Transhumanismo, rechazo del cuerpo y miedo a la muerte (Una próxima conferencia) / Víctor H. Palacios Cruz
Los invito a mi conferencia “La
pérdida del cuerpo en la evolución de la cultura”, donde trataré sobre cómo
distintas áreas de la sociedad (el lenguaje, la velocidad, el consumo, la
adicción quirúrgica) confirman una tendencia hacia la eliminación del cuerpo y
los lazos personales, con ciertas inquietantes consecuencias. Aquí un adelanto
a través del extracto de un ensayo que será parte de un libro que aparecerá
próximamente en España. El ingreso a la conferencia es libre.
Una de las líneas principales del transhumanismo es el estudio del cerebro y sus procesos guiado por
el deseo de incrementar el alcance y la eficacia de sus funciones, en especial
la memoria, el cálculo, la lógica y la toma de decisiones en que el humano ha
mostrado una crónica falibilidad.
A partir de la introducción de implantes cibernéticos en la masa
encefálica, el transhumanismo ansía
traducir la actividad mental a una unidad de datos que, a su vez, pueda
comprimirse en un cifrado digital que adquiera autonomía dentro de la esfera de
la virtualidad (Proyecto Avatar). Ello nos absolverá de la necesidad de seguir
siendo corpóreos y de la dependencia del ingobernable suministro de los
sentidos, en un asombroso parecido con el propósito de Descartes de desechar
las sensaciones –que menguan la autoridad de la razón– para asegurar el
desempeño rectilíneo de la mente “sin el más mínimo desperdicio de energía”.
John Gray: “los cibernautas actuales son gnósticos sin saberlo. La huida de la prisión de la carne es la esencia de la herejía gnóstica”
Así como la cocina molecular descompone los alimentos en
propiedades físicoquímicas de cuyo tratamiento tecnológico resultan espumas,
geles y emulsiones en una comida sofisticada y sutil que nos ahorra el
espectáculo grosero de las formas primitivas de los vegetales y animales; así
también la complejidad de la experiencia
humana, que creíamos única e interpersonal, se condensa en unidades
algorítmicas que se funden con el Big
Data de todos los seres, reemplazando el curso de la vida tal como la
conocemos por secuencias lógicas y lineales exentas de padecimientos,
incertidumbre y ansiedad.
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El transhumanismo cree posible reducir el humano a su "inteligencia" y esta a algoritmos traducibles a una entidad digital. |
Comenta John Gray: “los cibernautas actuales son gnósticos sin saberlo. La huida de la prisión de la carne es la esencia de la herejía gnóstica”. Qué difícil le ha resultado a nuestra especie convivir con sus vísceras y sus conflictos emocionales.
En el futuro seudo-inmaterial que invoca el transhumanismo se asentará una imaginaria humanidad eximida del
dolor físico y el deterioro de la piel. La muerte morirá y en esta inaudita
existencia, depurada y económica, habremos conquistado una suerte de
trascendencia tecnológica. Entonces, nuestro hipotético ser se plegará
perfectamente, sin la resistencia de ninguna privacidad diferenciada, a los
nuevos y hambrientos modos de producción, al adquirir la velocidad mental que
su cuerpo le impedía a causa de su constitución orgánica y restringida. Nos
volveremos maravillosamente eficientes y extremadamente manipulables.
Kurzweil admitió que buscaba lograr una copia genética de su padre difunto a partir del ADN hallado en su tumba
Hacia 1999, el científico e inventor Ray Kuzweil trazó en su libro
La era de las máquinas espirituales
un escenario venidero en que el desarrollo de la Inteligencia Artificial
llevaría a las computadoras a competir y vencer a la mente humana. De ahí la
opción conveniente de pasarnos al adversario adoptando una condición totalmente
digitalizada que nos otorgue una perennidad virtual que, de paso, vuelva
innecesaria la eternidad metafísica y teológica, así como anticuadas su
severidad y sus disciplinas.
En
la revista Rolling Stone, Kurzweil
admitió, ante su entrevistador, que el deseo que alentaba sus trabajos era
lograr una copia genética de su padre ya difunto a partir del ADN hallado en su
tumba. Una legión de nanorobots permitiría obtener muestras con las que podría
construirse un clon del padre que incluya todos sus recuerdos.
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Una financiación millonaria detrás de este proyecto tecnológico-empresarial ha puesto fechas a sus logros futuros. |
Esperanza
piadosa que sitúa a Kurzweil en la tradición de tantos testimonios de rechazo
de la muerte, ese final que nos iguala a todos. La muerte del tú, más temible
que la propia muerte. En sus Confesiones,
San Agustín medita sobre la pérdida de un amigo, “aquel a quien yo había amado como si nunca fuera a morir”; y, en
un relato de Claudio Magris, un nativo piaroa, del Alto Orinoco, prepara el
cadáver de su amado padre a orillas del río diciendo: “las hojas caminan con el
viento: toda la selva se mueve. También tu canoa se mece en el río. Solo tú
estás inmóvil bajo la gran Piedra Negra. Y yo que creía que todas las cosas
vivían solo por ti”.
La certeza de la
muerte hiere la mirada y provoca la resignación de un Jorge Manrique que en las
coplas a la muerte de su padre exhorta al lector a despertar “contemplando cómo
se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”; o la aflicción
lastimera del Orfeo que tañe su lira y persuade a los dioses de que le concedan
liberar a su amada Eurídice del mundo de los muertos; o la ira vengativa del
Aquiles que llora amargamente ante el cuerpo yaciente de Patroclo; o el costoso
homenaje del magnífico palacio, el Taj Mahal en la ciudad de Agra en la India,
con que un emperador musulmán perpetuó el recuerdo de su esposa favorita
fallecida en el parto de su décimocuarta hija; o la furia contra Dios del
príncipe rumano al comprobar que su esposa se ha suicidado creyendo la falsa
noticia de su caída en combate contra los enemigos de la fe, el conde Drácula.
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Detalle de "El triunfo de la muerte" de Peter Brueghel (1562). Museo del Prado, España. |
Kurzweil anhela concederse en esta vida lo que Francesco Petrarca pensaba que solo obtendría con su propia muerte: volver a tener consigo al ser querido ausente. “¡Oh si tuviese tan piadoso estilo / que pudiese quitar mi Laura a Muerte, / como Orfeo a Eurídice sin rimas, / más que nunca estaría entonces alegre! […] por eso comencé a rogarle a Muerte / que me quite de aquí y me vuelva alegre / donde está quien yo canto y lloro en rimas”.
La “hermana muerte” de la cultura medieval ya no es para el moderno
Petrarca el acceso a una eternidad de gozosa contemplación de lo divino y de
liberación de las penurias terrestres, sino la reanudación de un vínculo
mundano, la continuidad del amor de una criatura que “al cielo,
porque es bella, vuelve alegre”.
Habiendo adquirido la inmortalidad por concesión de Zeus, Tritono susurraba quedamente: “quiero morir, quiero morir”
En estos sonetos
el más allá es una prolongación del más acá, lo que bien podría llamarse una
terrenalización del Cielo. Sin embargo, Kurzweil (y con él Aubrey de Grey y
Bill Maris) cree que en algún tiempo no lejano ya no será preciso semejante
sufrimiento y quizá tampoco tendrá sentido la poesía de Shakespeare y todo el
arte concebido para combatir la exigua brevedad de la vida. Una simple mejora
tecnológica hará que la muerte solo sea el destino de los desafortunados
que aún no puedan afrontar los gastos necesarios. Entonces, dejaremos de
extrañar a los que ya partieron y, de pronto, acabaremos cansándonos con su
terca presencia engañados por la euforia de haber logrado, al revés que
Petrarca, una celestización de la Tierra.
Un reino en que las muecas de las sonrisas contrastarán con los lamentos
de Tritono que, en la mitología griega, habiendo adquirido la inmortalidad por
la concesión que Zeus hizo a la enamorada diosa Aurora, susurraba quedamente:
“quiero morir, quiero morir”.
Un deleite!!!.... Saludos Víctor Hugo
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