Los bellos recuerdos de mi padre como maestro rural / Víctor H. Palacios Cruz
En un apunte de sus diarios, Julio
Ramón Ribeyro observa que su caso como escritor no es el de Kafka o Stendhal –añadiría el de Vargas Llosa–, que tuvieron una vocación
trazada en oposición a un padre autoritario, violento y opuesto a la pasión literaria
de sus hijos. Como consta en uno de sus cuentos autobiográficos, “Página de un
diario”, la figura paterna en Ribeyro, perdida en su adolescencia, posee por el
contrario una perennidad que actúa como un amparo y, también, como una
evocación que produce un efecto elegíaco a la vez que inspirador.
Comparable al caso de Michel de
Montaigne, que dedicó a su progenitor –perdido también en su
juventud– numerosos recuerdos de una gratitud que llega hasta la
reverencia en sus Ensayos que, dicho
sea de paso, tienen no pocos puntos en común con la sensibilidad y la visión del
mundo contenidas en la obra de no ficción del autor de La palabra del mudo. En el narrador peruano tanto como en el ensayista
francés, que vivió en la Francia convulsa del siglo XVI, el cariño filial se
consuma en una carrera intelectual que fue, en cierta medida, la continuidad de
la que el padre no pudo colmar en vida por culpa de diversos impedimentos de orden
coyuntural, familiar o personal.
En Ribeyro y Montaigne el cariño filial se consumó en una carrera intelectual que fue la continuidad de la que el padre no pudo colmar en vida
En el desenlace de “Página de un
diario”, Ribeyro escribe: “comprendí por primera vez que mi padre no había
muerto, que algo suyo quedaba vivo en aquella habitación impregnando las
paredes, los libros, las cortinas y que yo mismo estaba como poseído de su
espíritu transformado ya en una persona grande. «Pero si yo soy
mi padre», pensé”.
En la muy pequeña escala de mi historia como escritor
–poeta, articulista, ensayista– no aparece la herencia de un objeto como en el cuento
ribeyriano –una pluma–, pero sí el tempranísimo ejemplo de un hombre que, más
allá de las formas solemnes que tomó de sus mayores, transmite en su modo de
contar historias, en la intimidad de la familia o en veladas con amigos, que
ante todo lo que hace es amar el hecho de hablar a los demás, es decir, el acto
de desprenderse del más preciado tesoro: una memoria personal, la certidumbre
de un afecto o la claridad de un pensamiento.
En cada reunión donde él toma la palabra el oyente ve
surgir, en el centro del espacio, una esfera cristalina en cuya transparencia se
perfilan nítidos los detalles y la sucesión de sus relatos, gracias a una entonación,
una cuidadosa elección de los vocablos y las pausas e inflexiones de las que
emana una autoridad natural que no es, para nada, la consecuencia de un exceso
de énfasis ni de ningún histrionismo innecesario.
Recuerdo, por ejemplo, las noches de un prolongado Fenómeno
del Niño que provocaba apagones diarios que no causaban ni en mis hermanas ni
en mí el fastidio de una privación, no solo porque entonces no se tendían aún
las redes digitales en que ahora navegamos, o que más bien habitamos, sino
porque a determinada hora luego de la cena –de la sala en el ángulo oscuro, el
televisor olvidado– nos citábamos en el patio de nuestra casa para escuchar las
historias que mi papá hilvanaba con una lentitud que, en su voz, no equivalía a
demora sino a una intensidad creciente e irresistible.
Luego de la cena –de la sala en el ángulo oscuro, el televisor olvidado– nos citábamos en el patio para escuchar las historias de mi papá
Las tantas ocasiones, indirectas o explícitas, en que él alentó
mi hábito de escribir fueron no solo el impulso literario al que no pude resistirme
(“cuando un misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer”,
escribió Saint-Exupéry), sino también el impulso decisivo para aprender a vivir
y amar, en el entendido de que vivir
y amar son “experiencias” que solo ocurren
cuando se dicen con frases y palabras. Con unos signos que, al permitir aferrar
lo vivido, conceden a la vez el acto más libre de la vida que es contarla a
otra vida.
Por todo esto es que el hecho de que mi padre, Higinio
Palacios Sullón, a la edad de 79 años publique sus primeros libros es no solo
tan significativo para él mismo y para la incontable gente que lo conoce y
quiere y le debe tanto como hombre y como maestro, sino también particularmente
confirmatorio de mi propio derrotero.
En una pujante editorial piurana, Cortarrama, dentro de
una serie llamada Tipografía y como parte de un programa dirigido por Alberto
Machuca Maza –admirable mediador de lectura y gran animador cultural–, con el fin
de alentar publicaciones que permitan, a través de la distribución de
ejemplares en bibliotecas escolares y públicas de varios departamentos en el
norte del Perú, disponer a niños y jóvenes de una literatura de calidad que no
solo sea la que justificadamente los conecta con la gran tradición universal
(Homero, Dante, Cervantes) o nacional (Palma, Valdelomar, Vallejo), sino
también una que los ponga en relación con el andar de su propia comunidad, con
los rasgos de sus paisajes e idiosincrasias que, al fin y al cabo, son las
coordenadas entre las que aprenderán a caminar por el resto del tiempo en el planeta.
Como se ha dicho de Don
Quijote, o como Stefan Zweig dijo respecto de los Ensayos de Montaigne, cada vez que un escritor refiere los
hechos más menudos de su comarca o los de su propia existencia habla en nombre de
toda la humanidad, al entrar en una hondura que, siendo única e irrepetible
sin la menor duda, se puebla al mismo tiempo de espejos en los que sus
semejantes se reconocen o miran por vez primera a sí mismos. En ese sentido,
ningún canon literario cumple su función de preservación y comunicación si no
incorpora las voces cercanas que garanticen en el alma de sus más imberbes lectores
la comunión con el conjunto del género humano.
Al permitir aferrar lo vivido, las palabras conceden el acto más libre de la vida que es contarla a otra vida
El primero de estos libros está a punto de ser presentado
en la ciudad de Piura, y se titula Tiza y
trocha. Memorias de un profesor en la sierra piurana. El segundo, de
próxima aparición, se llama Locos,
juegos, costumbres y misterios. Memorias e historias de personajes del Bajo
Piura.
El primero recoge su llegada a un poblado del distrito de Santo Domingo (provincia de Morropón, Departamento de Piura), adonde fue destacado como profesor apenas terminada su formación como tal. En un relato sencillo y por ello mismo eficaz en lo emocional, su autor describe las impresiones que le causaron la geografía, la gente y las condiciones de enseñanza que encontró.
El paisaje que rodeó a mi padre como profesor rural. Foto: V. H. Palacios C. |
Sin ningún alarde, mi padre da cuenta no solo de adversidades desafiantes, sino también de la respuesta cooperativa de los pobladores, así como de una serie de actitudes que adoptó y que, por cierto, deberían convertirse en obligadas recomendaciones para todos los que vayan a dedicarse a esta tarea grandiosa y tan poco agradecida que es la enseñanza. Me refiero a su inmediato acercamiento a la comunidad en la que iba a trabajar, su conocimiento atento y paciente de las rutinas y creencias locales, y hasta la disposición no solo al sacrificio de su tiempo, sino también a la entrega de cualidades que no poseía y que la gente más humilde espera siempre en quienes vienen de otros lados. Por ejemplo, mi padre haciendo de peluquero de niños antes de un desfile en una plaza, o de riguroso tesorero en una fiesta recaudatoria para ayudar a financiar la construcción de una escuela. Con tanta razón decía Jacques Lacan que “amar es dar al otro lo que no se tiene”.
En el libro hay también pasajes que enternecen y remueven:
el ánimo del profesor asaltado por la soledad y la nostalgia en las noches frías
de un caserío sin actividad nocturna ni ocio de ninguna clase, de repente
acompañado por vecinos que, compadecidos, vienen a traerle una bebida caliente, una
guitarra y la más cálida conversación; o también la tristeza desgarradora que
siente al ver a sus pequeños alumnos jugar con tan pocos medios, casi con el
aire, desconsoladamente incapaz de correr y volver de inmediato con los
juguetes que les hacían tanta falta.
Nunca le ha bastado el dar clases, siempre ha hecho más que solo eso, por ejemplo componer canciones y teatro para sus niños
Diré que he sido testigo de muchas cosas que este libro
no cuenta porque pertenecen a tiempos posteriores, pero que corroboran que mi
padre ha sido un profesor de vocación genuina y de un coraje a prueba de tantos
sinsabores –muchos de ellos relacionados con los sueldos humillantes que hasta
ahora reciben los profesores de colegio en el Perú–, sin todo lo cual quién
sabe si hubiera tenido las pausas y las fuerzas que demanda una vocación
de escritor. Una ilusión callada que, desde algún día que desconozco, se aposentó en el pecho de un
hombre que jamás rehuyó la realidad que le tocó encarar, sin que por ello, como ahora vemos, tuviera que renunciar a sí mismo con el rencor y la
amargura de todas sus imposibilidades.
A él nunca le ha bastado el dar clases,
siempre ha hecho más que solo eso, por ejemplo componer canciones y teatro para
sus niños. Esa creatividad y esa iniciativa que con tanto ahínco desincentiva la rígida
organización de la educación escolar y universitaria de nuestros días, más
empeñada en el orden administrativo que en la vitalidad y la libertad de la auténtica
docencia.
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El matrimonio de mis padres en la iglesia de Santo Domingo (Morropón). Archivo familiar. |
Por último, algo sé de Tiza y trocha que ningún lector podrá hallar en sus páginas. No la
fuente de sus historias, sino el origen de su escritura. Una mañana de mayo de 2015,
convoqué a mis padres a un desayuno en el restaurante de un hotel junto a la
plaza de armas de Piura. Quise sorprenderlos con la presentación de quien es
ahora mi esposa. Sorprenderlos no solo en el sentido de la noticia, sino también
con el inesperado vuelco en el rumbo de un hijo que a los 43 años parecía irredimiblemente
in-casable.
Avanzada la mesa y complacido con la buena nueva, mi papá
empezó a recordar cómo conoció a mi mamá, justamente durante sus andanzas como maestro
en la sierra piurana, con una sucesión de pormenores tan llenos de encanto, que
no tuve la menor duda de que se trataba de una historia que debía ser puesta
por escrito. En algún momento pensé en hacerlo yo mismo, pero de pronto, poco
antes de despedirnos, mi padre contó que había decidido, evidentemente
entusiasmado por mi presente enamorado, narrar su propia historia de
amor. Y ese fue el comienzo de un libro ahora ya impreso y disponible.
Solo sabe enseñar quien primero ha saboreado la dicha de aprender. Y solo aprende aquel a quien el mundo le parece un lugar inagotablemente bueno
Un romance que en su caso, como en el mío ciertamente, no
fue una interposición o una pausa en el curso de sus pasos, sino más bien un
desarrollo natural del gran amor a la vida y a lo que la llenaba. Porque, en
definitiva, quien se ama a sí mismo en todo lo que ama no divide ni contrapone
sus amores.
El mismo júbilo con que mi papá ha impartido miles de
clases a tantas generaciones de estudiantes, es el que yo he visto en su fervor
de niño al hablarme del bellísimo lugar o la divertida costumbre que acaba de
descubrir en el reportaje de un canal alemán que transmite en castellano, o la
olvidada canción que acaba de recuperar en un vídeo de YouTube.
Porque únicamente sabe enseñar quien primero ha saboreado
la dicha de aprender. Y solo aprende aquel a quien el mundo, a pesar de sus
sombras y defectos, le parece un lugar inagotablemente bueno en cualquiera
de cuyos recodos siempre hay algo que merece ser contemplado, “aprehendido” y compartido.
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