El cine silente y la oralidad ancestral. La tradición japonesa de los benshi / Por: Víctor H. Palacios Cruz


Una mañana de domingo, café a la mano, una página me produjo una exaltación. Era la antigua certeza de que no hay nada más feliz que la ignorancia. Nuestro tiempo, hijo del racionalismo del siglo XVIII y del cientificismo del XIX, convirtió la palabra “ignorante” en un insulto. Pero, ¿cómo llamar a nuestra especie homo sapiens si aún el universo, la vida y hasta nuestro cuerpo siguen rehuyendo en su grandeza o su complejidad todos nuestros medios de observación y cálculo? El no saber, como en el mito de Eros de Platón, es en realidad una garantía de la admiración permanente y el júbilo de un camino que caminamos todos, y que no por haberlo caminado tanto deja de ofrecernos el don de lo inusitado, es decir, el regalo de poder perdernos cada tanto.


Preámbulo

El libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco, aborda desde una subjetividad poética y sensitiva, por medio de una ilación narrativo-reflexiva y con una escritura persuasiva y sugerente, un tema que los discursos académicos resuelven distintamente: la majestad de los libros en el contexto de su origen. La emoción de la historia en la obra de esta escritora y filóloga española proviene de la verdadera raíz de cualquier búsqueda de conocimiento: la memoria de una pasión autobiográfica.

Una noche estrellada nos recuerda esta bendita pequeñez que nos dio la inmensidad a cambio

Inevitablemente, el libro se lee con lentitud. Más bien se lo saborea en silencio luego de subrayar una frase o de anotar al margen alguna idea inaplazable. Una es la vista que lee en una esquina el nombre de la calle; otra, la que se demora ante una noche estrellada que nos recuerda esta bendita pequeñez que nos dio la inmensidad a cambio.
Aquí el texto de esa página luego del cual no pude leer más, y más bien corrí a casa a compartirlo con mi esposa y con amigos gracias al celular. Dos de ellos correspondieron con sendos comentarios con que quiero agradecer la lectura, el café y la amistad.



El texto

“El cine, que empezó siendo un espectáculo mudo, persiguió ansiosamente el tránsito al sonoro. Mientras duró la etapa silente, las salas dieron trabajo a unos curiosos personajes, los explicadores, que pertenecían a la antigua tribu de los rapsodas, trovadores, titiriteros y narradores. Su tarea consistía en leer los rótulos de las películas para el público analfabeto y animar la sesión. En los comienzos, su presencia era tranquilizadora porque la gente se asustaba al ver por primera vez una proyección. No entendían cómo podía brotar una calle –o una fábrica, un tren, una ciudad, el mundo– de una sábana. Los explicadores ayudaban a suavizar el extrañamiento del cine, cuando las imágenes en movimiento entraron en nuestras vidas. Acudían provistos de artilugios como bocinas, carracas y cáscaras de coco para reproducir los sonidos que se veían en pantalla. Señalaban a los personajes con un puntero. Respondían a las exclamaciones del público. Improvisaban expresivos monólogos al hilo de la acción. Interpretaban, daban carácter a la silenciosa trama. Desataban carcajadas. En el fondo, intentaban llenar el inquietante vacío que creaba la ausencia de voces. Los explicadores más divertidos y elocuentes llegaron a ser anunciantes en los programas de los cines porque muchos espectadores acudían a las salas atraídos por ellos, y no por las películas.

"Durante la etapa silente del cine, las salas dieron trabajo a unos curiosos personajes, los explicadores, que pertenecían a la antigua tribu de los rapsodas y trovadores"

Heigo Kurosawa fue un admirado benshi, narrador de películas mudas para el público japonés. Se convirtió en una estrella; la gente acudía en masa a escucharlo. Introdujo a su hermano pequeño Akira, que por entonces quería ser pintor, en los ambientes cinematográficos de Tokyo. En torno a 1930, con la vertiginosa llegada del sonoro, los benshi perdieron su trabajo, su fama se eclipsó y fueron olvidados. Heigo se suicidó en 1933. Akira dedicó toda su vida a dirigir películas como las que aprendió a amar en la voz de su hermano mayor”.

Fuente: Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. Madrid, Siruela, 2019, p. 108

Heigo y Akira Kurosawa, en una fotografía de 1913.


Comentan los amigos

Ricardo Bedoya W., crítico de cine:
“Los benshis eran una institución en Japón. Al llegar el cine sonoro, el sindicato de benshis pidió que se prohibieran las proyecciones parlantes. Como podrás suponer, no fueron atendidos. El francés Noel Burch estudia el trabajo de los benshis en un libro sobre la estética del cine japonés llamado Para un observador distante.”

"La gente se asustaba al ver por primera vez una proyección. No entendían cómo podía brotar una calle –o una fábrica, un tren...– de una sábana"

Manuel Prendes G., experto en literatura hispanoamericana:
“Yo sí los conocía, en España existieron. Fueron el origen, por otra parte, de un tipo de cine en el que ocurría una acción y una voz en off la comentaba: así se sonorizaron en ocasiones, para continuar exhibiéndolas, antiguas películas mudas.
Supongo que tenía relación con un tipo de espectáculo con siglos de antigüedad: historias pintadas en cartelones, a modo de historieta, que eran comentadas por un recitador (a menudo así se ganaban la vida los ciegos); también sucedía con los títeres. Los primeros ejemplos, en Cervantes: "El retablo de las maravillas" o el de maese Pedro en la segunda parte del Quijote.
Y llegó hasta Japón nada menos... admirable”.
Recomiendo: SÁNCHEZ SALAS, Daniel, “La figura del explicador en los inicios del cine español”, en Tras el sueño. Actas del Centenario, Madrid, Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España / Asociación Española de Historiadores del Cine, 1998 (pp. 73-84).

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