Somos libres, seámoslo ya. A propósito del Bicentenario / Víctor H. Palacios Cruz
“¡Somos libres, seámoslo siempre!”,
dice la primera línea de nuestro himno nacional. Versos compuestos cuando la
independencia política del Perú, proclamada unos días antes por el General don
José de San Martín, no se había todavía consumado como lo haría al fin tras la
Capitulación de Ayacucho de 1824, firmada poco después del triunfo del ejército
libertador al mando de Antonio José de Sucre.
Como ilustró la película Papillon (F. Shaffner, 1973), basada en
las memorias de Henri Charrière y cuya trama relata los intentos reiterados de escape
de un presidiario injustamente condenado a un hórrido calabozo en la Guayana
francesa, el ser humano puede llegar a correr los riesgos más inimaginables con
tal de recobrar esa condición invisible que le permite, siquiera por la muerte,
restituirse a sí mismo la humanidad en aquello que más la singulariza: la
capacidad para disponer de su propio obrar absuelto de cualquier coacción. En
una palabra, eso que suele llamarse “libertad”.
Desde el lóbrego interior de una prisión,
la libertad es la delgada luz que resplandece sobre el umbral de la puerta: el
anuncio de una dorada exterioridad, del espacio abierto y sin fin que invita al movimiento
de los pies y al de las manos también.
La emancipación no fue más que el comienzo de una tarea más prolongada y onerosa, aún inconclusa
Es entonces que la libertad que se
abraza con ardor –a menudo contra toda esperanza como en el personaje de Papillon, rodeado por una geografía que
era en sí misma la más opresiva de las cárceles y custodiado por los oficiales
más duros y desalmados–, se reduce a su sentido más primario y a su realización
más urgente.
Isaiah Berlin distinguía dos dimensiones
de la libertad que denominó, respectivamente, “libertad negativa” y “libertad
positiva”, con la salvedad de que los adjetivos no tenían una intención
valorativa, sino más bien descriptiva. En efecto, “libertad negativa” es, para Berlin,
la negación de cualquier clase de constricción externa (unas cadenas, una
celda, una amenaza física o moral) o interna (una enfermedad, una pasión
violenta). Por tanto, un estado individual o colectivo que podría bien expresarse
como un “ser-libre-de”.
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Retrato convencional de don José de San Martín. |
En segundo lugar, “libertad positiva” refiere
el contenido específico de la libertad, del cual la “libertad negativa” es sólo su primer
requisito y su condición material, y que Berlin entendió como la “capacidad
para actuar”, el “ser-libre-para”.
Por tanto, como el poder de iniciativa que nos permite emprender y sostener una
acción determinada.
A la luz de estos conceptos, se diría
que lo que se proclamó el 28 de julio de 1821 y se obtuvo militar y
políticamente un 9 de diciembre de tres años después, fue la más elemental de las libertades: es decir, la negativa,
que en concreto consistió en sustraer el gobierno del Perú a la administración del
Imperio español.
Lo que doscientos años más tarde
tenemos que reconocer en un rincón de nuestro ánimo conmemorativo, es que la
existencia de un país no está garantizada por su “ser-libre-de” un dominio
extranjero, sino que, por el contrario, esta emancipación no es más que el
comienzo de una tarea que puede llegar a ser más prolongada y onerosa, y
que, desde luego, no se limita a la elección de una bandera ni a la inspirada composición
de un himno nacional.
Ser libre no es no tener nada que hacer sino, por el contrario, ser capaz de hacer algo
Para que alguien goce de la libertad
de escribir un libro o jugar un partido de fútbol, no basta con que sus extremidades se hallen despojadas de grilletes. Tanto o más que ello, es
preciso sobre todo que quiera y se
decida efectivamente a redactar unas páginas o a patear una pelota. Ser
libre en su sentido más rotundo no es no tener nada que hacer sino, por el
contrario, ser capaz de hacer algo. No es estar eximido de deberes, sino ser
capaz de imponerse a uno mismo el gran deber de un proyecto o una ilusión. Lo
que en sustancia significa ser capaz de amar, nada menos.
En 1821, quisimos ser una República, y contentos con romper una atadura, incluso disputándonos los méritos de esa anhelada victoria por medio de los caudillismos de gran parte del siglo XIX, olvidamos tomar las riendas de un país cuya realidad –y cuán confundidos seguimos a propósito– no es la espontánea consecuencia de una rica y larga historia o el resultado natural de una abundancia de comidas, danzas y paisajes. No tampoco el producto automático de un crecimiento económico, por lo demás engañoso y desigual.
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Capitulación de Ayacucho, pintura de D. Hernández. |
El ilustre historiador José Agustín de
la Puente Candamo repetía, en sus inolvidables clases, que la causa principal
de nuestra Independencia había sido la formación de una entidad colectiva nueva y diferente
respecto de su raíz andina, española y africana. Una comunidad que había ido
madurando en el silencio cotidiano de la mesa, la familia, el comercio y la
cultura. En suma, esa interacción creativa y constante que discurre al margen
de la dirección de cualquier gobierno. La gran cuestión, como dice en nuestro tiempo el
brillante politólogo Alberto Vergara, es que esa riqueza indiscutiblemente
mestiza no ha dado lugar a una genuina “comunidad política”.
Diría con crudeza que en estos dos
siglos lo único que hemos llegado a tener en común es un territorio, un pasado y numerosas promesas incumplidas. Que es lo que en el fondo
explica ciertos hechos innegables e hirientes como la ausencia del Estado en buena
parte del país que sirvió como contexto favorable para la demencia terrorista
de hace unas décadas; el tener uno de los índices más altos a nivel mundial de
desconfianza mutua; y, más recientemente, el desprecio y el rencor puestos en
evidencia por unos comicios electorales dramáticamente ajustados.
Un país no es la espontánea consecuencia de una larga historia o el subproducto natural de una abundancia de comidas y paisajes
El mismo autor del relato que cuenta
la película Papillon, Henri
Charrière, lejos al fin de su prisión de la Isla del Diablo, tuvo una vida errabunda
que no parecía aterrizar en ningún proyecto definido. Una extracción de
diamantes, un intento de robo a un banco y otro de unas joyas, precedieron al
descubrimiento de que lo que mejor se le daba hacer era el solo contar sus aventuras,
las carcelarias en la novela igualmente llamada Papillon (1969), y las que siguieron a su fuga definitiva en el volumen
titulado Banco (1973).
Ocurre que, como demostró Erich Fromm
en su célebre ensayo El miedo a la
libertad, la amplitud incierta a la que se enfrenta la voluntad finita de
cualquier mortal puede ser tan intimidante que, por absurdo que parezca, puede llevar
a muchos a añorar el recorrido acostumbrado por los angostos corredores
de un estado de servidumbre.
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Mapa del Perú en 1821. |
En verdad, es lo que había contado
mucho antes Platón en su alegoría de la caverna, al presentar a unos
prisioneros tan convencidos de que las sombras que tenían ante sí eran lo único
existente que, sin remedio, rechazan las noticias que les da un hombre sobre la
realidad superior que ha visto fuera de la caverna, y a quien estarían dispuestos incluso a matar si insistiera en perturbar la seguridad de su cautividad inmóvil.
El Perú, en resumen, es el
contraste entre una vitalidad cultural apasionante y una sociedad todavía
inconclusa por culpa no solo de la suma de aberraciones de su rumbo
político, sino también y sobre todo por culpa de la abstención de sus propios
habitantes, reflejada en el desinterés por involucrarse en la gestión de lo
que, a fin de cuentas, les pertenece a ellos en primer lugar. Invirtiendo el
título de uno de los libros de Alberto Vergara, más que “ciudadanos sin
república”, somos una “república sin ciudadanos”, puesto que volcados por
cobardía, astucia o resignación a nuestras conveniencias privadas, descuidamos
que no hay libertad más plena que aquella por la cual le conferimos forma a
nuestra existencia en común al ocuparnos, por fin, del cuidado de la calle, la ciudad
y el país por medio de la actividad pública y la carrera política y, aun antes,
por medio del modesto, asequible pero decisivo ejercicio de las virtudes
cívicas.
Somos un país de emociones y no de compromisos. Felices de ser la mejor hinchada de un mundial de fútbol, pero vergonzosamente incapaces de vivir juntos
Somos, pues, un país de emociones
y no de compromisos. Felices de ser la mejor hinchada de un mundial de fútbol,
pero vergonzosamente incapaces de vivir juntos.
La nuestra es una idiosincrasia que retiñe los extremos –los de las simpatías y
las antipatías, la adulación y el desprecio, el calor fraterno y el odio
vengativo– al tiempo que decolora la zona intermedia que es donde se trenzan los nudos de la sociedad. Quiero decir que exaltamos los afectos particulares –los del parentesco y la amistad– en desmedro de nuestras relaciones de vecinos y
conciudadanos. Nuestra servicialidad y eficiencia se reserva para los allegados
y se regatea para el desconocido, lo que confirma que para nosotros solo
existen los intereses personales y no el bien común ni el funcionamiento de las instituciones ni el sentido de la justicia.
Recíprocamente, al acudir a cualquier espacio
de la vida pública pronunciamos ciertos tratamientos de confianza –“cuñao”,
“compadre”, “hermanito”, “causita”, “amigo”– con la intención de abrir un
gentil atajo que nos ahorre el tener que seguir, como cualquier parroquiano, las
vías del orden y las normas prestablecidas. Pregunten a nuestros estudiantes de
colegio y universidad si el trabajo en equipo es algo que los entusiasme y
satisfaga. En sus respuestas, por lo común amargas o desganadas, asoma la misma
oscuridad que luego explica todo lo demás y da razón de nuestro terco fracaso
como democracia y como comunidad.
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Partitura de la primera página del himno nacional del Perú. |
Cumplidos doscientos años
ya no podemos seguir imputando al extinto imperio español o a cualquier otro
enemigo externo el origen de nuestras desgracias. Tampoco
tenemos derecho a seguir sintiéndonos víctimas de alguna fatalidad cósmica.
Hace tanto que nuestras manos se
desprendieron de los hierros que las paralizaban, y ya es hora de que ellas
hagan algo con el barro por fortuna todavía fresco que tienen delante para
hacer de este suelo no solo un lugar maravilloso, sino además digno, vivible y
verdaderamente nuestro. Y solo será nuestro por entero cuando intervengan todas
las manos y se escuchen todas las voces. Todas por igual.
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