo le dije a
Benjamín que debíamos acompañarlo y acariciarlo para que se recuperara pronto, y
antes que nada no dejar por cualquier parte restos de plastilina. Y cuántos de
esos peligros afrontamos cuando jugamos juntos en el parque arbolado al lado de
nuestro edificio en el que, por razones imaginables, abundan las posibilidades de
infección y contagio.
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Velero navegando. |
Pues
bien, diré por último que acabo de quedarme en un inusitado vacío de recursos
como padre que me ha provocado un remordimiento que hasta ahora me perturba.
Sobre una vereda vecina por donde avanzaba con mis dos bebés, Benjamín se
rezagó de repente. Al voltear lo vi detenido apuntando con uno de sus deditos
hacia una mancha sobre el suelo. Retrocedí con Patricio en el coche, miré bien
y descubrí una cucaracha panza arriba con dos tercios de su cuerpo
horriblemente aplastados y sus patitas delanteras y antenas agitándose
desesperada e inútilmente.
Era una cucaracha panza arriba con dos tercios de su cuerpo aplastados. "Está pidiendo ayuda", dijo Benjamín
La
universal mala fama de esta antiquísima especie de cloacas e inmundicias me llevó
a apremiar a Benjamín a seguir adelante y reanudar nuestro camino, a lo que él
contestó: “está pidiendo ayuda”. Tomé su mano y lo llevé conmigo a
prisa, mientras empujaba el coche de su hermano menor diciendo que la luz del
semáforo ya iba a cambiar; pero un silencio profundo se instaló, desde ese
momento, espeso e irresoluble en el centro de mi conciencia. “¿Estás seguro de
que estaba viva, amor? A lo mejor era el viento el que movía las patas del
animal”, dijo mi esposa. “Sí, corazón, observé bien y no tuve la menor duda. La
cucaracha aún estaba viva”, respondí como quien confiesa un delito, un pecado o una grave contradicción
perpetrada delante de la mirada de sus hijos inocentes.
Un poco fuerte, desde luego aquel episodio con el mototaxista... Eso me hizo recordar que en el norte, por lo general, el insulto preferido del gremio transporte es "cachudo". Siempre dicen "cachudo"... lo que me lleva a la reflexión de que cuando uno insulta busca siempre lo más bajo de su repertorio. Pero en ese abismo, siempre es uno el que se contempla; de manera tal que los insultos son también una muestra de lo que más nos atemoriza o de nuestras peores carencias. El hecho de que un mototaxista use la palabra "cachudo", no sólo debería reflejar un temor desmedido por la fidelidad de su propio cónyuge sino por el miedo a ser "atrasado", "humillado", etc. De allí que una buena forma de conocer a las personas y a la sociedad en, general, es por sus insultos.
ResponderBorrarQué honor recibir tu comentario, querido y admirado Josué. Concuerdo totalmente contigo, aquel insulto en realidad retrata más a quien lo profiere y, de hecho, describe perfectamente alguno de los varios terrores que aquejan a la mentalidad machista. En un análisis que he planteado en otra entrada del blog dedicado al machismo justamente, intento demostrar que esta conducta, o más bien esta deformación de la masculinidad, en realidad esconde inseguridades y angustias profundas, y que sobre todo supone una autocastración. Por ejemplo, para el varón machista ocuparse en la crianza y atención de los hijos es únicamente tarea femenina, de manera que él se absuelve de estas responsabilidades. Pero lo que parece la práctica de una liberación y un desembarazarse de culpas termina constituyendo, sin la menor duda, la evidencia de una cobardía, una debilidad y un miedo terrible a afrontar ciertas complejidades de la vida y ciertas responsabilidades más aún. El machista se siente aterrado ante la enfermedad de la propia madre, ante las dificultades de comportamiento de los hijos y, antes que nada, ante la psicología diferente del otro sexo. Sería interesante, por otra parte, acudir a un diccionario y una historia del insulto, sobre lo cual me suena haber visto alguna vez ciertas investigaciones, Un abrazo!
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