Jonathan Swift, Jorge Luis Borges y El narrador de cuentos: tres impugnaciones contra la inmortalidad terrena
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John Hurt encarnando al protagonista de El narrador de cuentos (1987). |
Cuántas
vidas querríamos haber arrebatado a las fauces de esta pandemia. Pero otro
asunto es desear suprimir la muerte de nuestra existencia; por medio de alguna
tecnología futura, por ejemplo. En realidad eso significaría despojarla de lo que
la hace precisamente humana: el recuerdo y la necesidad de darle contenido a un
tiempo que no vuelve. En suma, quitarle su dorada fragilidad. Reúno a Jonathan
Swift, Jorge Luis Borges y un capítulo de la serie de televisión El narrador de cuentos para decir, con
su ayuda, que en realidad solo amamos aquello que podemos perder.
Dice
Epicteto: “¿para qué nacen las espigas? ¿No es para madurar y ser segadas una
vez maduras? Pues no se las deja en el campo sobre sus tallos, como si fuesen
cosas sagradas. Considerarían una maldición dejar de morir. Para el hombre,
no morir sería como para la espiga no ser segada.”
Primera impugnación: J. Swift
En
Los viajes de Gulliver, el viajero escucha
hablar de la existencia de “struldbruggos o inmortales” y tiene la ocasión de conocerlos.
“¡Felicísimos –exclama– aquellos que, nacidos libres de las trabas de aquella
universal desgracia de la naturaleza humana, tienen el entendimiento libre y
desembarazado, sin la pesadumbre y el abatimiento de ánimo que causa el miedo
continuo a la muerte!”
Epicteto: "para el hombre, no morir sería como para la espiga no ser segada"
¿Y qué haría el mismo Gulliver si gozara también del privilegio de no tener que morir?
Contesta:
“mi primera decisión sería procurarme riquezas por todos los medios posibles”. Luego,
“me dedicaría al estudio de las artes y las ciencias, con lo cual llegaría en
su momento a ser superior a todo los demás en erudición”. Entonces, “sería un
tesoro viviente de conocimientos y sabiduría, y sin duda vendría a ser el
oráculo de la nación”. Además, tendría “el placer de presenciar las diversas
revoluciones en estados e imperios, los cambios en el mundo de aquí abajo y en
el de las estrellas”.
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Jonathan Swift (1667-1734). Detalle de un retrato de C. Jervas. |
A
continuación, su guía luggnaggiano le explica que “vivir una larga vida era
deseo y ansia general de la especie humana, que cualquiera con un pie en la
tumba ciertamente echaba el otro atrás tan vigorosamente como podía; que al más
anciano le quedaban esperanzas de vivir todavía un día más y consideraba la
muerte como el mal más grande, ante el cual la Naturaleza le instaba siempre a
retroceder; y que solo en la isla de Luggnagg la sed de vivir no era tan
acuciante entre sus habitantes, por el continuo ejemplo que los strudlbruggos
les ponían ante los ojos”.
J. Swift: los inmortales eran nulos para la amistad y muertos para todo afecto natural
Entonces, cuenta Gulliver, “me habló de sus struldbruggos. Dijo que normalmente se comportaban igual que los mortales hasta los treinta años, después de lo cual les entraba poco a poco una tristeza y abatimiento”. Cuando alcanzan los ochenta, “tienen ellos no solo todas las memeces y achaques propios de otros viejos, sino también muchas más derivadas de la espantosa perspectiva de no morir jamás. No solo son tercos, picajosos, codiciosos, hoscos, vanidosos y parlanchines, sino también nulos para la amistad y muertos para todo afecto natural, que nunca se prolonga más allá de sus nietos”.
Conclusión:
Sin
la muerte, el humano cae en la repetición, la monotonía, el agravamiento de sus
defectos y la pérdida de la capacidad de amar.
Segunda impugnación:
Borges
En
su cuento “El inmortal”, un legionario romano atraviesa un desierto inclemente
en busca de la ciudad de los inmortales que mencionan las historias. Al fin,
sediento, debilitado y confundido, despierta delante de una construcción insólita,
absurda e incongruente, a cuyos pies se dispersan trogloditas de “barbas negligentes”
e indescifrables balbuceos. “Una piltrafa de carne y una ración de sueño” les
bastaba. Alguno cayó en un hoyo y tardaron mucho tiempo en arrojarle una cuerda.
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Jorge Luis Borges (1899-1986). |
“Adoctrinada
por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado
la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un plazo
infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas”.
“Encarados
así, todos los actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos
morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea;
postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo
imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los
hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio
y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy”.
Borges: la república de inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén
Por tanto, la muerte es un dique cuyo desplome desparrama la vida a la que solo la existencia de un límite le confiere una forma. La ausencia de un término banaliza los instantes. Del mismo modo que un partido de fútbol se haría terriblemente aburrido si los jugadores dispusieran de todo el tiempo para jugarlo y no únicamente de noventa irreversibles minutos.
“La
muerte –concluye Borges– hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos
conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser
último. [...] Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de
lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es
el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el
fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay
cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una
sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial,
no rigen para los Inmortales”.
Conclusión:
Sin
la muerte, el ser humano no conquista una identidad personal. Sus momentos,
expuestos a la reiteración indeterminada, despojan a sus acciones de excepcionalidad
e interés. Un profundo desaliento lo disuade de acometer proyectos e ilusiones.
Pierde, en definitiva, su propia libertad.
Tercera impugnación: El narrador de cuentos
En
“El soldado y la muerte” –el primer capítulo de esta serie producida y dirigida
por Jim Henson (1987)–, un hombre regresa a casa después de veinte años de guerra.
En el camino, invita a un extraño mendigo el último de sus panecillos, y aquél se
lo agradece obsequiándole un saco que, según dice, tiene el poder de hacer
entrar en él lo que su dueño desee.
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De "El soldado y la muerte", primer capítulo de El narrador de cuentos. |
Con
el saco en sus manos y reanudando su senda, el soldado captura gansos para
comer, pero también demonios que encuentra a su paso, uno de los cuales le ofrece
sus servicios a cambio de recobrar su libertad.
El
soldado accede y recibe del demonio un vaso que contiene a la misma Muerte. Así
adquiere el don de preservar la vida de niños y enfermos ante el asombro y la
alabanza de todos. Sin embargo, cuando acude para salvar al rey de su agonía,
la Muerte le advierte que esta vez la única manera de lograrlo será entregando
su propia alma. El soldado finge aceptar el trato, cura al rey, pero engaña a
la Muerte capturándola en su saco. Finalmente se adentra en un bosque lejano y lo
cuelga de la más alta de las ramas.
“Almas miserables, patéticos seres” imploraban al soldado la liberación de la Muerte
Desde ese momento, con la Muerte cautiva, se oyen rumores de sucesos inauditos. Batallas en que ningún guerrero fallecía, al punto que los ejércitos terminaban “exhaustos e intactos”. Cansados de vivir, “muchos hombres se arrojaban desde los desfiladeros, pero debían volver a subir para seguir intentándolo, inútilmente”. Frente a la casa del soldado que había aprisionado a la Muerte, aguardaban “almas miserables, patéticos seres” que imploraban la liberación de la Muerte.
El
soldado se compadeció al fin y decidió volver al bosque. Entonces, libre de
nuevo, la Muerte devolvió a todos la paz de poder ver concluida su existencia.
A todos menos al soldado de cuyo saco huyó aterrada.
Y
lo dejó vivir para siempre.
Conclusión:
La
inmortalidad terrena extenúa el corazón. A su seducción irresistible le sigue
la maldición del hartazgo y una tristeza que consume hasta lo indecible. La
peor de las muertes es la del ánimo y el gusto por vivir en este mundo.
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Caravaggio, Cesto con frutas (1596). |
Había tenido ya la oportunidad de hacerme la inquietante pregunta de lo que podría pasar si yo fuera un ser inmortal, al comienzo parece tentador el hecho de estar un escalón más adelante de los demás, conocer más cosas, tener una mente brillante y hasta ser una mujer poderosa si hago referencia al dinero, pero qué implicaría tener inmortalidad? acaso, seguiría manteniendo a mi lado a aquellas personas importantes para mí, si fuera así, que magnífico; por lo contrario, si los perdería, tendría la fuerza necesaria para encontrarle sentido a mi existencia? o que podría hacer para que mi vida a pesar del tiempo mantenga esa esencia tan única? Suelo hacerme muchas preguntas, pero creo que la muerte es algo necesario y justo, morir implica darle un sentido y prepararte desde pequeño a darle un rumbo significativo, aprovechar cada momento y oportunidad de aprender y estar con los tuyos, saber de la muerte, es saber que darle una autenticidad a nuestra vida es primordial.
ResponderBorrarestupendo apunte, muchísimas gracias. No había reparado en ese detalle, la hipótesis de que sigamos viviendo indefinidamente con nuestros seres ausentes. Notable reflexión, de nuevo gracias. Esa es la ilusión del blog, generar intercambios que es la única manera de que nuestra mirada del mundo se amplíe y enriquezca
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