Sobre el conflicto entre la vida familiar y la vida intelectual / Por: Víctor H. Palacios Cruz
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Dando las gracias antes de comer, de E. Pieters (1856-1932). |
Qué difícil es
compaginar la vocación creativa o intelectual con las dulces y agotadoras obligaciones
del hogar. No juzgo a quienes nos legaron una obra imperecedera a expensas de
sus familias y sus hijos. Pero, ¿cómo afrontar dos deberes que son
igualmente humanos e irrenunciables? Quizá ambas facetas se alimentan en
secreto a la espera de un tiempo maduro, o crepuscular, en que llegará la
cosecha de una sabiduría esencial, recia y sosegada.
Hace
mucho oí a un veterano maestro dar consejos a estudiantes universitarios que deseaban
convertirse en historiadores: “procuren casarse con una buena mujer que les
ahorre las preocupaciones hogareñas para que puedan entregarse por entero a su
tarea”. Los tiempos han cambiado y, sin la menor duda, para bien.
Apenas
iniciada mi paternidad, fui entendiendo que mi papel no era “ayudar” a mi
esposa en los cuidados de nuestro hijo. En rigor, esa tarea la involucraba a ella
tanto como a mí, más allá de que por naturaleza el cuerpo masculino no es capaz
de dar a un bebé todo lo que él demanda. Sin embargo, y no me engaño, a partir
de ello vi drásticamente recortadas mis horas dedicadas a la lectura y la escritura.
La incorporación de la contribución femenina a todas las actividades ha sido una conquista que indudablemente ha enriquecido nuestra sociedad
El
cuestionamiento del arraigado machismo en la sociedad occidental es uno de los avances
más resistidos y a la vez más constructivos de los últimos años. Junto con la urgente
condena de la violencia contra la mujer, la incorporación de la inimitable
contribución femenina a todas las actividades ha sido una conquista que, aunque
debe seguir extendiéndose aún, ha traído un apreciable enriquecimiento a nuestra sociedad.
Acerca
del predominio de la mano derecha, el antropólogo Robert Hertz observó hace un
siglo que la izquierda era sistemáticamente estorbada y oprimida, y por tanto mutilada,
causando con ello un empobrecimiento motriz y hasta cerebral. En su ensayo La mano derecha, concluyó la
conveniencia de un crecimiento más armonioso que despertara “las energías dormidas”
en la parte censurada de nuestra anatomía.
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Robert Hertz y su esposa Alice, entre 1910 y 1913. |
Es la misma exhortación que podría hacerse frente a la exclusión de lo femenino en la cultura, la economía o la política. Recuperar la mirada del otro sexo –distinta, y por ello ni inferior ni superior a la masculina– supondría un incremento de nuestra percepción y de nuestra relación con el mundo y con nuestra propia humanidad.
El
arquitecto Jan Gehl, famoso por sus trabajos de rediseño del espacio urbano en
función de la figura humana y el encuentro entre ciudadanos, contó que este
giro en su profesión se debió al comentario que hizo su esposa a él y sus
colegas con quienes compartía en casa fotografías de sus proyectos. “No se ve
gente allí”, dijo ella. Una sutil observación que le hizo entender que construir
no tiene que ver con el lucimiento o la experimentación, sino con algo más
esencial: acoger la presencia de las personas y las relaciones entre ellas.
Leer y escribir durante las breves y frágiles horas de sueño de mi niño era como sentarme a trabajar sobre una fina capa de hielo
Desde
que la actual crisis sanitaria nos obligó a impartir nuestras clases a
distancia, mi esposa y yo nos las hemos arreglado para honrar nuestros deberes
laborales cuidando a la vez a nuestro hijo, que entre tanto pasó de tener unos
meses a cumplir año y medio de edad. Procurar el engarce riguroso y la amenidad
de una clase de filosofía delante de mi bebé aprendiendo a caminar, implicó el
esfuerzo de sostener la voz con el alma absolutamente en vilo.
Por
otra parte, leer y escribir durante las breves y frágiles horas de sueño de
mi niño era como sentarme a trabajar sobre una fina capa de hielo, mi
conciencia dividida entre la redacción de una idea o la elección de una frase y
el oído pegado a la distante cuna de mi hijo. He llegado hasta a envidiar a los
delfines que, según dicen, tienen la facultad de estar despiertos mientras
duermen, es decir, de apagar la mitad de su cerebro mientras la otra se ocupa del
nado o la comida.
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Jan Gehl (n. 1936). |
Nuestra casa en cuarentena fue, como todas, invadida por los huéspedes malignos del encierro. Esas sombras cuyas garras vemos recién cuando nos topamos con un temperamento que de repente se nos ha vuelto irritable y sombrío.
Sin
embargo, en todo este tiempo, además de vivir mi esposa y yo tan de cerca el
acontecimiento de cada progreso de nuestro bebé, he llegado a pensar que el hijo
que salió del cuerpo de mamá se ha ido uniendo cada vez más a mí a fuerza de
abrazarlo. Si bien esta creciente proximidad no se compara con el irrompible
cordón umbilical con que un hijo por naturaleza está unido para siempre a su
madre, ha tenido por igual el efecto de hacerme sentir de algún modo habitado
por él. Admitiendo mis desatinos e impaciencias, qué cierto es aquello que confesaba
un amigo: que los hijos también perdonan a sus padres y les sonríen a pesar
de sus regaños y malhumores.
Los hijos también perdonan a sus padres y les sonríen a pesar de sus regaños y malhumores
A
fin de cuentas, “el tiempo ahora tiene nombre propio”, decía otro buen amigo. Ya
no existo, pues, para mí y mis afanes. La vida en pareja y más aún la
paternidad se sobreponen a cualquier otro proyecto, absorbiéndonos de un modo extrañamente
gratificante más allá de cualquier cuestión de orden moral.
Y
todo ello a un precio, desde luego. Por ejemplo, el considerable encogimiento
de las fuerzas de la creación artística e intelectual. Recuerdo a una admirable
maestra de teatro, Ruth Escudero, quien durante un café me contaba que la
consagración al arte imponía dolorosamente una renuncia a la familia. Chopin dijo
en una carta a su amante que en cada uno de sus encuentros carnales se perdían
para siempre preludios y conciertos de su ingenio. El conflicto entre lo
doméstico y lo literario que en Virginia Woolf fue la feroz disputa entre
“la pasión por la casa” y el deseo de “una habitación propia” donde escribir a
solas.
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Virginia Woolf (1882-1941). |
En concreto, durante esta combinación de pandemia y paternidad he leído muy poco y reservado ratos más bien dispersos y troceados al estudio, aunque todos ellos tocados por una luz fuerte y fugaz. Así como Nietzsche caminaba por senderos de montañas para estirar los músculos de su inteligencia durante su estancia en Turín, y Montaigne afirmó que “pensaba mejor con los pies”, yo he pensado y escrito lo que he podido en estos meses paseando a mi hijo en círculos dentro de una habitación en penumbra, durante las varias madrugadas de sus desvelos.
Una
vez, a las dos de la mañana, llegué a querer que tardara en dormirse de nuevo a
fin de redondear un texto que mi cabeza había empezado mientras le cambiaba el pañal.
Finalmente lo acosté, me acosté, y mi cabeza siguió en pie su calor laborioso
cegando mi sueño. Decidí levantarme antes del amanecer para transcribir en mi máquina
lo que había hilvanado antes con mi hijo en brazos, tecleando con frenesí como
si el mundo fuera a sucumbir con el sol en la ventana.
Transcribí en mi máquina lo que había hilvanado antes con mi hijo en brazos, tecleando con frenesí como si el mundo fuera a sucumbir con el sol en la ventana
En
este momento cierro los ojos y me pregunto ya no qué he ansiado durante toda mi
vida o qué soñaba cuando era pequeño, sino más simple y definitivamente qué es
lo que quiero yo ahora. Y no deseando renunciar a nada, distingo que por
encima de todo quiero algo que incluso he leído –y recién ahora entiendo– en
los mismos libros que han acompañado mi oficio, por ejemplo lo que decía
Montaigne en sus Ensayos, que “nada
es tan hermoso como hacer bien de hombre, y tal como es debido. Ni hay ciencia
tan ardua como saber vivir bien esta vida”.
Y ser un humano “como es debido” ya no
tiene que ver para mí con la plenitud en la sabiduría que Sócrates, Platón y
Aristóteles describieron como la excelencia específica del ser humano. Una vara,
por cierto, con la que sería injusto medir a todos los mortales. Por el
contrario, prefiero a San Agustín para quien el peso de cada cual lo da su corazón.
Uno es su aptitud para amar. La adquisición de saberes puede aumentar mi bagaje
tanto como fomentar mi vanidad. El conocer se dirige a uno mismo, mientras
que amar es siempre amar a alguien y se dirige, por ello, hacia
otra existencia como la mía, hacia otro ser que aferra el mío y abriga mi alma bajo
la bóveda de un universo siempre nocturno e inalcanzable.
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Friedrich Nietzsche (1844-1900) |
“A la tarde te examinarán en el amor”, decía San Juan de la Cruz. Dirimiendo esta disputa entre el deber filosófico y la paternidad, viene a mi memoria una vieja cita de Borges: “Hudson refiere que muchas veces en la vida emprendió el estudio de la metafísica, pero que siempre lo interrumpió la felicidad”.
Y de pronto, como si el círculo viniera
a cerrarse mágicamente, reparo en que el amor me conduce de vuelta a la
filosofía. Porque lo que nos lleva a buscar el saber es siempre necesariamente alguna
querencia. No hay conocimiento de nada si no es porque un día quisimos conocer y lo quisimos durante
una larga espera. Comprendí que, si bien es cierto que “nadie puede amar lo que
no conoce”, es igualmente verdadero lo
contrario: que “nadie puede conocer lo que no ama”. Como cualquier vocación puede confirmar –desde un carpintero
hasta un botánico–, amar abre los sentidos y enciende una poderosa atención que
ilumina el conjunto y los detalles de lo amado.
Amar abre los sentidos y enciende una poderosa atención que ilumina el conjunto y los detalles de lo amado
Y qué es la filosofía sino “amar un saber”. Pensar el mundo es, en efecto,
agradecerlo, recibirlo y aun responsabilizarse por él. En el siglo XVII Francis
Bacon escribió que la ciencia nos confería un “poder” sobre la naturaleza. Sin
embargo, más allá de los destrozos de la razón y la técnica, conforme más se
acerca uno a la realidad con los ojos bien abiertos más de buena gana acepta su
innegable pequeñez. Lo genuinamente humano nunca será la visión completa de lo
real y menos su posesión, puesto que ni siquiera nos conocemos por completo a
nosotros mismos.
Por último, ¿qué amamos al amar saber? La reconciliación con el tiempo
y el espacio. Un estar más esclarecido y respetuoso con lo inmenso y
circundante. Si los vocablos “saber” y “sabor” tienen la misma raíz latina (sapere), en conclusión “amar saber” es
probar primero la existencia y gustarla. Paladear el trocito de mundo que se
nos ha dado. Y ese sabor es más dulce cuando es vivido con alguien, más aún con
alguien que, como mi esposa y mi bebé, comparten conmigo el pan de cada
presente.
Simplemente excelente! Siempre es un deleite entrar a este blog y leer sus escritos. Gracias por la delicadeza de compartirlos.
ResponderBorrarSin duda, los esfuerzos detrás de este blog encuentran aliento y justificación en la receptividad acogedora de lectores como usted, Virna. Muchísimas gracias por su tiempo generoso.
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